Nuestra democracia desde su mismo nacimiento sufrió una metamorfosis siniestra y radical...
Nuestra democracia desde su mismo nacimiento sufrió una metamorfosis siniestra y radical: se transformó en una cleptodictadura electoral que nace y muere cada 4 años con cada elección, que nos ha cogobernado de la mano del crimen organizado. Es decir, desde 1986 hasta la fecha, cada 4 años, hemos electo un dictador ladrón, que ha dirigido los destinos del país en alianza de intereses con los capos de la mafia y algunos intereses privados, sin disfraz, sin vergüenza y sin arrugas.
Este narco sistema ¿político? ha sobrevivido seis elecciones generales, cuatro intentos de golpe de Estado, un autogolpe conocido como el Serranazo, dos consultas populares, la firma de la paz, a Minugua y ahora a CICIG y al doctor Castresana.
Paco Ortega, Callejas y Callejas, Mollete Salam, Napo Rojas, Güicho Fernández, Charlie Quintanilla, Morán Carranza, el flamante Rey del Tenis, el alter ego de la Doña: Mono de Oro, Rodrigo Lainfiesta, la joya de Goyo Valdez, los Lorenzana y los Mendoza y sus socios mexicanos y colombianos, entre otros, siguen de fiesta, con sus negocios como de costumbre, llenos de regocijo, dueños y señores de esta caricatura de país que todos conocemos como Guatemala. También, siguen su chonguengue los ladrones de cuello blanco, los amiguetes de los grandes negocios públicos, que progresivamente son aceptados y ascendidos socialmente por nuestra cínica sociedad bajo la premisa: la pena pasa, el pisto queda.
No cabe duda, que deben estar celebrando junto a otros delincuentes de colección que en el futuro seguirán siendo inmunes, impunes e invisibles.
A mi estimada amiga Doña Rigo le nació su conciencia en las cuadrillas de mozos de los años setenta, a mí me nació de observar la triste e inaceptable coexistencia de la marginación y la miseria con los descarados asaltos y robos al Estado de gente que además, no tenía necesidad de ningún tipo.
La historia de Guatemala jamás sería una fábula excelsa de Tito Monterroso, ni una novela mágica de Miguel Ángel Asturias, ni un cuento poblado de retratos hablados de Mario Monteforte Toledo. Más bien, es un chiste cruel y de mal gusto.
Nuestra historia no es de literatura de altos vuelos: es una broma callejera.
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