Todas las mañanas la Capital abre sus puertas para recibir el alboroto de tres millones de personas. Como resultado de mestizajes, hibridaciones y migraciones, emergen de sus orillas, colonias, barrancos, zonas residenciales o de municipios aledaños, todo tipo de guatemaltecos. Lo cierto del caso es que cada día, compartimos un reto similar: ¡sobrevivir!
Están los que van al trabajo o a colegios piratas a recibir una falsa educación. Los que planean la muerte ajena y que después del desayuno, campantes se disponen a cumplir. Están también los que quieren besar. Están los que van a morir sin los zapatos puestos, abalanzados por la violencia en una acera o en la puerta de un centro de salud. ¿Sabía usted que cada zapato tirado que aparece en las calles es de una víctima más?
En el tráfico caótico, los guatemaltecos nos pintamos. Si alguien se atraviesa, el típico chapín acelera en lugar de disminuir. Las luces de emergencia son milagrosas, porque todos creen que al activarlas, pueden dejar el carro a media calle sin mayor dificultad. Y sorprendentemente, mientras usted espera que levanten a un baleado o atropellado del asfalto, rapidito llegan a venderle desde flores para la novia, hasta cargadores de celular. Vírgenes hechas antiguas, pencas de bananos o barquillos para la refacción.
La violencia, el racismo y el machismo están consignados de improperios callejeros, pero ni se le ocurra responder, no vaya a toparse con un energúmeno armado de esos que pululan por ahí.
Y ojo, que si tiene celular, llévelo a Esquipulas a bendecir. De las balas perdidas ni hablar. ¡El sábado pasado le tocó a un pequeño de 2 años! Y no digamos del riesgo de encontrarse en el camino una bolsa con un paisano hecho retazos (la última contenía los miembros de una niña de 13 años).
Mientras tanto, los brochas (en extinción) y pilotos de camioneta suplican a la Virgen de Fátima, a la pata de conejo, a la estampita del Hermano Pedro, que ese no sea “el” día. Bueno, todo esto si no tenemos la mala suerte de ser devorados por un hoyo gigante que nos transporte al desagüe de la ciudad. ¿Será que quien en vida fuera una tacita de plata, tiene aún remedio? ¿Será falso pesimismo el mío, o falso optimismo el del Presidente que asegura que todo marcha bien?
Ah, y están los que, entrada la noche, aguardan el retorno de su ser querido. Tristemente, muchos de ellos permanecerán sentados en el banco de la vida. Esperando para siempre.
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