La democracia no es creíble ni posible todavía en nuestro país debido al bajo nivel de educación promedio de la población, limitación real que dificulta escoger racionalmente a los representantes. ¿Cómo podemos pedirle a alguien que a duras penas sabe atarse las cintas de los zapatos, que escoja entre dos proyectos de desarrollo económico tan opuestos como complejos? Es más fácil comprar voluntades con bolsitas de aceite y frijoles, e imponer creencias al estilo de dictadores o reyezuelos disfrazados de demócratas, y seguir probando al cálculo, según la práctica perjudicial de la prueba y error que nos ha llevado fatalmente como cangrejos al borde de la era del lejano oeste americano.
En la política nacional mandan los intereses de sectores que se turnan el poder, y para no ser molestados por la razón, han desarrollado el arma antigua más certera para derrotar al oponente dueño de argumentos valiosos, la grosería. Todo aquel que aparece proponiendo un plan para salir de la dominación, se convierte en peligroso para el status quo, y lo callan. Lo mismo se impide opinar a un derechista radical que a un comunista sano de los buenos tiempos o al mediano social demócrata de actualidad, basta con tener razón para ser violentado y callado vía el menosprecio y los insultos personales. Ya lo resumió Arthur Shopenhauer en su obra El arte de insultar: “Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero. (…) Al personalizar, sin embargo, se abandona por completo el objeto y uno dirige su ataque a la persona del adversario: uno, pues, se torna insultante, maligno, ofensivo, grosero.” Y esa es la forma típica de ganar y cerrar cualquier discusión en Guatemala.
La mejor manera de oponerse a las opiniones que los columnistas presentamos en nuestros espacios es el insulto soez, el ataque al autor, o en el caso del Gobierno, más fantasioso, la suposición de conspiraciones enfermizas planificadas en Marte. Los estudiantes que se sienten impotentes para argumentar sobre disposiciones sociales que los afectan, van y pintan letreros en los muros públicos, maldiciendo o escupiendo sapos y culebras contra las personas. En lo íntimo de las mismas familias se ha copiado el modelo, y cuando se sucede una situación compleja donde se debe decidir según la relevancia del bien colectivo, el individuo que no puede argumentar preso de su conveniencia particular, acude al improperio, a la grosería. También sucede en las cantinas. Según Shopenhauer no hay que responder a la provocación, ni ofenderse. Según Aristóteles hay que escoger bien a los interlocutores, y por eso muchos que podrían gobernar sabiamente nuestro país han elegido otro destino y Guatemala sigue navegando a la deriva.
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