La inflación de asesinatos a lo largo y ancho del territorio nacional ya no solamente es alarmante, sino también desesperada.
La inflación de asesinatos a lo largo y ancho del territorio nacional ya no solamente es alarmante, sino también desesperada. Las muertes brutales son noticia todos los días, al punto que más mueren diariamente en Guatemala que en un país que se encuentre en guerra. Tanto asesinato diario sí que es una tragedia nacional, sin precedente en nuestra historia.
Nadie está seguro en esta tierra ensangrentada de sol y de montaña. Todos estamos en riesgo de perder la vida en cualquier momento y en donde uno menos se lo espera. Nos pueden matar por extorsiones, robos, asaltos, violaciones, secuestros, venganzas o, incluso, por considerarnos un interesante blanco para prácticas de ballesta o tiro. De cualquiera se teme, especialmente de las maras y de los policías, esto se ha convertido en lo peor de lo peor. El terrorismo de Estado también es otro fantasma que se ha hecho presente.
Eso sí, el Gobierno gasta a manos llenas, sin ninguna efectividad. Por otro lado, se autorizan ampliaciones presupuestarias a granel bajo el pretexto de que los recursos son de urgencia nacional. Sin embargo, todos sabemos que, mediante las convenientes transferencias presupuestarias, los recursos (producto de nuestros impuestos) van a parar a donde más le conviene políticamente a los gobernantes de turno, a Cohesión Social, por supuesto.
De cualquier manera, el crimen organizado no sólo está gozando de prosperidad e impunidad, sino que hasta disfruta de protección de parte de las fuerzas de seguridad del Estado. Asimismo, los mafiosos y pandilleros se dan el taco de brindar seguridad y garantía de vida a la población que habita en los “territorios ocupados”, que, a estas alturas, deben ser vastas extensiones.
Las autoridades, como siempre, tratando de convencer a la gente que están haciendo algo, a través de campañas de propaganda multimillonarias, las cuales se han incrementado escandalosamente (con los consecuentes réditos para los publicistas allegados al régimen). Empero, la población vive la realidad y se percata de que el fracaso es completo; no se llama a engaños ni a “cantos de sirena”.
El Gobierno siempre pide más, pero todos sabemos que no hay dinero que alcance a los politiqueros. Los servicios públicos no mejoran en nada, aunque cada día se pagan más impuestos. ¿Quiénes mejoran? Pues, los de toda la vida. ¿No creen?
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