Por el afán de hacer dinero nos olvidamos de lo nuestro, que es lo mejor: la familia.
Hay una frase, que se nos ha quedado grabada, poseedora de un gran mensaje contenido que nos lleva a la reflexión, porque muchas veces –esto sucede a lo largo de los años vividos– nos conformamos con lo bueno que hemos alcanzado y por ello no aprovechamos lo mejor. Uno de ellos es la lucha y la dedicación en horas extraordinarias de nuestro tiempo para obtener riquezas y cuando llegamos a ese propósito seguimos corriendo para seguir amasando fortuna que, al final de nuestra existencia y en el balance, nos damos cuenta que fue una victoria pírrica la que obtuvimos, al sacrificar a la familia y otros bienestares. Dicho así de sencillo, conocimos que hay cosas buenas, pero también hay otras mejores en grado superlativo que no se adquieren con todo el oro del mundo, nos quedamos con el enemigo representado en las cosas buenas y perdimos lo extraordinario y hasta enfermedades que nos impiden disfrutar lo que a lo largo de esos años de trabajo logramos reunir.
El sabio Salomón nos dijo una verdad bien clara en Eclesiastés 4:6 “Más vale poco con tranquilidad que mucho con fatiga
¡corriendo tras el viento!”. ¿Ya se vio en este espejo? La figura de correr tras el viento, nos ilustra mucho el esfuerzo de la mayoría de seres humanos que se levantan temprano y se van a trabajar, a trabajar y trabajar, luego entrada la noche regresan fatigados, sin energías, sin ánimo, sin voluntad para compartir tiempo con los hijos, con la esposa, con la familia. Porque si corremos tras el viento cuándo lo vamos a alcanzar y cuando creamos que lo hicimos, nuevamente estará lejos de nosotros. Malpensadamente se podría decir que estoy haciendo una exhortación a la haraganería, por el contrario, el trabajo es parte de nuestra responsabilidad como padres de familia para proveer lo necesario a quienes dependen de nosotros, pero cuando lo hacemos en forma desmesurada y ambiciosa estamos cayendo en la patología de la envidia, tacañería y en la desobediencia al no cumplir los mandamientos, porque muchas veces para tener todo eso se roba con los distintos métodos de la corrupción, se miente y se codicia.
Tratar de alcanzar el viento es una misión imposible. Definitivamente trabajar es bueno, pero al hacerlo en exceso se logra, es cierto, algo bueno, pero de manera axiomática perdemos lo mejor. De hombre bueno y trabajador como lo etiqueta la sociedad no pasará, porque pierde lo mejor, lo que no disfruta. ¿Cuánto cuesta la tranquilidad? ¿Cuánto pagaríamos por un poco de tranquilidad? ¿Cuánto nos cuesta un poquito de paz y tranquilidad? Por eso, más vale poco con tranquilidad que mucho con fatiga, corriendo tras el viento. Lo bueno es el peor enemigo de lo mejor. Es bueno trabajar, pero no todo el tiempo, hay un tiempo para descansar. Dios mismo nos dio el ejemplo, trabajó seis días en la creación y en el séptimo descansó. ¡Dios, el Omnipotente descansando! ¿Por qué lo hizo? Por darnos el ejemplo. Nos estableció un precedente, nos dio un ejemplo y nos dio un principio, el principio del descanso. Es bueno hacer riquezas, a quién no le gusta, todos buscamos la comodidad, a todos nos gusta la riqueza, pero a cambio de qué. Dice el siguiente versículo: “Me fijé entonces en otro absurdo en esta vida: vi a un hombre solitario, sin hijos ni hermanos, y que nunca dejaba de afanarse; ¡jamás le parecían demasiadas sus riquezas! «¿Para quién trabajo tanto, y me abstengo de las cosas buenas?», se preguntó. ¡También esto es absurdo, y una penosa tarea!”.
El amor no debe estar en las cosas materiales. El amor al dinero es la causa de todos los males, dice La Biblia. Lo que amasemos hoy producto de un esfuerzo desmesurado, no lo vamos a gozar, serán otros que lo derrocharán.
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