A un año de la reconciliación de las pandillas rivales de Ciudad Peronia, los matones y extorsionadores se convirtieron en guardianes. Están dispuestos a defender la colonia y a demostrar que su pacto fue en serio.
Se subió al carro con sus 9 muertos a cuestas, las cicatrices de los disparos, 3 dedos remendados, el tatuaje por el hermano asesinado y 18 ingresos a la cárcel. “Esos dos…”, dijo y señaló con la boca a los muchachos que descargaban huevos en el picop de enfrente; “eran los que yo mandaba a cobrar las extorsiones. Andan todos plomeados igual que yo”.
Viaja en el asiento del copiloto, con el vidrio abajo y saluda a un conocido cada dos cuadras. “Mejiíaa”, le gritan sonrientes y él alza las cejas y la mano. La mano que apretaba el gatillo en las balaceras donde caían como naipes los mareros, contrarios y propios, y los transeúntes inocentes. La misma que le tendió al cabecilla de la banda rival aquella noche memorable en la iglesia, cuando Los Caballos y Los Metales hicieron las paces, se pidieron perdón ante 2 mil vecinos incrédulos y cesó el fuego en Ciudad Peronia, una de las violentas e impenetrables colonias de Villa Nueva.
De eso hace un año. José Mejía, el líder de Los Caballos ya no es el pistolero temible que entraba agachado a la colonia, escondido en taxis, para evitar que Los Metales lo rociaran con balas. Es ahora el vendedor de la distribuidora de granos básicos “Unidos por la Paz”, de la cooperativa de pandilleros rehabilitados que se formó después de la redención de los mareros.
Mejía es un tipo de 29 años de estatura media, moreno y anteojos metálicos, que cambió los chapulines y los overoles guangos por los jeans con mocasines. Trabaja con los adolescentes que hace unos momentos despachaban cartones de huevos en las tiendas donde antes extorsionaban, a cambio de ser los secuaces de Mejía, quien les pagaba con armas, tenis, ropa y drogas.
La vista de la capital es esplendorosa desde casi cualquier esquina de Ciudad Peronia. El edificio de Tikal Futura, las torres de la zona 14, el aeropuerto. La ciudad se pinta como la tierra prometida desde esta montaña de calles empinadas y casas apuñuscadas donde habitan 70 mil personas, emigrantes de áreas marginales que vinieron a este fin de mundo en los ochenta, siguiendo el sueño de tener un terreno propio.
La familia Mejía lo encontró en 1989, cuando José tenía nueve años y cursaba la primaria. Un partido de fútbol fue la discordia entre los alumnos de un colegio y la escuela. Se volvieron rivales y para 1992 los chicos ya se estaban disparando, con armas prestadas por pandillas vecinas.
Los del grupo de Mejía fueron llamados Los Caballos por el apodo de quien los reclutaba. Los de las calles que llevaban nombres como Cobre, Bronce y Plata se denominaron Los Metales.
Ciudad Peronia fue un suculento caldo de cultivo para las pandillas juveniles en los años noventa. Al menos nueve maras convivían en esta colonia, entre ellas Los Caballos, Los Metales, la Mara 18 y La Salvatrucha.
Cada una acaparaba un sector y quería poder. Y en esa lucha de fuerzas los salvatruchas quisieron imponerse. El Grillo, el hermano menor de Mejía y líder de Los Caballos no quiso ceder. Entabló una alianza provisional con Los Metales para aniquilar a los MS. Lo lograron. En menos de cuatro meses los diezmaron a plomo limpio. Los que no murieron, huyeron.
Pero luego, equinos y metálicos, a los que sólo dividía una calle, volvieron a ser enemigos y se abrió de nuevo el fuego.
Los niños belicosos se habían tornado en delincuentes despiadados. Sus primeras escopetas fueron robadas a los guardias de los repartidores de alimentos y bebidas. Luego tuvieron armas más sofisticadas que compraban con el botín de extorsiones a vendedores, tenderos y buses. Tan sólo Mejía, que caminaba con 2 pistolas en el cinto y su cuadrilla de matoncitos, recaudaba Q8 mil semanales.
A El Grillo, el líder de Los Caballos, lo mataron a sus 18 años cabales. Lo tumbó El Triste, un cabeza de Los Metales. Mejía juró vengar su muerte. “Tenés que acabarlo”, le ordenó el padre, ya resignado a que fuera pandillero. En una balacera de casi 30 minutos casi lo logra. Mejía le descargó 4 tolvas a El Triste, pero sólo le hirió la pierna.
