Hay un pueblo en Guatemala con mala fama. En las páginas de internet se le describe como “el pequeño Ámsterdam”, el sitio ideal para drogarse hasta explotar sin que ningún policía interrumpa. San Pedro la Laguna –o San Pedro la Locura, como también le conocen–, recibe cada día a turistas en busca de fiesta. Pero sus habitantes ya se cansaron de las trasnochadas y quieren cambiar la reputación del sitio donde viven. Sus métodos para lograrlo han causado enfrentamientos entre locales y extranjeros, al punto de que hay algunos –rubios y altos– que se sienten discriminados.
Esa noche se fue a dormir temprano. No eran más de las diez cuando el sueño le condujo hacia la cama. Afuera la música seguía, jóvenes de distintas nacionalidades comían platos israelíes sobre un petate, recostadas en cojines de colores. De pronto, como una tormenta sin ser precedida por la llovizna, un ruido molesto y fuerte irrumpió en el lugar. La música dejó de sonar, alguien apagó de prisa un cigarro con la suela de un zapato, otro dejó caer un tenedor sobre la mesa.
Nadie sabe cuántos eran, no los contaron, pero los cálculos más bajos hablan de 30 personas. Era gente del pueblo comandada por el Alcalde, la Juez y el Jefe de la Policía. Zur se levantó de un salto y salió en pijama a ver qué pasaba en su restaurante, qué había hecho que la atmósfera se volviera más tensa que las cuerdas de un piano. Pidió explicaciones, pero a cambio sólo recibió una orden: muéstranos tus documentos. No los tenía. Se lo llevaron junto a otros 50 extranjeros indocumentados. Ninguno entendía lo que estaba pasando. ¿Puede un europeo, un estadounidense, ser ilegal? Aquello parecía una redada que se equivocó de lugar, una redada que perdió el norte.
Se trataba de una de las muchas estrategias del plan de acción del Alcalde y sus vigilantes, para conseguir seguridad en el pueblo. Estrategias por demás polémicas, pero a criterio de los líderes, efectivas.
Todo empezó con la llegada del nuevo Alcalde a San Pedro La Laguna, un hombre con principios evangélicos y ganas de cambiar la reputación del pueblo. San Pedro era ¿es? un paraíso de drogas. Conseguir marihuana era tan simple como comprar una Coca Cola. Bañarse desnudos en el lago o hacer fiestas en la playa que duraran dos días seguidos, eran algunos de los atractivos turísticos.
Pero las drogas no eran el único problema de San Pedro, en los últimos años los robos se habían intensificado. Las mujeres se topaban con los lazos donde habían colgado sus cortes, vacíos. Alguien había arrancado la ropa para venderla en los mercados. Los sampedranos sospechaban que los ladrones venían de los pueblos vecinos. Lo que el alcalde, Francisco Mendoza, recibió no fue precisamente un ramo de rosas. Era un problema de proporciones baobábicas.
Dos zopilotes que sobrevolaban el techo les dieron las primeras pistas. Cuando se acercaron, el olor fue otra señal. Adentro de una habitación de hotel dos italianos estaban muertos, a su alrededor los restos de drogas advertían la causa: sobredosis. San Pedro se había convertido en el sitio donde los turistas mueren por los excesos, y pocos entendían cómo sucedió.
Las crónicas de los conquistadores españoles describen a San Pedro como la población más astuta y rebelde. Los Tz’utujiles no fueron fáciles de conquistar. Por los antecedentes históricos y por la proliferación de las iglesias evangélicas en el pueblo, era difícil creer que los sampedranos albergaran a jóvenes en busca de drogas, sin mayor conflicto. Para entenderlo es necesario saber cómo llegaron.
“El lago de Atitlán es un bufé para los turistas”, explica el antropólogo Engel Tally, catedrático de la Universidad del Valle, “si lo que querés es relajarte y no tener bullicio vas a Santa Cruz. Si querés espiritualidad a San Marcos. Algo más cultural a San Juan. Pana era el lugar de drogas, sexo y rock and roll, pero conforme se fue desarrollando a los hippies que vivían ahí ya no les gustó. Sintieron que los estaba absorbiendo el sistema y se comenzaron a ir. Muchos se asentaron en San Pedro”.
