Las antologías son obra de autor, y qué mejor que un poeta reposado y cuidadoso como Francisco Morales Santos para dejar constancia de su visión sobre la poesía guatemalteca de todos los tiempos.
Las antologías son obra de autor, y qué mejor que un poeta reposado y cuidadoso como Francisco Morales Santos para dejar constancia de su visión sobre la poesía guatemalteca de todos los tiempos. Cada autor nacional podría hacer su propia elección de la poesía memorable según sus autores preferidos, o resultar el consunto sin gracia ni alma, como el ejercicio de quienes agrupan nombres y obras al azar, de autores autorizados por el canon del momento. Pero esto no es el caso de Los nombres que nos nombran, libro ambicioso trabajado por años, obra de poeta y artesano que ha elegido lo que tiene de seductor la poesía nacional.
La antología es una afortunada selección e inventario desde Rafael Landívar traducido al español, hasta los contemporáneos, autores que ya se han ganado el derecho de integrar el voluminoso tomo, graciosamente subtitulado como Tomo I y II, como si un mismo volumen pudiera ser dos tomos al mismo tiempo, y no una simple referencia a cierta edición pasada.
Una revisión gradual nos permite descubrir al poeta Morales Santo a través de su selección, porque escogió lo más íntimo y golpeado de autores a quienes pegaban, parafraseando al peruano Vallejo, sin que ellos le hubieran hecho nada a nadie. Es por eso que duele el Para mañana de César Brañas, quien supo que no tenía presente y cifró su destino en el mañana: “Para quien ame y sufra lo que he amado y sufrido / negada a la esperanza mi perenne agonía, / dejan lección doliente mi verso y mi gemido. / Para hombres venideros labro mi poesía”. Y quedamos petrificados al releer el delirante Radiograma a don Luis de Góngora de Luis Cardoza y Aragón, cuando en sus dos líneas finales pregunta al poeta, en medio de un mensaje que parece señales de humo lanzadas al vacío: “si el sueño es vida gongorizada, / ¿qué fue su sueño?”. O nadamos en las sombras acuosas del Nocturno de Francisco Méndez: “catarata de muerte que llevara la vida”, que se derrama en chubasco: “Afuera llueve, adentro llueve, lluevo yo mismo”. Y leemos los versos leves, como suspiros, de Margarita Carrera, quien en Eva reclama con la voz apretada y el descontento ante: “mi orfandad trasnochada de infranqueable / luz. / y pregunto: ¿cuál es mi tiempo y por qué / estoy viva?”. Y nos sumergimos en la colorida memoria de Luis Alfredo Arango, quien en el Andalón resumía el pasado rural e inocente de nuestra patria: “En la infancia era posible / llevar en andas a unos ángeles con alas de hojalata, / comulgar / cortar el pan sobre una mesa apolillada, / orinar / y examinarnos el ombligo / bajo el árbol de la plaza”.
En fin, esta obra es de colección, y debería estar en cada biblioteca de hogar o escuela de nuestro país, porque con un golpe nítidamente impreso, resume la insondable sensibilidad chapina y nos rebasa.
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