La violencia entre caballos y metales se desbordó. Cada semana, un velorio. Las calles olían a pólvora. Las ambulancias entraban y salían. Las balas zumbaban en las ventanas. Los pandilleros se escondían como ratones. Los tiroteos tronaban a cualquier hora. La mayoría de los fundadores de las clicas había sido asesinada. Mejía sintió la muerte soplándole el cuello. Mandó a su esposa y a sus dos hijos fuera del barrio, con la suegra. “Hoy sí ya nos morimos todos”, pensó.
Marodoqueo Fuentes y su esposa Lorena llegaron a Ciudad Peronia en 2002. Fueron enviados por los pastores de Casa de Dios, la iglesia neopentecostal adonde pertenecían. Nunca habían estado en Peronia, pero no era tan distinta a otros barrios marginales ni a las cárceles donde predicaban. Comenzaron con reuniones semanales. Su gran meta era conseguir que los pandilleros se rindieran ante “Jesús y ellos mismos”. Pero no era fácil: los mareros no tenían ningún interés en visitar una casa de oración.
Pasaron seis años para que Mardoqueo y Lorena encontraran un huequillo adonde filtrarse. Para entonces ya se habían escindido de la iglesia de Cash Luna y fundado su propio templo, los ministerios “Tierra Deseada”.
Yurman, un salvatrucha –de los pocos que quedaban– se convirtió al protestantismo. A través de él y otros líderes, Mardoqueo pudo entrar a los callejones prohibidos y hablar con caballos y metaleros. Poco a poco los mareros se acercaban a la iglesia.
“Esto puede parar”, le aseguró Yurman a Mejía. Marcó un teléfono desde el celular y se lo entregó: “Te quieren hablar”.
Era El Triste que le hablaba desde una cama; las cuatro tolvas de Mejía le despedazaron el muslo. “Mirá, si esto sigue nos vamos a parar matando todos. Parémoslo porque esto va a seguir”, balbuceó.
El día siguiente fue 1 de julio de 2009. Tras una jornada de negociaciones, Mejía y un grupo de caballos accedieron a hacer las paces con Los Metales. Ambos bandos condicionaron que la reunión se hiciera en la iglesia, ante congregación, policías y militares. Los pandilleros llegaron en picops, eran más del centenar. Mardoqueo sudaba. En teoría iban desarmados pero no tenía garantías. Nada impediría que se desatara una balacera. ¿Cómo haría para que esos perros bravos no se atacaran?
Abajo varios caballos y metales aguardaban el desenlace.Algunos estaban furiosos, como El Pera, Francisco Sarceño, metalero conocido por su inclemencia para asaltar buses.
El Pera tiene 32 años, la figura rellena y la nariz revirada a la derecha, secuelas de la bala que le atravesó el rostro y, para su suerte, sólo le dejó el cachete agujereado con un profundo y coqueto camanance, además del tabique sinuoso. La salida del proyectil en el lagrimal apenas se le nota. Y las demás heridas de guerra las lleva debajo de la playera: la del puñal en el costado, las 6 perforaciones en la pierna, la abertura de tórax. Pera también robó carros y traficó cocaína. Estuvo 22 veces en prisión pero nunca purgó condena. Tras una ráfaga de balas en sus casas, los denunciantes corrían a desistir.
El día de la reunión masiva “El Pera” echaba chispas. No creía en la reconciliación. “Nel, es un juego, un teatro”, alegaba. Estaba tan furioso que convino con amigos liquidar a los “ladeados”. No serían Los Caballos los que tendrían el gusto de matarlos: serían ellos mismos. Por traidores.
Sólo cuando Mardoqueo tuvo certeza de que caballos y metales querían hacer las paces los sacó de los salones separados y los reunió en la iglesia. Para los 2 mil asistentes fue una sorpresa: a la derecha e izquierda del pastor estaban los cabecillas de las bandas a las que tanto temían.
El pastor predicó –y sudó– por más de dos horas. Habló del perdón y del amor de Dios. Detectaba de reojo las miradas felinas entre los bandos. “Señor, ¿a qué horas los junto? Se van a matar”, sufría. Hasta que percibió una señal: dos caballos lloraron. “Ahora es cuando”. Cogió de la mano a El Triste y a Mejía, los puso de frente y les pidió que se tomaran la mano. Ahí estaban los enemigos: uno le debía un hermano; el otro, la pierna. La congregación aplaudía y lloraba excitada. “Por mí aquí muere todo. Yo te perdono”, le dijo Mejía al oído a El Triste. “Yo también”, respondió él sostenido por las muletas. Lloraban.
Mardoqueo estaba consciente de las puertas que había abierto: podían ser las del cielo o las del propio infierno. No sólo se trataba de buscar la paz y la reconciliación, el alto al fuego y a las extorsiones. La pregunta después del pacto fue: Pastor ¿Y de qué vamos a vivir?
