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Guatemala, domingo 18 de julio de 2010

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Los memorables versos de Enrique Noriega


Noriega recibe el próximo miércoles 22 el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias.

Dante Liano

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Enrique Noriega recibe el próximo miércoles 22 el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. El escritor hace parte de la llamada generación de los setenta, que sentó las bases de la renovación de la poesía nacional actual, a través de una importante resignificación del lenguaje, una actitud ética profundamente crítica y rebelde y una defensa apasionada de la palabra escrita.

 

No me sorprende el Premio Nacional de Literatura para Enrique Noriega. Se trata de uno de los poetas más sólidos que ha tenido Guatemala en los últimos tiempos. Una de esas personas, cada vez más raras, que ha dedicado toda su vida al arte de la poesía, y que ha pagado las consecuencias de ese azar. Desde esa edad en que los jóvenes van decidiendo lo que harán en la vida, Enrique Noriega decidió que sería un poeta y nada más que eso. Era hijo de un narrador, don Enrique Noriega padre, que tenía fama en los círculos literarios. De esa cuenta, para distinguir a un Enrique del otro, el hijo vino a ser conocido, por todo el mundo, como Quique.

Quique vivía, con su familia, en el Barrio del Gallito, que en los años setenta era sólo un barrio popular. La casa tenía un altillo, y en ese altillo se recluía el joven poeta, para escuchar música clásica y leer autores también clásicos. Con su amigo Luis Eduardo Rivera iba a la Universidad y ambos se desesperaban a causa del mundo académico. Como les sucede a muchos creadores, el estudio universitario les parecía inútil o estéril. Además, a esa edad, el que no es rebelde no es joven (Muñoz Meany).

Los amigos subían a visitarlo, y no era raro encontrarlo enfrascado en las Odas de Horacio o en La poesía, de T. S. Elliot. No había esnobismo, sino búsqueda. Uno podía entablar una dura discusión sobre cuestiones estéticas, o pelear por una opinión literaria. Lo mismo pasaba en la cafetería de la Facultad de Humanidades. A veces, uno ya no subía a oír las clases, con tal de quedarse a discutir sobre la última novela leída.

Marco Antonio Flores había formado un grupo de escritores, gracias a su indudable carisma. Luis Eduardo, Quique, Fernando González Davison, Luis de Lión, Pepe Mejía, Mario Roberto Morales y otros se reunían con él, y discutían hasta el amanecer, mientras bebían como desesperados. Sin embargo, el único merecedor del título de “Bolo”, era Flores. No se puede negarlo: fue un maestro de esa generación. Su mayor mérito fue dirigir a ese grupo hacia el cosmopolitismo que los autores del “boom” predicaban. El grupo era polémico, autárquico, rabioso. Llegó a ejercer una cierta hegemonía en el medio literario. Fue en esas reuniones alcohólicas que Noriega se ganó un apodo que ya pocos le dicen: “Cadejo”. Porque, a pesar de ser un asistente sin falta a las borracheras de los amigos, Quique era radicalmente abstemio.

Leía mucho, con una curiosidad voraz. También escribía mucho, pero corregía tanto, que de sus poesías quedaban solo hilos. Pensaba en sus producciones poéticas como libros por hacer, no como poemas sueltos. De allí la coherencia de sus composiciones. Quique tenía (y tiene) una mirada melancólica, pausada, de ojos grandes, grandes, velados por quién sabe qué preocupación.

Toda la producción de Noriega resiente del rigor formal que le aplicó desde el principio. Su primer libro ganó el Premio Centroamericano “15 de septiembre”. Se llama oh, banalidad (con minúsculas, para que la forma sea el contenido). Rompe ferozmente con la retórica declamatoria de la poesía latinoamericana, para proponer una poesía esencial, de ritmo quebrado, atrevida en lo sexual, en consonancia con los Poemas de la izquierda erótica de Ana María Rodas. Tiene versos memorables, literalmente: versos que se quedan pegados a la memoria, y eso implica una musicalidad interna que no se advierte en la primera lectura. E implica también un calar profundo en el idioma y en la circunstancia.

Su obra continúa una búsqueda consecuente de la verdad vital (de alguna manera hay que llamarla) sin respeto por nada o nadie, ni siquiera de sí mismo. Hay una evidente búsqueda de sonido, de ritmo. Pero esto es el oficio del poeta. Noriega va más allá. Busca una respuesta a los episodios de la existencia, a veces aislados, a veces concatenados, a veces explosiones de vida que se abren como epifanías. No es un poeta fácil y por eso mismo, por lo concentrado de sus versos, es un poeta fecundador. No sólo sus alumnos de los talleres de poesía siguen su huella.

