Mesoamérica merece un mejor destino que ser el corredor de paso de la droga que se consume en EEUU
Me gustaría aclarar que jamás ha habido una bomba inteligente. Se trata, en todo caso, de una aporía. La palabra aporía proviene del griego y significa “paradoja insoluble” y describe algo muy difícil de ser o impracticable. Y según yo, un artefacto diseñado para destruir, para matar, jamás podría ser considerado inteligente excepto por aquellos aficionados a destruir y matar.
Pero a lo nuestro: la maldición que nos cayó por la cocaína se comprende cuando uno lee, escucha y ve por todos los medios de comunicación habidos y por haber, que solo en México, en Guatemala, en otros países centroamericanos, existen y actúan las terribles bandas de narcotraficantes.
En realidad, Mesoamérica merece un mejor destino que ser el corredor de paso entre la droga que se consume en EEUU y se produce en Colombia y Perú. La región está formada por países habitados en su mayoría por gente bondadosa. Y si Guatemala tiene una tasa de desnutrición africana –término leído en días recientes en un diario nacional-- o padece por la falta de servicios de salud y educación, esos son problemas, aunque muy graves, solucionables si los dueños de la finca aceptaran pagar unos impuestos que fortalecieran al Estado. Especialmente ahora, cuando se necesitan recursos para enfrentar una violencia que no creamos nosotros, dicho sea de paso.
Guatemala es pródiga en mares, ríos caudalosos, montañas, valles, fauna y flora. Hay variedades inmensas de alimentos como para pasar largo tiempo sin repetir un solo plato, tiene tesoros arqueológicos inigualables, ciudades pequeñas y maravillosas enclavadas en lugares bellísimos y por mucho tiempo fue atractivo turístico sin par.
De un tiempo a estos días nos hemos convertido en la hez del mundo. Aquí se cometen los crímenes más horrendos, se mata, se ametralla a diestra y siniestra y los medios nos pasan en primeras planas y tiempos prime los crímenes escalofriantes que resultan de habernos convertido en el corredor de la coca justo cuando no salíamos aún de los residuos de la violencia promovida por la guerra fría.
Los narcos poseen fortunas caudalosas, infinitamente superiores a los presupuestos anuales de nuestros países. La lucha contra ellos nos sitúa como infelices Davides frente a un Goliat de tamaño familiar.
Pero solo somos nosotros los malos de la película. De México para abajo, hasta topar con Colombia, vivimos los hispanos tortuosos, criminales, a lo mejor terroristas y por ello, no hay que dejarnos entrar a Estados Unidos. La gobernadora de Arizona tiene toda la razón, y no sería extraño que le ganara el pulso a Obama. Al fin y al cabo somos unos asesinos desalmados.
Nunca ha dejado de llamarme la atención cómo los Alfas, los Betas, los Zetas solo actúan en nuestros países. Nunca he sabido que en EEUU se combata a los zares de la droga locales, los canchitos de ojos azules que deberían ser la contraparte de los prietos hispanos. Que para allá se van extraditados algunos malos de aquí, cierto, pero eso es todo.
Finalmente he llegado a concluir que en Estados Unidos no hay narcotraficantes. Que esa es una especie surgida entre nosotros, y que sólo aquí se reproduce. Ningún estadounidense se prestaría al tráfico de drogas y tienen toda la razón en repudiarnos.
Así, se ha logrado producir una cocaína inteligente y su distribución en los EEUU se hace de la siguiente manera: los narcos llegan hasta la frontera entre México y Estados Unidos. Allí, liberan en el aire los sacos de cocaína que tanta sangre derramada han causado desde Colombia y Perú por nuestras tierras, y como por arte de magia, la coca busca su destino entre los dealers y los pushers gringos, negros o white trash al fin y al cabo, que la entregan al consumidor. La única explicación posible.
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