Las sociedades que viven a salto de mata suelen identificar con asombrosa capacidad aquello que no quieren. Pero les cuesta construir la respuesta afirmativa. Que no extrañe que sus energías se agoten sacudiéndose al indeseable y hagan descansar en el agente casual o en el aparente ser manejable las tareas de dirección nacional.
Abundan razones para criticar a un Gobierno, más cuando se acerca al umbral de Estado fallido. Significa que es un Estado feudalizado, territorial y orgánicamente. Básicamente se ha perdido la dirección central y las cosas caminan o no, independiente de la buena voluntad de las altas autoridades, incluso de la pericia de los funcionarios. Las partes tienen dinámica propia. Para organizarlas y darles un sentido para la sociedad y la pretendida unidad jurídico-política que llamamos Nación, debe asumirse ese umbral.
El Estado se va a poder rescatar desde abajo, regenerando sus células básicas a través de una paciente labor que trasciende los periodos democráticos de Gobierno. Por eso el rediseño sólo sale de un pacto político democrático de largo plazo y bajo sólida hegemonía. Pero no se asume y continuarán las escaramuzas. Y no se entiende que hay zonas canceradas definitivamente perdidas. No son reformables para fines del Estado y hay que tratarlas de otro modo pues responden a otra lógica. Es la lógica de acumulación criminal en pleno apogeo y rápidamente llegando a una fase de maduración. Necesita inocular más rápidamente la economía y heredar una condición de legalidad a la próxima generación a fin de mitigar riesgos de despojo. Barato es un 20 por ciento del PIB.
Entre tanto, la dinámica coyuntural y se mueve en tres campos conflictivos: (a) control feudal de los aparatos de justicia, desde donde se genera día a día una legalidad, que se necesita certificar al menos a través de los medios; (b) pérdida del proceso de reforma del padrón electoral (ya dijimos: las instituciones por ahora no son reformables para fines del Estado) que puede servir a fines criminales y un fraude; o sea, otros feudos; y, (c) la irritación del establishment de que el Gobierno sea conducido por alguien que “no elegimos” y la candidatura oficial se financie con “nuestros” impuestos; otro feudo.
Los feudos fragmentan el poder. Desde "a" se puede sancionar o modificar “b” y “c”, pero sólo hasta cierto punto. Por eso la coyuntura es delicada; los picos altos de la polarización de la última semana sólo expresan la creciente dificultad de gobernar centralmente los campos estratégicos de este país.
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