El domingo a medio día, pocos minutos antes de que empezara la final de la Copa del Mundo, las camisetas pirata de la selección española se vendían en la calle a Q200, el doble del precio normal.
El Centro Español era una feria, invadido por una marea roja. En casa de una amiga, se celebraba con sangría y crema catalana, porque la victoria había que agradecerla al Barça.
En mi casa no comimos tortilla de papa ni jamón serrano, pero las simpatías replicaban las de la generalidad: con dos notables excepciones –mi esposo y el novio de mi hermana, admiradores de la selección holandesa– todos los demás le íbamos a la Roja.
Me imagino que los españoles que llevan aquí poco tiempo –y no acaban de entender el amasijo de contradicciones que somos los guatemaltecos– se habrán rascado la cabeza.
En calidad de antigua colonia, nuestra relación con España está cuajada de arranques irracionales. Por un lado, nos encanta quejarnos del legado hispánico: que si nos mandaron a la escoria de la sociedad, que si sólo venían a hacer fortuna y largarse, no a echar raíces como los esforzados puritanos del norte, que si eran pícaros y explotadores, presumidos y racistas, que si nos dejaron instituciones fallidas y esa vena autoritaria que no se nos quita ni a trancas.
Llevamos casi 2 siglos de historia independiente, pero seguimos echando rayos por los 300 años de dominación española como si todavía cargáramos a los peninsulares en la espalda.
Poco importa que India, por ejemplo, cuente poco más de 50 años de haberse desembarazado del yugo colonial y ya esté en buen camino para erradicar la pobreza: la culpa de todos los males de Guatemala la tienen los españoles –o los gringos— nunca nosotros.
A pesar de que la cooperación española ha sido cuantiosa y constante desde hace años, los diplomáticos de ese país reciben todo el tiempo andanadas de reclamos históricos. Quien más vituperios ha encajado es el jefe de la CICIG, Carlos Castesana, a quien le llovieron críticas por su nacionalidad, su forma de hablar y ese estilo directo que no cala bien en estas latitudes donde se habla quedito y en diminutivo.
Lo insólito es que a pesar de tanto lamento, también reivindicamos la herencia ibérica. Lo hacemos cuando nos conviene, por darnos ínfulas de criollos —quién entiende tanta ridiculez– y a veces, sin darnos cuenta.
La arquitectura colonial o “antigüeña”, que tanto gusta, tiene su origen en España, así como las sillas de espaldares altos y madera oscura que nos hacen sentir importantes. Los nombres de los protagonistas del Mío Cid , Rodrigo y Ximena, siguen siendo populares y me da la impresión que las Fátimas ya superan a las Guadalupes.
Las niñas bien van a la academia de baile español y los católicos más devotos cargan en las procesiones de Semana Santa y se visten de cucuruchos. La tradición manda comer bacalao en Viernes Santo, torrejas en octubre y paella en las fiestas donde queremos que la comida abunde.
Ahora bien, ninguno de todos estos rasgos culturales heredados de España, ni siquiera los dulces típicos de doña María Gordillo, tienen el arrastre del fútbol. Dada la mediocridad que derrochan los equipos locales, los guatemaltecos podrían decantarse porque cualquier liga extranjera, pero la que convoca multitudes es la española.
Esa pasión por el Real Madrid y el Barcelona no se circunscribe a la elite: en vísperas de un clásico español, las alineaciones se discuten también entre los puestos de los mercados.
Esa simpatía fue la que se volcó el domingo sobre la Roja.
Las pasiones no suelen invitar a la reflexión, pero en esta oportunidad sería bueno que nos detuviéramos un momento a pensar en lo que ello significa.
Ya va siendo hora que los guatemaltecos asumamos la responsabilidad de nuestro destino, en vez de quejarnos de nuestros males históricos, desde la Conquista hasta la Guerra Fría.
Y ahora que es campeona del mundo, quizá nos animemos a ver que en la España moderna hay mucho que admirar y que aprender, aparte de la magia del fútbol a la Cruyff: desde sus consensos políticos, con su régimen de autonomías y su asombroso despegue económico (hoy empañado por la crisis, pero no por ello menos notable) hasta su tradición intelectual y la vitalidad de su arte.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
21 comentarios: