La locura por los cuatro de Liverpool no se quedó fuera de Guatemala. Casi todos tienen una anécdota que contar, para celebrar medio siglo con los Beatles.
El acetato se fue fundiendo lentamente. Aquella superficie dura se había vuelto pegajosa, como chapopote caliente. En el centro una manzana verde ardía en llamas. “Tirá el otro pues”, le gritaron sus primas a María del Carmen, que estaba como ida contemplando el fuego. “Apurate, aventalo”, dijeron y ella bajó la mirada hacia el disco que tenía en las manos, observó por última vez los ojos de Ringo, que le recordaron al perro de la caja de zapatos, “no pueden ser tan malos”, dijo, “con esos ojos, no pueden ser tan malos”, repitió, pero al levantar la vista encontró la mirada afilada de su madre e inmediatamente soltó el disco, como si le hubiese quemado las manos.
Era 1966 y John Lennon acaba de decir “Los Beatles somos más famosos que Jesucristo”, se armó el escándalo y no pocos padres obligaron a sus hijos a quemar los discos y a olvidarse para siempre de aquel grupo que años antes había revolucionado la música. María del Carmen tuvo que quemar sus discos, pero al poco tiempo pasó la efervescencia y un año después ya tenía entre las manos otro, un sobre de cartón con la foto de cuatro músicos vistiendo como soldaditos tropicales. El fervor no se quemó con los discos.
El fenómeno, que empezó en 1960 en Inglaterra, también llegó a Guatemala y también hizo a las jovencitas gritar y enamorarse. Los muchachos cambiaron su apariencia; su cabello y su ropa, y los mayores se escandalizaron.
Los Beatles estaban en todas partes, casi todos los mayores de 50 años tienen una anécdota que contar sobre los cuatro grandes, sobre cómo su música influyó en sus vidas. Estas son algunas de ellas. Cuéntenos la suya en www.elperiodico.com.gt.
Antes de septiembre de 1961 no había en Guatemala una radio juvenil, una estación que se dedicara únicamente a transmitir la música de moda. El dial estaba repleto de rancheras, boleros, marimba y uno que otro programa que llegaba enlatado de México con canciones juveniles, y nada más. “Jaime Paniagua Salvatierra, un empresario de radio, decidió abrir una estación para jóvenes”, cuenta Rogelio Rivera, uno de los primeros locutores, “así que empezamos a trabajar en la Radio 9-80, con el hijo de Paniagua y otros amigos. No éramos locutores, sólo éramos patojos poniendo música para otros patojos”, recuerda. La estación 9-80 fue la primera en transmitir música juvenil de 6 de la mañana a 11 de la noche.
Elvis Presley no faltaba, y en aquella época lo normal era que los muchachos se engrasaran el cabello con vaselina Yardley hasta formarse copetes al estilo del Rey del Rock. “Nuestras mamás nos regañaban porque esa grasa era como de mecánico y dejábamos las almohadas negras”, relata Rivera.
Era la fiesta de la Facultad de Medicina, las parejas bailaban en la pista, los futuros médicos estaban divirtiéndose y la música de fondo era A hard day’s night, pero tocada en marimba. El que la interpretaba era Checha y su India Maya Caballero, que por un rato dejaban las clásicas composiciones guatemaltecas para tocar lo que estaba de moda. La gente la pedía y a la gente hay que darle lo que pide. “Tocábamos en fiestas de los colegios y de las universidades y a todos les encantaba”, recuerda, “nunca faltaba una de los Beatles”.
La radio iba bien, era un éxito entre todos los jóvenes, pero de pronto le fue todavía mejor. En septiembre de 1964 una amiga de Rivera volvió de Estados Unidos con una novedad: un disco de 45 revoluciones con 2 temas de los Beatles, la gran sensación allá. A Rivera le encantó y de inmediato lo puso en la radio. Así en marzo de 1964 sonaron por primera vez en Guatemala las canciones: I want a hold your hand y I saw her standing there. Causaron revuelo, las llamadas a la cabina pidiendo que sonaran no paraban. En abril de ese mismo año otro de los locutores de la radio, Mario Roberto Paz, volvió de Estados Unidos con un nuevo hallazgo: el LP Meet the Beatles, que por supuesto no dejó de sonar en la radio.