Llegaron a tierra fértil porque los sampedranos para ese entonces, finales de los años ochenta, ya se habían desarrollado más que sus vecinos. Empezaron a producir café en los años veinte y con la subida de los precios consiguieron tener ahorros en los bolsillos. Además eran personas letradas, San Pedro fue el principal proveedor de maestros a los pueblos aledaños.
“Los sampedranos siempre han sido los más emprendedores económicamente y con las ganancias del café empezaron a invertir en el turismo”, comenta Tally. Vieron con ojos empresariales la llegada del turismo, pero no contaron con que los extranjeros también pensaban en sus propios negocios. Abrieron hoteles, restaurantes y bares con estilos internacionales.
“Ellos conocen el mercado y saben qué ofrecerle y por eso las mayores ganancias de plata se van con los extranjeros.
¿Cómo van a poder competir con el Thai curry, ofreciendo pollo frito, o huevos y frijoles contra el falafel y un smoothy? Ahí empieza un roce entre extranjeros y locales”, explica Tally.
Y la competencia sigue. Lo ha notado Daniel Bazinet, un canadiense dueño de un restaurante con piscina. “Un domingo yo tengo 50 personas comiendo y los restaurantes de sampedranos muchas veces no llegan a 50 gentes a la semana, eso les da celos. Pero no es mi culpa, si llevas bien tu negocio, tienes buena comida y buena música te va a ir bien; en cambio, si pones la televisión con la novela no vas a tener clientes”, argumenta.
Además de la rivalidad comercial, los sampedranos, a veces, se molestaban porque la “vida” de los extranjeros interfería en las tradiciones del pueblo. Tally recuerda dos ocasiones: una vez, a la orilla del lago, los turistas estaban amaneciendo de una fiesta, mientras un pastor evangélico intentaba bautizar a un grupo de personas. La otra fue en una ceremonia maya, donde las palabras del sacerdote se confundían con la música de Bob Marley.
Todo eso lo toleraban los sampedranos, sin que hubiera conflicto ni choque. El problema real empezó hace muy poco, cuando descubrieron que los que se drogaban no sólo eran los turistas, sino también sus propios hijos.
“Empecé a trabajar en el lago en 2002, y antes los sampedranos en los bares eran contados. Pero poco a poco se empezaron a involucrar, se fueron a meter al Freedom y a coquetearle a las gringas. El involucramiento de la juventud es lo que preocupa, con esa ética protestante de fondo”, dice Tally.
A los pocos meses de haber llegado al poder, el Alcalde envió un mensaje por la televisión local. Le pidió a la gente que no comprara cosas robadas y que denunciara si encontraba a los ladrones, habló de los nuevos planes de seguridad, habló de Dios y de la unidad de la familia. Pero ese día también hizo una advertencia a los extranjeros: no iba a tolerar más drogas. Bazinet vio el programa y se alarmó: “pensé que teníamos un Alcalde racista, por diez minutos él habló del mal que trae el turismo”, recuerda.
Meses después el Alcalde pidió a los pobladores que se unieran a su lucha por recuperar San Pedro. Quería voluntarios para salir a patrullar por las noches, gente que estuviera dispuesta a buscar el mal y atacarlo. “Yo pensé que los diez policías que teníamos no podían hacer milagros y que la sociedad civil nunca participaba”, explica Mendoza, “así que salí a preguntar quiénes estaban conmigo y me apoyaban”. Medio millar de personas le dijo que sí. “Va a haber en la calle mil ojos detrás de ustedes, así que piensen lo que hacen”, advirtió el Alcalde.
Sandra Torres, la esposa del Presidente, les regaló capas, gorgoritos y linternas. El Ministerio de Gobernación les ofreció charlas sobre seguridad y les entregó a cada uno un pin que los acreditaba como vigilantes. A finales del año pasado empezaron a salir a las calles en busca de drogados, borrachos, escandalosos o ladrones. Un Acuerdo Municipal prohibió definitivamente las fiestas de Luna Llena, un evento promocionado a nivel mundial, en el que jóvenes de todo el mundo se reunían a las orillas del lago en parrandas interminables. Instalaron letreros en cada esquina que recordaban que las drogas estaban prohibidas.
La juez, Janet Gramajo, ordenó varios allanamientos. En el primero consiguió 998 matas de marihuana y en muchos otros halló crack y cocaína. Incluso lograron desmantelar un laboratorio casero de drogas, que poseía un italiano. Pegaron fuerte.
