Ese mar que a mi familia y a mí nos es tan necesario y al que regresamos siempre es una constante en nuestros recuerdos
Ni era un yate de 36 pies ni estábamos en el Mediterráneo. Eran aguas poco profundas en uno de los cayos más cercanos a las costas guatemaltecas, que en algunos mapas tienen anotado un nombre: Zapotilla, y en otros apenas aparecen como pequeños círculos anónimos, en la barrera de coral que parte desde Yucatán y llega –hasta donde yo sé, pero podría equivocarme-- a Honduras.
Eran las nueve de la mañana de un día sábado y mi hija segunda, que nos acompañaba con sus hermanas en el viaje a bordo de aquella nave de poco calado, cumplía años. El capitán –todas las embarcaciones, por mesurado que sea su tamaño, necesitan uno para hacerlas avanzar sin contratiempos, para adivinar un mal tiempo que se avecina, para mantener el orden a bordo-- el capitán, repito, cogió el trofeo y se alegró.
Vamos a hacer un arroz delicioso hoy, comentó y desapareció en dirección de la cocina. Efectivamente, a medio día nos sentamos a comer en la mesa de cubierta y aquel arroz con pulpo nos pareció uno de los manjares más sobresalientes de la gastronomía marinera. Como el bicho tenía un tamaño regular, sobró arroz y por la noche continuamos celebrando.
Hacia las seis de la tarde bajamos a tierra, hicimos un fuego y sobre las brasas asamos unas cabrillas que habíamos pescado durante el día. Las cabrillas y el arroz comidos a la luz menguante del atardecer me parecieron una forma muy acertada para celebrar los nueve años de Irene, quien es famosa entre la familia y sus amistades por organizar fiestas. Sus hijos han salido a ella y también son capaces de armar, en minutos, unas reuniones muy concurridas y alegres de las que cuesta recuperarse porque suelen durar hasta el amanecer.
No era ese el caso en aquellos días. Éramos apenas siete personas en aquel yate y pasábamos unos días de absoluto descanso en el mar. En un silencio acompasado por el leve sisear de las olas en las orillas de los cayos; sin diarios, sin otro radio que el del barco, que se conectaba dos veces al día para escuchar una emisión desde Miami mediante la cual nos enterábamos de cómo iría a ser el tiempo.
Ese mar que a mi familia y a mí nos es tan necesario y al que regresamos siempre es una constante en nuestros recuerdos. El del Pacífico, ruidoso a morir, ciertamente; el manso de Punta de Palma, que por entonces era un paraje maravilloso y paradisíaco al que podíamos ir sin compartir la playa con nadie. (La Semana Santa pasada pasamos frente a Punta de Palma y semejaba una de esas estridentes ventas de cerveza y aguas gaseosas situadas en las carreteras, sólo que con ríos de gente desembocando en el mar).
Por supuesto que no solo ha habido un pulpo en nuestras vidas. Entomatados, al ajillo, al vino, como ustedes lo prefieran. El mar es pródigo, y lo hemos aprovechado bien, aunque de aquí en adelante, con la pasión por el dinero y los desastres de las petroleras, no me atrevería a asegurar que mis bisnietos o sus bisnietos gocen de esas maravillas de las que hemos disfrutado nosotros, buceando o pescando.
La semana que termina, sin embargo, me tocó conocer un pulpo de otra categoría. Tiene nombre, se llama Paul y vive en el acuario Seelife de Oberhausen, de Alemania. Es el prodigio del momento porque, metiéndolo en un estanque en el que hay dos recipientes con mejillones, mostrando cada recipiente una bandera diferente –que corresponden a los equipos que van a jugar el encuentro siguiente de la copa del Mundo-- el pulpo se desplaza y escoge los mejillones que ocupan el lugar marcado por la bandera del equipo que va a ganar.
Por supuesto, Facebook y Twitter, y You Tube, además de blogs y otros sitios de internet, así como secciones de periódicos en todo el mundo, han tenido que ver con Paul. El miércoles pasado la red vibraba entre augurios sobre que si Alemania perdía, el pulpo sería sacrificado. La eterna historia de matar al mensajero. Si aún vive, entre a internet y adelántese a saber quién ganará el mundial.
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