Como todos, Quique Noriega tiene tantas influencias como lecturas: infinitas. Como los mejores, ha hecho de la conjunción de sus influencias un estilo perfectamente identificable. Lo más difícil. Como se ha dicho al principio, ha pagado lo que tenía que pagar por ser poeta y nada más que poeta. Pero eso es anécdota. No cuenta. Lo que cuenta es la poesía que ha producido, digna del Premio Nacional de Literatura sin discusión alguna.

 

 

NORIEGA Y LA POÉTICA DEL INSTANTE

Por Luis Eduardo Rivera

Un domingo, a principios de 1978, cuando vivía en el Distrito Federal, fui invitado a comer en casa de una amiga. Entre los convidados se encontraba un compatriota, ya maduro, moreno y de bigote, quien, en el momento de las presentaciones se identificó como Rafael, y con el que entablé rápidamente conversación. Él parecía interesarse seriamente en mi oficio de poeta, el que por entonces yo declaraba abierta y descaradamente. En el instante de sentarnos a la mesa, después de recordar algunos poemas y versos de César Vallejo que, según confesara mi compatriota, era su poeta de cabecera, este amable señor me deleitó con una frase que, tanto por su agudeza como por su efecto, he retenido hasta hoy con simpatía. “La poesía, me dijo, es el género en el que se pueden decir las cosas más sublimes.” Era una bonita frase, pero no expresaba nada nuevo, más bien era un lugar común. Pero, luego de un corto silencio, añadió: “Y también las cosas más ridículas.”

Más tarde, luego de habernos despedido, me enteré de quién era el interlocutor que había tenido como vecino de mesa; se trataba de un personaje célebre en Guatemala durante los años sesenta y setenta, el doctor Rafael Cuevas del Cid, sin duda el rector más inteligente que haya tenido la Universidad de San Carlos en la segunda mitad del siglo XX.

La anécdota viene a colación, puesto que estamos presentando un libro de poesía, cuyo autor no ha dejado de batallar durante toda su vida para que el oficio de poeta se incline o cuando menos tienda a inclinarse más hacia el lado de lo sublime que hacia su extremo opuesto, el que ridiculizaba Cuevas del Cid, y con este propósito quijotesco ha utilizado todas las armas de las que ha podido echar mano, empezando por su sólida y ecléctica preparación que no debe tanto a la academia como sí a su talento, su célebre obstinación y su curiosidad intelectual. Cada uno de sus proyectos realizados en beneficio de la poesía, la propia y la de otros, es para él una nueva batalla ganada a ese pantano de cursilería y ridiculez que amenaza constantemente con degradar el gusto y la sensibilidad poética tanto en Guatemala como en todos los confines del mundo.

No somos pocos los que podemos dar testimonio del papel desempeñado por esta laboriosa abeja literaria en el panal de la poesía centroamericana. Y ya que se me ofrece la oportunidad de presentar El cuerpo que se cansa, quiero aprovecharla para repasar algunos aspectos de la trayectoria personal de Noriega, y sus alcances dentro de la actividad  literaria guatemalteca.

Para ello, hay que remitirse a la primera mitad de los años setenta, cuando Noriega, junto con Marco Antonio Flores, creó los primeros talleres de poesía que existieron en Guatemala, en donde -por primera vez- se reunió una generación de jóvenes creadores a discutir e intercambiar ideas y experiencias sobre su obra incipiente. El resultado de estos años de intensas batallas con el lenguaje de la literatura desembocó en lo que hoy se podría denominar como la Generación del Setenta.

         Otro aspecto que quiero subrayar es el trabajo de Enrique Noriega como editor, sobre todo cuando esta labor se lleva a cabo en un país como el nuestro, donde los editores profesionales pueden ser contados con los dedos de una mano, en números nones que no llegan a cinco.

Y por último, señalaré su labor de recopilación y documentación de nuestra memoria literaria, cuyo fruto está recogido en esa colección de casetes titulada “Voz Viva”, que reúne prácticamente un siglo de producción literaria en Guatemala. Ya sólo por esto habría motivos suficientes para conferirle a Noriega el título de santo protector de nuestro patrimonio cultural.

