Hace ocho días fui a Filgua, la feria guatemalteca del libro en el Parque de la Industria. Debía dar una conferencia sobre talleres de escritura a las dos de la tarde, pero cayeron tales aguaceros que fue imposible. Esperé a que amainara (¡estábamos en el salón llamado “Agua”!) y a que alguno de los organizadores hiciera su aparición, pero no vino absolutamente nadie, ni antes ni después de la charla.
De espectadores, había tan sólo nueve o diez personas, de las cuales cuatro eran participantes de mis talleres. Antes de empezar, para atraer público al salón, y en son de broma, anuncié por micrófono que la charla versaría sobre la práctica de la pederastía entre los escritores bilingües jalapanecos, pero no tuve éxito: no se asomó nadie. Luego dije que la conferencia trataría de la vida sexual de las monjas carmelitas, pero tampoco nadie mostró el más mínimo interés. Por lo visto, nuestra gente ha desarrollado una sordera excepcional hacia temas esenciales.
Después de la conferencia di un paseo por ese salón que más parecía destinado a acoger tractores que libros. Descubrí bastante menos quioscos que en años anteriores. No vi nada especial, ni ofertas atractivas, ni siquiera chicas agraciadas que nos hicieran olvidar nuestra miseria. La parte más animada era la del salón contiguo, dedicado a comidas y fritangas. Allí había un poco de algarabía, lo que me recordó que, después de todo, somos más pueblo que ciudad, más guaro y marimba, que libros y rock.
Me sentí como en Escuintla. Como si estuviera en una feria del libro en Escuintla, toda vez que a los escuintlecos se les ocurriera organizar algo semejante (cosa que dudo). Y comprendí entonces que en la vida nada hay de irreversible, que todo puede degenerar sin remedio.
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