Cuando hacemos una búsqueda en internet, corremos el riesgo de encontrar sólo lo que queremos creer y no lo que debemos saber. Es muy fácil encontrar información que confirme lo que ya “sabíamos” era cierto, que sustente nuestras opiniones, o alimente nuestros prejuicios. Es mucho más difícil identificar y asimilar la información veraz que puede ayudarnos a formar criterios basados en evidencias.
Un ejemplo es la política. Durante las últimas elecciones norteamericanas se resaltó que republicanos y demócratas se inclinan por leer periódicos y ver programas que reflejan opiniones similares a las que ellos ya tienen. Al ser interrogados sobre la imparcialidad de sus fuentes, calificaban las propias como imparciales y las preferidas por el partido opositor como tendenciosas y sesgadas. Esto se magnificaba en el internet, por el sinnúmero de blogs y páginas especializadas que existen. Cualquier opinión o visión puede ser sustentada con “fuentes” ciberespaciales. Gracias al internet, lo que creemos se puede convertir falsamente en algo que con certeza “sabemos” es correcto.
Sin duda el internet se ha convertido en un gran igualador para divulgar y acceder a información. El bajo costo de mantener un blog o sitio facilita la rápida diseminación de información sin tener que pasar por editores. Las herramientas de búsqueda son tan sofisticadas que logramos encontrar los datos más oscuros y los temas más especializados. Esto ha sido una dicha para estudiantes y ciudadanos que desean informarse. Pero se vuelve problemático si no sabemos discernir.
¿Qué pasa cuando encontramos información que contradice lo que queremos creer? Buscamos una página que la contradiga. ¿Qué pasa si alguien no piensa como nosotros? Podemos citar una página que nos apoye y argumentar, como hacen muchos, que “lo leí en el internet.” ¿Cómo encontramos o identificamos la información que tiene fuentes confiables, para poder formar un criterio? ¿Más aún, qué es y cómo se define imparcialmente una fuente confiable?
El reto del docente y de nuestra sociedad ya no es que el alumno o ciudadano aprenda y recite información sino que sepa cómo buscarla, diferenciar cuál es relevante y saber utilizarla. El pensamiento crítico se convierte en la herramienta más valiosa que un estudiante o ciudadano pueda cultivar.
Un ilustre médico me contó una vez cómo la internet y la tecnología habían arruinado a sus estudiantes de medicina. “Ahora,” me dijo, “no aprenden, todo lo buscan en sus aparatos electrónicos y no podemos evaluar si saben o no saben”. Para el estudiante, las ventajas de tanta información de fácil acceso son obvias. A primera impresión, para el paciente también. ¿Quién no quisiera que su doctor tuviera toda la información disponible en la punta de sus dedos?
Yo no. Yo quiero que mi médico tenga toda la información necesaria y relevante disponible. Yo quiero que mi médico, mi estudiante, mi profesor, mi empleado, mi jefe y mi servidor público tengan la capacidad y juicio crítico de encontrar la información que deben saber, no la que quieren saber o la que confirme ideas preconcebidas.
¿Cómo podemos los docentes lograr esto? En vez de criticar o rehuir a la tecnología debemos adoptarla e incorporarla al aula. Debemos acompañar al estudiante y al ciudadano en sus búsquedas y mostrarles lo bueno y lo malo que puedan encontrar. Enseñar, por vía del ejemplo, cómo se evalúa (y se cita) una fuente y qué criterios podemos utilizar para valorar los contenidos. Las reglas del juego han cambiado, y para llegar a la excelencia necesitamos jugar ejemplarmente, en vez de rehusarnos a jugar.
(*) Decana a.i. del Instituto de Investigaciones, Universidad del Valle de Guatemala.
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