La mayoría de pandilleros mantiene a sus familias y no puede acceder a un empleo normal, explica el pastor: tienen el cuerpo cubierto de tatuajes son analfabetas, están tapizados de cicatrices y poseen varios ingresos a la cárcel. Algunos padecen lesiones o discapacidad.
Mardoqueo se aseguró de que con el pacto de no agresión viniera la entrega de víveres para los redimidos: leche, huevos, granos básicos, aceite, azúcar. Lo llamó fase de emergencia. Incluyó ayuda económica, comida, atención médica y solución a los problemas básicos de los mareros.
El pastor tocó las puertas de su iglesia, de empresas y otras congregaciones para financiar su temeraria idea. Cada bolsa costaba Q200 y entregaba 50 a la semana. Algunos aplaudieron el proyecto. Otros lo criticaron con dureza. “Esa no es la solución, usted está loco”, le recriminaron. Pero siguió y un mes después ya había abierto la distribuidora de huevos. La distribuidora de granos básicos y alimentos vino después con la creación de la cooperativa.
Las 250 tiendas de Peronia les compran huevos y alimentos a los jóvenes de la cooperativa. Muchos lo hacen por apoyar el proyecto. Otros por temor. Y ellos no se engañan. Saben que aún les temen.
El repartidor de la distribuidora es Pera, quien tres meses después del pacto accedió a sumarse. Ahora es como un oso domado que va y viene en el camioncito. Es amigo de los autobuseros y ya trabajó de chofer pero renunció para apoyar en la cooperativa. Gana la mitad que como piloto: Q350 semanales, al igual que Mejía. Es poco dinero, pero ambos creen en lo grande que puede llegar a ser el proyecto. La cooperativa sólo tiene 200 socios. Cuando crezca y consolide el capital, los sueldos aumentarán. Es la esperanza de todos.
La siguiente etapa en el plan de Mardoqueo fue reparar la confianza de la comunidad; la mayoría de vecinos no creyó en la conversión de los chicos.
En octubre el pastor organizó una reunión de 8 mil lugareños en la que caballos y metales pidieron perdón y entregaron 2 mil bolsas de alimentos a las familias damnificadas por las barbaries. Fue una noche histórica, pero lo que afianzó la credibilidad fue el tiempo, dice el pastor. Cuando la gente constató que las extorsiones y las matacingas desaparecieron.
Hay una persona a la que El Pera tiene pendiente pedirle perdón. Es un muchacho al que él y sus amigos le sacaron un ojo, le despozolaron los dientes y le destrozaron el cráneo a pedradas, después de robarle un celular. Sobrevivió. “El Pera” lo ha ido a buscar varias veces para pedirle perdón, pero nunca lo ha encontrado.
El perdón de los vecinos llegó poco a poco y los que no lo otorgaron no buscaron (por el momento) venganza. Como admite el pastor, la comunidad no ha tenido muchas opciones. La conversión de los jóvenes es mejor que la anarquía de hace 12 meses.
A un año del pacto, Los Caballos y Los Metales han logrado mantener la paz. Su conversión incluyó eliminar las extorsiones, dejar de matarse y abstenerse del licor y las drogas, una de las cosas más difíciles. La mayoría era adicta.
En la estación policial (donde Mejía entra ahora campante para intercambiar información con los oficiales) registraron que en el primer semestre de 2009 hubo 15 muertos por arma de fuego y 17 heridos. En la segunda mitad del año, cuando ya había paz, la cifra bajó a 2 muertos y 5 heridos.
A principios de este año acribillaron a seis jóvenes frente a una tienda. La masacre hizo pensar al vecindario que la violencia había vuelto y que el pacto estaba roto. Pero las averiguaciones de las dos pandillas determinaron que ninguno de sus miembros estuvo involucrado. El ataque, sostienen, llegó de afuera.
En Ciudad Peronia los hechos delincuenciales también disminuyeron. El vendedor de pastas, Giovanni Chiquín, cuenta que ya no se pagan extorsiones y no tiene miedo a los asaltos. El tomador de pedidos de los cigarros calcula que los hechos delincuenciales disminuyeron en un 60 por ciento, sin embargo su camión aún llega con guardias.
Ahora el proyecto está en su tercera etapa, la creación de fuentes de trabajo. En la cooperativa trabajan 8 ex pandilleros, caballos y metales. También abastece a vendedores ambulantes, ex mareros todos, que venden dulces en los buses. La Municipalidad además concedió 8 plazas para limpiar las calles de la colonia.
