En las dos notas anteriores hemos tratado la geopolítica y las tendencias que gravitarán en Centroamérica durante este siglo. Para la región eso significa que hay espacios para la integración. La integración es una necesidad para Estados débiles y acosados por amenazas comunes no estatales, como el crimen organizado, la “incultura democrática” de las oligarquías y la descohesión social estructural.
La integración es condición de viabilidad para ciertos Estados y derivará en formar un liderazgo colectivo, pues ningún país podrá por sí solo liderar el proceso. La integración seguirá siendo una acción colectiva llevada mediante políticas simultáneas pero inacabadas. Será más avanzada en el triángulo norte, El Salvador, Guatemala y Honduras. Y puede ser operativamente eficaz ante riesgos comunes como los desastres naturales, que seguirán azotando la región. No obstante, resultará insuficiente para ensayar proyectos duraderos de soberanía compartida. El modelo europeo no será replicable.
Sin embargo esas iniciativas sin hegemonía alejan conflictos graves entre países. Y hacen viables proyectos regionales eficientes de infraestructura, comunicaciones y energía, así como corredores comerciales y modelos de economías complementarias.
Eso haría funcional la principal ventaja de Centroamérica en el mundo, que es su ubicación geográfica. La condición de ser un extenso puente natural entre los dos océanos donde circula el mayor tráfico de comercio mundial. Dentro de poco tendremos un Canal de Panamá ampliado, que atraerá más infraestructura y medios logísticos para el comercio marítimo y el soporte financiero, pero además el istmo es un extenso canal natural en sí mismo, urgido de invertir en modernas redes de carreteras y ferrocarriles que conecten a través de múltiples rutas los dos grandes mares.
Por otro lado están los recursos naturales estratégicos de la región, como petróleo y minerales metálicos, y varios medios de producción de energía limpia. Podría pensarse que la combinación de ambos factores en una región pequeña y débil atraerá a potencias extra-regionales agresivas cuyo propósito será ganar espacios de influencia y riquezas. Sería otra vuelta a la tuerca de la historia que ya en los siglos XVI y XIX nos acarreó demasiados males. El Bicentenario trae el reto a las naciones que integran la región de madurar, que no es igual que crecer, gobernarse a sí mismas con responsabilidad. Difícil aspiración bajo el actual esquema de intervención, pero irrenunciable. (Continúa)
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