Pero el motivo principal de estas páginas es, ya lo he dicho, otro: dar cuenta de El cuerpo que se cansa, cuyo título expresa en palabras sencillas esa acumulación de experiencias alcanzadas con el rodar del tiempo, que llamamos madurez; es cierto que el título contrasta con el despliegue de vitalidad juvenil y el dinamismo del que acabo de dar pruebas concretas. Esta fatiga que, por supuesto, es más bien metafísica, me servirá como pretexto y contrapunto para externar algunas observaciones muy cortas que  pretenden sintetizar la poética de Enrique Noriega a lo largo de sus seis libros publicados.

Tal vez el cuerpo se canse con los años, pero, por el contrario, la imaginación de Enrique Noriega no se da reposo.

Desde la publicación de su primer libro, Oh banalidad (1974), los lectores de Noriega han podido percibir una continuidad en cuanto a temáticas, lenguaje y recursos literarios que podrían ser definidos como su “estilo”, término que, en lo personal, utilizo con pinzas, ya que, con frecuencia se emplea para realzar el aspecto exterior, decorativo de una obra, en detrimento del universo interior, que es, en definitiva, lo que la vuelve perdurable.

Intentaré, sin embargo, explicar lo que yo entiendo por “estilo” en la poesía de de Noriega.

         Pienso que ésta es minimalista desde sus inicios. Para empezar, es minimalista en cuanto a la forma. Existe en Noriega una predilección por el verso corto, cortado, encabalgado, sin duda con propósitos musicales, lo que produce además un ritmo muy particular a su melopea.

Existe minimalismo también en cuanto al lenguaje.  Pocos poetas hay en Guatemala tan desacralizantes en lo que se refiere al tono; no hay “lirismo” en la poesía de Noriega: todo lo contrario. La cercanía con el lenguaje ordinario, coloquial y a veces oral, puede resultar chocante, si no banal si se le lee en un primer nivel, denotativo, plano. Estos exabruptos del lenguaje son totalmente deliberados en un poeta que no deja ningún cabo suelto en cuanto al material lingüístico que selecciona. Para alcanzar la simplicidad expresiva, Noriega ha sopesado una y otra vez cada término con el celo de un laboratorista. He sido testigo de los procesos y transformaciones que han seguido algunos de sus poemas más cortos, que  le han tomado meses de trabajo, e incluso podría decir años, puesto que en muchas ocasiones, a lo largo del tiempo, los ha retomado hasta transformarlos completamente. Todo esto, en aras de una economía de lenguaje casi obsesiva. Él lo sabe muy bien, la sencillez sólo se logra luego de una permanente y compleja labor con esta materia prima.

Y el minimalismo al que aludo se hace aún más evidente en la elección y el desarrollo de las temáticas. No es casual que el  título escogido para su primer libro haya sido Oh Banalidad. No hay nada más corriente, nada más próximo a la trivialidad de la existencia como los aspectos abordados en los poemas de Noriega. La vida cotidiana, tejida con instantes intrascendentes, ínfimos. Una poesía vitalista, de tono menor. Y es a esta  perspectiva temática  hacia  donde todos los elementos de lo que he intentado definir como el estilo de la poesía  de Noriega convergen y se cohesionan a la perfeccionan, como un delta en el que desembocan todos sus afluentes.

El poeta reduce sus temáticas a la mínima expresión con el fin de aproximarse lo más posible a la vivencia original que motivó el poema. Sin duda en esto hay también un deseo, aunque ilusorio, de compartir con el lector la intensidad de la experiencia vivida.

Poesía que recurre al flashazo fotográfico, que capta y explota una imagen trivial desde distintos ángulos. Y todo cuanto atrapa el ojo se vuelve movimiento. El poeta rescata la realidad intrascendente y la transfigura en mito. Ése es el milagro de la poesía, y la razón por la que, luego de miles de años, Homero sigue vivo entre nosotros, y los poetas chinos de la dinastía T’ang nos siguen pareciendo actuales. Noriega pertenece a esta raza de minimalistas que vuelve trascendente lo efímero de la existencia.

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2 comentarios:

  1. Juan Pablo Rodríguez: (2010-07-18 21:51:57 horas)
    Leí los poemas de Noriega publicados por ustedes. Muy buenos. Me queda una duda, cuando menciona a Paquita la del barrio se refiere a Ana María Rodas? Es que yo sé que algunas personas las comparan a las dos.
  2. Morales Oscar Isaac: (2010-07-18 13:43:10 horas)
    En rescate de la memoria es bueno recordar tambien de esa Generaciòn del 70 a Rolando Medina (q.e.p.d.) Rafael Rodríguez Zea (q.e.p.d.) Amilcar Zea y quizá otros que bregaron en los caminos de la literatura por esos años y que, como en el caso de Rolando, la muerte los atajó en algún camino, en el temprano de sus vidas.
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