Sobre su mesita siempre hay torres de novelas, su biblioteca tuvo ejemplares de la literatura guatemalteca y latinoamericana que me abrieron las puertas al mundo. Guardo con cuidado los libros de cuentos infantiles que le regalaron de niña, ediciones ilustradas con grabados que hoy parecen grotescos. El hábito de la lectura fue la mejor de las herencias, ella sabe cuánto se lo agradezco.
De joven tuve la fortuna de compartir la curiosidad y el interés por ampliar horizontes con ávidas lectoras, amigas con quienes fuimos fanáticas de Enid Blyton, de quien supe con el paso del tiempo que era autora y no autor. Por la María conocí Informe de una injusticia de Otto René Castillo, a sabiendas que era considerado subversivo. Diversiones, buenas comidas y libros compartidos han sido argamasa sólida para sostener duraderas relaciones.
Mi arribo al feminismo se debió a Viviana, que para entonces ya publicaba artículos feministas en Qué pasa calabaza, revista ilustrada de los años ochenta que la dictadura vio con muy malos ojos. Por ella también supe de Alaíde y de la revista fem cuando vivimos en México. Al igual que la novela Las nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley sobre las mujeres de la época del Rey Arturo, que se convirtió en libro de culto. A partir de allí, no he tenido descanso en seguir leyendo a las mujeres que como Simone de Beauvoir, Virginia Woolf y tantas más me han nutrido con su sabiduría.
Los poemas de la izquierda erótica de Ana María Rodas, sacudieron a una sociedad hipócrita y le cuestionaron a la izquierda sus prácticas íntimas, su machismo poco democrático. Hasta la fecha, su trabajo como editora y columnista es un estímulo para hablar de esta realidad a veces frustrante.
Las mujeres y los libros en Guatemala podrían ser sujetas de investigación para la historia cultural. Son muchas las que han dedicado sus vidas a escribir, coleccionar, conservar y divulgar obras fundamentales para la vida. Estoy pensando en la anciana que seguía llevando la imprenta Sánchez y de Guise, en doña Consuelo de la Librería El Tecolote, en Marilyn, de Sophos, en Arely de la Biblioteca Brañas, en Anna Carla del Archivo General de Centroamérica. No digamos en autoras como Pepita García Granados, con el humor empuñado como arma política, y doña Luz Méndez de la Vega, con una producción literaria que sigue dando frutos. Aída Toledo, Ruth Piedrasanta, Carolina Escobar, Rosina Cazali, Anabella Acevedo, siguen creciendo y haciéndose mejores escritoras.
El amor por los libros y la lectura se ha manifestado en la solidaridad de muchas compañeras que vinieron a limpiarlos, secarlos, a ponerlos en orden y a acarrearlos. A todas les agradezco de corazón esas muestras de afecto, y les deseo que sus vidas sigan llenándose de imágenes, palabras, ideas, para transformarnos y crear el mundo donde todas las mujeres puedan leer y escribir en paz y libertad.
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