Julio, un ex M18, es uno de los contratados por la comuna. Tiene el ojo izquierdo inservible. Mejía se lo hizo añicos con una botella, pero parte de su perdón consiste en omitir responsables. Julio es casi ciego. En el otro ojo recibió un disparo el día que asaltaron el bus. Sus dos hijas se enteraron de que eran pandillero la noche de la iglesia, al verlo en el noticiero.
Lorena de Fuentes, la esposa de Mardoqueo, calcula que de los 135 pandilleros convertidos, unos 40 aún no tienen trabajo. Algunos los han obtenido por su cuenta, porque además de mareros tenían oficio y los aceptaron con tatuajes y antecedentes penales. Pero otros aún esperan ayuda para ser reubicados. Mientras tanto reciben víveres.
Mardoqueo tiene los fondos de la iglesia comprometidos en este proyecto. A la fecha se ha gastado Q2 millones y aunque ha contado con la ayuda de una larga lista de entidades privadas y públicas y cooperación internacional, el programa aún no ha terminado.
La cuarta fase, a mediano plazo, es la capacitación y educación de los rehabilitados. Ya se abrió un taller de cerámica con 11 alumnos y hay una fábrica de bolsas de tela para las viudas. Esta semana abrieron un centro de computación. Mardoqueo ansía ver a los jóvenes convertidos en profesionales y empresarios.
Las pandillas aún existen y los miembros todavía se reúnen. Uno de los cooperantes del proyecto financió la creación de un club para que puedan jugar billar y socializar sanamente. Sin embargo, la amalgama que mantiene la paz firme y duradera es la iglesia, asegura Mardoqueo. Asisten de 2 a 3 veces por semana. Del medio centenar de metales hay 13 totalmente involucrados con la congregación. Con los caballos es similar. Otros no son tan constantes y un grupo no se involucró, pero tampoco está en contra. La mayoría de pandilleros dejó de delinquir y los que no quieren cumplir son sometidos al orden. Las cabezas asumieron el papel de guardianes.
Este año algunos metales volvieron a pedir impuesto. El resto los reprendió y les ordenaron ir a cada tienda extorsionada a pedir disculpas. En los casos más severos, admite Mejía, han desenfundado las armas. Sucedió que un caballo vendió información a una pandilla externa sobre los lugares donde cobraban impuesto. Lo denunciaron, cayó preso y salió libre. “Tuvimos que defender el territorio, no vamos a admitir pandillas”, dice Mejía. En su sector sólo ha habido un muerto desde la firma de la paz.
“Mi meta es transformar Peronia”, dice Mardoqueo. El proyecto no es religioso sino comunitario, lo describe, y requiere de una mente empresarial. Él la tiene, es auditor y administrador de empresas. Tiene 47 años y la convicción de que no se sólo se trata de predicar y convertir a un centenar de pandilleros, sino de proveerles ingresos sostenibles.
El proyecto de Peronia es un fenómeno de conversión religiosa que tiene como punto de partida el choque emocional, opina Manolo Vela, sociólogo de Flacso. Se diferencia de otras iniciativas con pandilleros en que se mueve en dos extremos: la política de Dios, con la exaltación del espíritu, y la política social, con el empleo, la atención médica, la recreación y el apoyo que los hace sentirse parte de algo. “No sólo se trata de que los pandilleros salgan de la iglesia renovados en Cristo, sino de que tomen en cuenta su entorno y vida diaria. El apoyo que se les dé es determinante para el éxito del proyecto”, añade.
Mardoqueo cree que la clave del proyecto es brindar una oportunidad. Al pastor también le concedieron una oportunidad las instituciones y personas que creyeron en su idea. Le ayudan, considera, porque ven que la represión y la limpieza social no han podido solucionar nada. “Este proyecto para muchos es una luz, una esperanza”, defiende.
Al pastor lo han aplaudido y abucheado. Lo han amenazado dentro y fuera de Peronia. Incluso sobrevivió a un tiroteo que le hicieron a la camionetilla en la que viajaban él y su esposa. “Hemos corrido todos los peligros pero estamos vivos”, dice.
En cambio El Pera siente que ya vivió toda su vida, que murió y recién empezó una nueva, una que quiere llevar bien. Él y Mejía están conscientes de la responsabilidad que pesa sobre sus hombros. “Tenemos puesta la mirada de toda Peronia y de los que nos apoyan sobre nosotros. Muchos sólo están esperando que caigamos”, opina. Ambos están seguros de que si ellos recaen, sus amigos los seguirían y todo se vendría al traste. Pero tienen la certeza de que no ocurrirá. “Ya no hay vuelta de hoja”, dicen. “Somos personas nuevas”.
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