Consecuencias de un viaje relámpago a “la región más transparente del aire” y un consejo gastronómico para ciertos “amigos” de antes.
Mientras mis estudiantes escriben su primer examen de curso, yo releo Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, una de las novelas que fueron decisivas para que yo me atreviera a escribir Obraje en 1970-71, y para que mi amigo Luis de Lión escribiera El tiempo principia en Xibalbá en 1971-72, dos novelitas hermanas, hechas intencionalmente al mismo tiempo y bajo similar propuesta estética: una indígena y la otra ladina. El paisaje queretano y el clima templado me ayudan a imaginar de nuevo ese pueblo fantasmal que varios años antes de que Rulfo publicara Pedro Páramo (1955), pintaba ya la impecable pluma de Yáñez, autor también de otra novela inolvidable y completamente diferente a esta: Ojerosa y pintada (1959), atributo que el autor le endilga a la ciudad de México a partir de un verso de López Velarde.
Luis y yo quisimos pintar la ruralidad guatemalteca ya tocada de lleno por la modernidad, pero reteniendo las mentalidades premodernas con las que la población asumía las novedades de una nueva era que no acababa de desplazar el pasado a pesar de sus insistentes prédicas futuristas. Él lo quiso hacer desde la perspectiva de un indio. Y yo, desde la de un ladino. Tratando ambos de escribir lo que entonces entendíamos como “antinovelas”, es decir, narraciones estructuralmente dislocadas y dichas “desde dentro” del entorno social que abordaban y con las voces mismas de los protagonistas, ambos intentamos hacer narraciones “esféricas” y no lineales. Después vendría la plena modernización de nuestra novela en la segunda mitad de los setenta, pero ese proceso empezó con estas dos obritas.
Cuando mis estudiantes terminaron su examen, vi un mensaje de mi amigo y editor en México, Carlos López (director de la Editorial Praxis), quien me confirmo que Obraje será publicada aquí, casi 40 años después de que ganara el primer premio de novela en Quetzaltenango (en 1971), mismo que también ganara Luis con su libro un año después. Le dije a Carlos que no podría ir al DF y me respondió que yo ya no me compongo y que a ver si estamos vivos para la próxima. Lo pensé y decidí hacer un viaje relámpago a la capital, de modo que el sábado a las 4 de la tarde estaba yo en los talleres de Praxis, y a las 9 de la noche ya había yo visto terminada la portada de mi novela y examinado su diseño interior. El domingo a la una de la tarde estaba de vuelta en Querétaro.
Cuando pienso en la monumentalidad de Al filo del agua y en el corto aliento de las novelitas que hicimos Luis y yo bajo su influjo, y en que Carlos Fuentes publicó La región más transparente en 1958 pero que no fue sino hasta la segunda mitad de los años setenta que pudimos asimilar el aporte del Boom y escribir novelas estéticamente independizadas de la influencia de Asturias y contemporáneas de la literatura del resto del mundo, me doy cuenta de las frustrantes consecuencias del aplastante peso del aislacionismo cultural que los regímenes oligárquico-militares han impuesto en mi país y de la ingrata necesidad que tuvimos que asumir: poner al día una literatura rezagada.
Al ver el diseño de Obraje me conmovió la impecabilidad editorial que caracteriza a Carlos López, a la que ahora se agrega la excelencia del diseñador Javier Muñoz. Obraje verá la luz este año –me dije– a pesar de quienes robaron el manuscrito que por 25 años creí perdido para siempre, y de los “amigos” que nos aconsejaron a Luis y a mí quemar nuestras novelitas alegando que las 2 eran una obsoleta y vil porquería. Que con su pan se lo coman.
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