La efusión de sangre que se vivió la semana pasada tiene a la población paralizada de terror. Los asesinatos despiadados de adultos y niños que día a día se cometen, en todos los rincones del territorio nacional, no sólo nos generan intranquilidad y zozobra, sino que nos mantienen en alerta permanente, ante la posibilidad real de que la próxima víctima seamos nosotros. Todo el mundo se desplaza o transporta desconfiando hasta de su propia sombra.
Los asesinatos se cometen en lugares despoblados y concurridos, en el día y en la noche, en fin, en donde sea y a cualquier hora. Los móviles van desde el robo y la extorsión hasta la iniciación de pandilleros, la venganza, el silenciamiento, el linchamiento, la extorsión, la limpieza social y el simple gozo extravagante de dar muerte a alguien porque sí.
Con estupefacción vemos cómo se masacra a familias enteras, se lanzan bombas a los autobuses, se asesina a pilotos y ayudantes del transporte público, se da muerte violenta a transeúntes y automovilistas, y se liquida a balazos a quien sea.
Dar muerte a las personas se ha convertido en un macabro y lucrativo negocio, que recluta a cualquier cantidad de sicarios. Sin duda, el “sicariato” se ha convertido en una forma de vida en esta sociedad que lamentablemente se está acostumbrando a vivir de luto. Por supuesto, la contrapartida es la contratación de guardaespaldas, para quien puede pagarlos, y el próspero negocio de la seguridad privada.
La inseguridad personal es tal que nadie está libre de ser atacado y agredido. Todos corremos riesgo de muerte: burócratas, profesionales, empresarios, periodistas, académicos, estudiantes, obreros, políticos, amas de casa, campesinos, etcétera. Cualquiera nos puede matar o mandar a matar en cualquier momento y por cualquier cosa.
¡Cuídese!, o ¡tenga cuidado!, es la recomendación cotidiana que se hace entre familiares, amigos, compañeros y vecinos. Pero, ¿cómo va a cuidarse o a tener cuidado uno si alguien agazapado lo está “velando” o “venadeando”, con absoluta impunidad? Sin embargo, hay que “aguantarse”, porque no hay de otra.
Las fuerzas del orden no sólo son impotentes ante el desborde delincuencial, sino que muchas veces participan activamente en la comisión de los crímenes, como autores, cómplices o encubridores. Se ha llegado al extremo que la gente le teme a la presencia policial debido a que no es confiable.
¿Será que estamos condenados a la perdición?
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