Siendo muchacho, disfrutaba yendo a remar al lago de Amatitlán, cuyas aguas invitaban a nadar un rato, para luego volver a los remos. Poco a poco, el lago se tornó desagradable… me enteré luego que la mayoría de la industria instalada en la ciudad desfogaba sus desechos tóxicos en drenajes que tienen como destino el lago, que hoy debiera ser el reservorio natural de agua potable para la gran urbe. También muchos proyectos habitacionales, vendedoras de comida callejera, aceiteras y talleres, pusieron su parte en el asesinato impune del lago, vertiendo sus desechos en drenajes y tragantes, con el mismo destino.
Hoy, el lago de Amatitlán es casi un pantano que recibe decenas de metros cúbicos de fertilizantes naturales (heces), químicos, ácidos y veneno… lo que hace que a los peces que sobreviven les llamen “los milagrosos”. Y Atitlán, a pesar de la gran alharaca, sigue recibiendo la deyección de los habitantes de Panajachel y Santa Catarina “Palopopó”… impunemente. El deterioro de Río Dulce, lago de Izabal, y casi todas nuestras fuentes hídricas es innegable, así como la depredación impune de nuestros bosques… muchos guatemaltecos han –literalmente– “hecho leña” el país… y los ¿ambientalistas? han callado cómplicemente.
Ahora muchos muerden un anzuelo envenenado –con intereses oscuros– que busca concentrar la atención en la explotación petrolera, cuya suspensión –pretenden convencernos– salvará a Petén. Inquieto por la arremetida mediática, encabezada por CALAS, revisé su página web, donde indican que su misión es: “Ser una organización comprometida, incluyente, pluralista, transparente; con liderazgo en el accionar socio-político ambiental, la defensa de los derechos humanos ambientales y los derechos colectivos de los pueblos indígenas relativos al ambiente…” y eso me lo aclaró la reacción de esa entidad. Ésta no está ni estará interesada en combatir la verdadera causa de la depredación de nuestros bosques –incluyendo los de Petén– porque ello iría “contra los derechos colectivos de los pueblos indígenas” ya que justamente es la invasión de muchas familias, lo que ha depredado –por ejemplo– los alrededores de la Laguna del Tigre.
Junto a los crecientes asentamientos humanos, cientos de hectáreas de bosque se convierten –todos los meses– en potreros o cobijo de criminales. El territorio de Petén, que debiera servir para la explotación racional de –todos– sus recursos, y como atracción masiva de turismo ecológico, no solo arqueológico… se convierte –paulatinamente– en un desierto, lo que no es causado por la extracción de petróleo, con cuyos recursos, –utilizados sin corrupción– se podría salvar ese departamento de 35.854 kilómetros cuadrados de la destrucción a la que se conduce. Investigué y de ese basto espacio, la explotación petrolera tiene autorizado utilizar cerca de 95 km2, aunque realmente la extracción se hace en menos de 1 km2. ¿Qué ocultan y que ganan estos aparentes ambientalistas? ¡Piénselo!
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
15 comentarios: