En muchas ciudades, bocinar con persistencia es objeto de multa; en esta, un acto temerario, casi suicida. Un día cualquiera un piloto molesto desenfunda la pistola para callar un claxon, exigir vía o contestar a un mal gesto. A costa del miedo los conductores están aprendiendo a ser cordiales. Otros, corrieron a comprarse un arma. ¿En qué nos hemos convertido?
Rosemary M. mandó quitar la bocina a su carro. “No quiero que me vuelva a pasar algo así”, dice. Se refiere al día en que un motorista le partió el vidrio delantero a batazos. Era un bate de béisbol de aluminio que el hombre sacó de quién sabe dónde y lo estrelló tres veces en el windshield porque ella le tocó el claxon. El tráfico en la cuesta de la Avenida Hincapié se detuvo, pero nadie hizo nada. El motorista estuvo a punto de arremeter contra la portezuela, pero se arrepintió. Quizá fue porque vio a Rosemary pálida como papel de arroz frente al vidrio hecho una telaraña. O porque el hijo de ella lloraba histéricamente. Rosemary apenas pudo abrir la ventana y decir: “señor, no es para tanto…”. Él, fuera de sí, se encaramó en la moto y se fue. “Quítele para siempre esa bocina”, pidió ella en el taller donde le instalaron el vidrio nuevo. Al carro que compró meses después le hizo lo mismo.
Es de esas historias que cuando se cuentan en la sobremesa o en una reunión de trabajo traen a colación relatos similares. En esta ciudad todos los que conducen han vivido o escuchado algo parecido: una mano que sale de una ventanilla y enseña la pistola. Un motorista que se toca el cinto para amedrentar al de al lado. “Ya no hay que bocinar, muchá”. “Por alegar lo pueden matar a uno”. “Yo mejor doy paso, no vaya a ser…”. Los pilotos se aconsejan entre sí.
Quizá el caso más sonado y fatal que la memoria colectiva recuerda es el de los infortunados trabajadores de una distribuidora de autos a los que les dispararon en la zona 15, hace cuatro años. Eran tres muchachos que viajaban en un carro de exhibición de la empresa y, según las notas de prensa, le bocinaron a un conductor imprudente. No hubo amenazas, el ataque fue directo. Dos murieron y el incólume casi se muere del susto.
Con noticias como esa y las que se escuchan a menudo de boca de amigos y conocidos, muchos automovilistas aprendieron lo que ninguna campaña cívica o cátedra de urbanismo consiguió: enseñar a ceder el paso, a no proferir insultos en la calle, a ser pacientes, corteses.
El psiquiatra y psicólogo Vladimir López cuenta que tiene múltiples pacientes que eran irritables e irascibles conductores.
El tipo de personas que gritaban y bocinaban ante la menor provocación y que han tenido que aprender a contenerse.
Escogieron entre su ira y su vida.
El cambio sería algo positivo para la ciudad y para la sociedad, de no ser porque los automovilistas han aprendido a partir del miedo y la violencia. Y porque los que amedrentan y atacan no son personas sanas ni normales. El círculo de la violencia no acaba cuando el amenazado agacha la cabeza.
A Marcela F. casi la matan en el bulevar Los Próceres. A ella y al chico que la invitó a cenar. Eran casi las 8:00 de la noche, el semáforo estaba en rojo y vieron acercarse una camioneta con luces altas, serpenteando, bocinando. El error de Marcela fue hacer el gesto de “pase por arriba”. Qué grave. “Se nos pegó tanto que creí que nos iba a chocar. Y de un momento a otro tenía la pistola en mi nariz”, cuenta. El conductor estaba furioso. “Te voy a matar, te voy a matar. Pará, pará que te voy a plomear”, gritaba. Les atravesó la camioneta, bajó, cargó el arma y obligó al amigo de Marcela a descender. “Bajá o te mato, cerote”. Ella no se pudo mover, estaba en shock mientras su acompañante intentaba calmar las aguas: “Disculpá, vos, pasá, no tengás pena, esta es tu calle, dale tranquilo, disculpá”. No bastó. El energúmeno lo hizo arrodillarse sobre el asfalto y pedir perdón. En la parte trasera de la camioneta sobresalía la calcomanía de una universidad de Texas. Tiempo después Marcela lo reconoció en las fotos de una amiga en el Facebook. No era un narcotraficante endiosado ni un preso prófugo. Era un hombre cercano a su círculo social, con títulos universitarios, armado. Y loco.
Esta es una ciudad, un país, que históricamente ha sido violento. Lo que ha cambiado es la pistola, resalta Andrés Álvarez, director del departamento de antropología de la Universidad del Valle. “Antes la gente sacaba machete o una llave (de chuchos) cuando se peleaba en la calle. Se agarraba a pescozones”, ejemplifica. “Hemos sido una sociedad violenta por mucho tiempo y las cosas se están agravando por la facilidad de obtener un arma de fuego. Eso lo ha empeorado todo”.
En el país había registradas 406 mil 693 armas a diciembre del año pasado y un total de 95 mil 573 licencias de portación.
Todos los meses la Dirección General de Control de Armas y Municiones (Digecam) extiende casi 500 nuevos permisos.
Antes de la nueva ley de armas y municiones se expedía el triple y no se pedía un examen psicológico a los aspirantes.
Pero las armas de fuego ilegales, las que carga la gente sin licencia ni registro, pueden ser 6 o 7 veces más; es decir, más de 2.5 millones, según los cálculos del Instituto de Enseñanza para el Desarrollo Sostenible (Iepades) a partir de la cantidad de armas decomisadas. De ellas, sólo de 3 a 4 poseen registro. El resto es ilícito, explica Carmen Rosa de León, directora ejecutiva del instituto.
La gente anda armada aquí al igual que en otras ciudades del mundo. ¿Pero por qué algunos desenfundan la escuadra con tal facilidad sin temor a las consecuencias? Respuesta: porque no hay consecuencias.
La impunidad es muy grande, opina de León Escribano. La gente sabe que nada le va a pasar aunque muestre y amenace con una pistola, aunque el artículo 131 de la ley de armas y municiones prohíba la portación ostentosa y fije la suspensión de la licencia por 6 meses y una multa de Q1,000 a Q1,500 a quien lo infrinja.
Un arma es poder, poder de mandar. “Es lo que aprendimos de nuestra guerra: el que tiene el arma manda porque puede matar”, acota de León. Y si mata lo cobija la impunidad. “Si sólo 1 de cada 50 homicidios va a tribunales, ¿por qué habrían de temer?”.
Energúmenos como el de la calcomanía de la universidad de Texas, ¿es gente dispuesta a disparar? Carmen Rosa opina que es gente acostumbrada a mostrar el arma para que otros hagan lo que quiere. “El gran problema es que seguramente están dispuestos a usarla”, dice.
Los que se atreven a apuntar con armas a alguien que les hace una mala cara o seña en la calle no es gente mentalmente sana, opina el psiquiatra Vladimir López. “Sólo pueden ser sociópatas o psicópatas”. El primero es el que aprendió en el entorno la conducta social alterada y el segundo nació así. Es el que disfruta y le da placer dominar a otros. Como el que le confió a Vladimir: “Yo disfruto cuando rebano cuellos, siento que es mantequilla”. O el que le comentó: “Me gusta ver cómo se extingue la vida a través de los ojos”. Igual pasa con los que disfrutan de ver el pavor en el rostro de alguien a quien le pone la escuadra en la sien.
Melany R, una joven que trabaja en la zona 10, vio cómo el hombre que casi la choca desenfundó el arma con la boca y se la mostró desde el espejo retrovisor. Sólo fue un “bip” de la bocina el que ella sonó y fue suficiente para el hombre se molestara. La joven vio la pistola y entró en pánico. Su hermano había sido secuestrado. Antes ya le habían robado la computadora a punta de pistola. Por suerte, el hombre siguió de largo.
Después de un evento como este viene el estrés postraumático. Se trata de una serie de reacciones físicas y mentales que incluyen el temor a que se repita y el intento por evitarlo. Si la persona lo comparte con otros, los demás aprenden a través de su experiencia, expone Vladimir.
