Ayer vivimos en casa lo que muchos guatemaltecos sufren diariamente en Guatemala..
Ayer vivimos en casa lo que muchos guatemaltecos sufren diariamente en Guatemala: la angustia y la incertidumbre del hijo que no llega a casa a la hora estipulada. En medio del limbo, vuelan como zopilotes los malos pensamientos y los presagios más crueles que regala esta ciudad. Dos horas de sofocante zozobra, en donde el teléfono no comunica y lo único que se sabe es que las hermanas se separaron antes del Reloj de Flores, después de asistir a la cita en donde la modista, donde se probó el vestido de bodas.
En la espera, mi mente hace un listado de los últimos acontecimientos cercanos que ha vivido la familia en cuestión de violencia cotidiana, y un grito implorante y silente hace que mi corazón entre en una angustiosa taquicardia, ante la imposibilidad de poder salir corriendo para siempre de este pequeño infierno llamado Guatemala. De Ana María, nuestra hija, 25 años, aún no se sabe nada.
La historia de mi hija mayor, gracias a Dios, esta vez no terminó, en tragedia. Pero, uno se pregunta, ¿hasta cuándo nos durará la suerte o la protección de Dios? ¿Hasta cuándo seremos nosotros o nuestros seres queridos blancos perfectos de las balas perdidas que continuamente vuelan en la ciudad? ¿Cuándo será la hora en que recibiremos un disparo por no entregar el celular? Vivimos en estado de angustia y paranoia, pensando siempre lo peor, cuándo nos llegará la tragedia, la que a diario toca a tantísimas personas en Guatemala.
El día de ayer en la tarde, al filo de las cinco y media, mi hija fue asaltada un poco antes del Reloj de Flores. Un motorista con chaleco se le acercó al carro y le aporreó el vidrio con la cacha de la pistola. Como no quiso verle a los ojos ni le bajó el vidrio, le pateó el carro, somatándole continuamente la carrocería con la pistola. En medio del tráfico vespertino de día viernes, los autos que la rodeaban le abrieron paso para que escapara a Check E. Cheesse. El motorista la siguió. El policía del lugar le abrió rápidamente la talanquera y la dejó estacionar en el pequeño centro comercial.
Hago el recuento. En los últimos dos meses, María Inés, la tercera de mis hijas, ha sido asaltada dos veces robándole el celular, y una tercera en La Castellana, en donde ya no lo quiso dar por lo que le aplastaron el carro a patadas. Y el día de ayer, otra de mis hijas presenció, en la Roosevelt, una nutrida balacera entre dos carros.
¿Cuándo parará esta violencia despiadada que está desangrando a Guatemala? Confieso, tengo ganas de salir corriendo o por lo menos que lo puedan hacer mis hijas. Estamos dispuestos al destierro y abandonar las cenizas de los padres, la casa materna en el centro, las campanas y a la Guatemala que aprendimos a amar en tiempos más benévolos. Me uno al grupo de madres angustiadas y me solidarizo con todos los guatemaltecos que tenemos que sufrir día con día el temor que nuestros seres queridos no regresen a casa, víctimas de la violencia, el robo y el enfrentamiento sin remedio que vivimos diariamente. Como apuntaba Manuel José Arce, “total no pasa nada, me desangro”.
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