Crecí en colegios católicos donde el mito de la Asunción de la Virgen María se me impuso como un dogma incuestionable. Tenía en mi cuarto un pequeño altar con mis imágenes preferidas y una candelita que prendía cuando rezaba; pedía el milagro de que a mí también se me aparecieran seres superiores que me animaran a tomar el camino de la santidad. Pero nada de eso sucedió. Conviví con cientos de monjitas, unas amargas como morder níspero después de lavarse los dientes y otras dulces como canillita de leche. Todas ellas fueron desenmascarando con sus acciones tan humanas, ese mundo de ficción y fe en el que crecí.
Con el tiempo fui adquiriendo la información necesaria para cuestionar los dogmas y darme cuenta que atrás de la imagen y la santidad de la Virgen María, se encontraba toda la estructura de dominio y domesticación que las iglesias, el patriarcado y la sociedad han construido, durante siglos, para hacer de nosotras las mujeres, seres sumisos que se entregan al prójimo agradecidas por la posibilidad de servir.
Esa dualidad de ser virgen y madre a la vez se nos impuso como un modelo imposible y aberrante que ha afectado negativamente la vida de millones de mujeres alrededor del mundo. ¿Quién aparte de “la elegida” puede concebir sin haber conocido hombre?
Hoy puedo disfrutar de las tradiciones alrededor de la feria de Jocotenango y regocijarme como niña ante las imágenes de la virgen, que cual muñequita Barbie cambia de manto, de corona o de pedestal para salir a pasear en andas y saludar a sus fanes. Pero también puedo disfrutar de la blasfemia atrás de un libro como El tiempo principia en Xibalba o El Evangelio según Jesucristo sin sentir que quiero matar a sus autores, sino al contrario, agradeciendo que existan personas que cuestionan lo que a otros les parece incuestionable.
En fin, tal vez la virgencita nos hace el milagro y nos compone este país.
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