“Cambió totalmente nuestra forma de ser”, recuerda Rivera, “dejamos de hacernos copetes y empezamos a usar el pelo largo. Nos comprábamos botines tipo cadete y lentes mosca. Además surgieron entonces grupos de rock guatemaltecos como Los ángeles azules, S.O.S, Los Castells y Los Marauders.
Llamó a todos sus familiares a la sala. Había hecho un descubrimiento magnífico y quería que todos se enteraran. Ana Carlos, que años después se convertiría en cineasta, acomodó su tocadiscos color lavanda en la mesa de la sala. Colocó el disco, lo dejó girar y sonó I want to hold your hand. El abuelito torció la cara, la abuela se horrorizó y el padre dio un saltó “¿cómo puede ser esto música?”, gritó, “¡mirales ese pelo, qué greñudos!”. Ana quería compartir lo que para ella era la mejor música del universo, pero no todos estaban de acuerdo.
Aunque no hablaba inglés, aquello no era impedimento para cantar las canciones de los Beatles. Augusto Pineda era adolescente cuando surgieron los cuatro grandes y no podía quedar ajeno a la revolución del momento. Con sus compañeros del Instituto Industrial cantaban a tres voces las canciones, “no sabía ni lo que estaba diciendo”, recuerda, pero bastaba memorizar, tratar de imitar la pronunciación y a cantar.
“Los Beatles revolucionaron a los grupos guatemaltecos”, recuerda, “antes de ellos solíamos tocar piezas instrumentales, por cada 10 instrumentales 3 con letra, pero con los Beatles decidimos cantar también”. Su grupo se llamaba Los Jokers, y se presentaban en colegios, en la colonia, o donde fuera. La moda también cambió, se dejaron los flecos largos sobre la frente y se vestían con tacuches tipo chino, de cuello redondo.
La música de los Beatles ha acompañado a Pineda en toda su carrera, desde los conciertos con amigos, hasta ahora que canta en un restaurante de la zona 9. En su repertorio siguen las canciones de los chicos de Liverpool, pero con una variación: “ahora las cantamos en español. De patojo no importaba tanto no saber inglés, pero ahora da un poco de pena pronunciar mal, así que tocamos traducciones”.
Bárbara Bickford, una de las cantantes de ópera más reconocidas de Guatemala, no era seguidora acérrima de los Beatles. “Claro está que no me sentaba en un sillón a oírla”, dice, “pero a mis hijos les encantaba”. Así que no había opción, las distintas clases de música en su casa se combinaban. Ella, admiradora de María Callas, y los hijos con A Hard day’s night a todo volumen. “Uno les llega a tener cariño a esas canciones porque me remiten a la época en la que mis hijos estaban en la secundaria”, recuerda.
Sólo tenían una grabadora chueca y destartalada, un pobre aparato que viajaba en la clandestinidad, igual que ellos, pero esto les bastaba para no perderse de la música del momento. César Montes y su célula guerrillera en la Sierra de las Minas también disfrutaban de Los Beatles. A veces, en un claro de la selva, la radio se sintonizaba bien y se escuchaba a John Lennon con claridad, a veces en la oscuridad de la noche había que usar auriculares para no advertir al Ejército.
Uno de los más grandes fans de los Beatles, era Mario Payeras, cuenta Montes, tanto que compuso un poema llamado Yesterday.
Una tarde en la sierra sonó una de las canciones preferidas: Let it be, y Montes logró grabarla en un casete. Lo escucharon hasta que la cinta se rompió de tanto oírla.
El general Luis Quilo descubrió a uno de sus soldados agazapado en la selva junto a un radio de transistores. Estaban en Panzós, Alta Verapaz, en plena guerra. Se acercó y logró escuchar una música movida y melódica. “¿Y usted que está escuchando?”, le preguntó, “Es que nosotros también somos modernos, mi teniente”, le respondió. La música de los Beatles también se oía entre las tropas militares, a escondidas, en aparatos de transistores, “eran unos radios delgaditos tipo galleta, en ese entonces no había iPod”, bromea Quilo. A los jefes también les gustaba esa música, Quilo solía escucharlos, “me gustaba el ritmo, aunque como tengo un problema de sordera a veces no comprendía muy bien las letras, sí disfrutaba con el ritmo”.
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