Afortunadamente, aquellos que desenfundan pistolas y atacan a batazos son los menos. “La mayoría de personas son buenas y, como tal, las intimidan unos pocos”, apunta el psiquiatra. ¿Qué queda? “Exigirle a las autoridades que cumplan con su papel de darle seguridad a la ciudadanía. Y desahogarnos a través de mecanismos alternos como el deporte y el gimnasio. No hacerlo puede ser otro problema. Los que estaban acostumbrados a despotricar mientras conducían y se contienen por temor a ser agredidos, se desahogarán en otro lado, con la gente que conocen o con su familia. Y si se tragan el enojo, a largo plazo generarán patologías y problemas de salud como los cardiovasculares, la depresión, la ansiedad.
En 1992 había una campaña cívica en Colombia que se llamaba “Quítate los guantes”. Los anuncios televisivos mostraban a gente común en ambientes comunes: en el ascensor, conduciendo un carro, caminando en la calle. Todos llevaban puestos guantes de box. Tras el mensaje que exhortaba a la convivencia pacífica, los actores se despojaban del guante, estiraban los dedos y se daban la mano.
Ayer hubo en Guatemala una congregación de personas que, vestidas de blanco, pedían no a la violencia y a las armas en la Plaza de la Constitución. Lo malo es que a estas reuniones precisamente va la gente pacífica, no los que amedrentan y atacan con pistolas. En general se observa poco interés por motivar a que los habitantes a que dejen de andar a la defensiva.
“Yo tenía un amigo extranjero que decía que los guatemaltecos somos buenas personas… hasta que agarramos el volante de un carro. Muchos se convierten en asesinos en potencia, me decía”, relata Carmen Rosa de León. “Y es cierto: en el tráfico somos tan agresivos y cara a cara no somos tan frontales. No hay una cultura de comportamiento en el tránsito”.
Estos mensajes fueron leídos en Facebook esta semana: “El esposo de mi prima fue amedrentado con una pistola por no darle paso a uno que estaba saliendo de Casa de Dios. Ni porque venía de rezar…”. “Un militar amedrentó con pistola a mi cuñado por el campo Marte y lo siguió hasta la zona 4”. “Hace dos días a un compañero de trabajo, en una cola de más de una hora, se le metió un vehículo pequeño. Él le hizo una mueca de ¿qué le pasa? Y le sacaron una pistola por la ventana y otra mueca de “mejor te quitás”.
De León cree que debería haber una línea telefónica para denunciar los abusos en el tránsito, una campaña de cultura cívica en la que participen las municipalidades que promueva el respeto al peatón y a los otros conductores y que contemple sanciones a la licencia de conducir y de portar armas.
Álvarez, el antropólogo, ve el meollo del problema a más profundidad. El punto es que sólo nos enfocamos en la violencia directa, pero no vemos la violencia estructural ni cultural. La que ejercemos hacia los excluidos como las mujeres, los indígenas, los pobres. Y la que proviene de comportamientos inculturados, como el del padre cuyo hijo llega golpeado y le enseña a pelear para que la próxima vez se defienda.
“Los guatemaltecos conocemos muy poco las formas alternativas y pacíficas de resolver nuestros conflictos. No agotamos instancias, no sabemos negociar”, opina el antropólogo.
“Es verdad que hay mucha impunidad, pero el corazón del asunto es que no tenemos competencias para resolver los problemas de maneras no violentas. “Sin sonar catastrófico, esta generación ya está arruinada. Debemos empezar con los chiquitos, enseñarles a dialogar y negociar, desde el kínder”, añade. Álvarez es el impulsor de un ensayo sobre elementos de educación para la paz en el currículo nacional base. Propone que la escuela sea el inicio para enseñar a los ciudadanos a ser más pacíficos.
La cultura de paz no enseña a agachar la cabeza, sino a dialogar y negociar. El miedo sí lo hace y es un círculo vicioso destructivo, resalta Álvarez. “Nadie tendría que aprender a no bocinar por miedo a que le disparen. Eso es el colmo del salvajismo”. La selva de los carros, las pistolas y el cemento.
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