Hacer el paralelo entre el 4 de julio de 1776, fecha en que las 13 colonias de Norteamérica rompieron relaciones con la metrópoli inglesa al declarar su Independencia, y el 14 de julio 1789 que fue el inicio de la Revolución Francesa, es una tentación frecuente de los historiadores. A pesar de las diferencias de fondo, el denominador común de ambas gestas fue la lucha por la libertad y la igualdad ciudadana frente a la ley. Las 13 colonias al tomar la determinación de declarar su Independencia unilateralmente se expusieron a una guerra con Inglaterra –la que aconteció y ganaron gracias en gran parte al rey de Francia, Luis XVI, que aportó su apoyo militar al movimiento norteamericano. La razón del monarca francés no tenía nada que ver con el concepto de Libertad sino más bien se trataba para Francia de un arreglo de cuentas con la Corona Británica, siendo la intervención gala un enfrentamiento más de los que venían ocurriendo periódicamente entre los 2 reinos, ello desde la Guerra de Cien Años, en el siglo XIV.
Por el contrario, el movimiento denominado Revolución Francesa, iniciado para efectos prácticos históricos el 14 de julio de 1789 con la Toma de La Bastilla por la plebe, fue una Revolución en el estricto sentido de la palabra que llevó a Francia a cambios radicales en su estructura política y social de forma irreversible. Y es posible que los cambios necesarios impuestos por la Revolución no se hubieran dado de forma violenta, si Francia desde el ascenso al poder de Luis XVI no hubiese caído rápidamente en una crisis de autoridad que llevó al país a un estado de total ingobernabilidad en 1789. Las nuevas ideas de la época, contrarias al absolutismo monárquico que había regido el reino durante cerca de 2 mil años –aunque este para entonces era ya en la práctica un concepto edulcorado, sin fuerza ni sustento–, fue barrido sin oposición por los ideales de Libertad e Igualdad propagados no sólo por la propia intelectualidad francesa si no también llegados estos de Norteamérica por la vía de las logias masónicas. A ello, se sumaba más aún una crisis económica profunda y generalizada del reino lo que dio finalmente al traste con un régimen monárquico completamente desgastado.
El 14 de julio fue declarado Fiesta Nacional de Francia en 1880 por una Tercera República liberal y en nada revolucionaria. La escogencia de esa fecha daba satisfacción a los ideales de Libertad, Igualdad y Propiedad que se habían, a lo largo del Siglo XIX, afianzado en el espíritu francés en base a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano –piedra angular del pensamiento revolucionario de 1789–, documento cuya esencia se encuentra hoy, de una forma u otra, en todas las Constituciones democráticas modernas del mundo y que incluso es parte esencial de la Carta Constitutiva de las Naciones Unidas.
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