La gente del pueblo estaba satisfecha, pero los extranjeros no. “Todos queremos que San Pedro cambie, que deje de ser un sitio de drogas”, dice Bazinet, “pero el Alcalde nunca vino con nosotros a pedirnos nuestra opinión, a proponernos trabajar todos juntos; al contrario, nos atacaron”. La siguiente medida del Alcalde desbordó la paciencia de los turistas:
ordenó que todos los locales cerraran a las once. San Pedro, la pequeña Ámsterdam, se había convertido en un pueblo que se dormía antes que la Cenicienta.
Los dueños de los bares, claro está, se negaron y siguieron trabajando hasta la una, amparados en la ley seca que rige a todo el país. Pero los vigilantes salieron a hacer cumplir la nueva ley municipal. Entraban a los bares, sacaban a la gente y exigían que se cerrara la puerta. Si hallaban a un hombre caminado por la calle le ordenaban que se fuera a dormir. Si encontraban a alguien drogado o borracho lo llevaban a la Comisaría. Sólo salían después de pagar una multa.
“Al principio los vigilantes eran muy abusivos”, cuenta Benvenuto Chavajay, un artista sampedrano que suele exponer sus piezas de arte en el extranjero, “a un primo mío lo detuvieron porque estaba borracho. Le cobraron Q3 mil de multa. Yo les dije que no tienen derecho a cobrar, que San Pedro se rige por las mismas leyes que el resto del país”. A Benvenuto las rondas de los vigilantes le recuerdan a la época de la guerra, “cuando la seguridad la daban los paramilitares. Te cuidan pero te matan, ahora te cuidan pero te pegan”.
“Cuando se firman los Acuerdo de Paz hay toda una descentralización, un nuevo Código Municipal que hace que las munis sean autónomas”, explica Tally, “Dentro de esa estructura empieza la democratización y la gente puede decidir qué quiere hacer en su comunidad porque son autónomos. Esto se da en un contexto donde hay repercusiones de la guerra, donde hay cuentas que no han saldado. Entonces vienen y adoptan la misma estructura de antes: los patrullajes, y paran a la gente para pedirle sus papeles. Por un lado tenés el proceso de democratización, pero al mismo tiempo es un espacio que te puede hacer regresar al contexto de la guerra, a lo que se vivió antes, la misma estructura institucional que se ha creado para ser más democrático puede regresar a eso, hay una paradoja ahí”, comenta Tally; ese es el punto de la investigación que ahora emprende junto al sociólogo Josué Chavajay. Quieren estudiar cómo la democracia puede ser peligrosa al volver a los temibles esquemas de la guerra.
Los extranjeros se sentían atacados. Santos Quiacaín, coordinador de la comisión de seguridad, niega que sea algo personal contra los extranjeros: “tenemos extranjeros muy buenos aquí, gente que nos ha construido escuelas, o nos ha donado el terreno para el museo. Pero también hay otros malos que se drogan y se emborrachan”.
El choque es evidente, pero la fiesta no puede morir sin dar la pelea, y las órdenes se incumplían con frecuencia. Hasta el 23 de marzo pasado, el día en que todo cambió en la pequeña Ámsterdam.
En la Comisaría, Zur se encontró con medio centenar de extranjeros más. Todos indocumentados. Los vigilantes no estaban dispuestos a soltarlos hasta que demostraran que estaban legales en el país. Poco a poco, los turistas recibieron sus pasaportes. Consiguieron que algún conocido fuera al hotel y se los llevara; simplemente habían seguido la recomendación de Inguat de no llevar el documento con ellos. Finalmente casi todos salieron, con el susto y una advertencia, excepto cuatro.
Dos ingleses, que no conocían a nadie en el pueblo y por lo tanto no pudieron pedir que les llevaran el pasaporte, tuvieron que pasar la noche presos. Al día siguiente salieron tras pagar Q2 mil de multa.
Los otros 2 que se quedaron detenidos fueron Zur, el israelí dueño del restaurante Zoola, y un canadiense, hijo de los dueños del hotel Mikaso. Ninguno de los 2 tenía su pasaporte en San Pedro, ambos estaban en la ciudad para tramitar su residencia. Como no lograban demostrar que eran legales, la juez emitió una orden de deportación y los condujeron hasta la ciudad capital, a Migración. No los deportaron, salieron libres después de tres días detenidos y con una cuenta abultada de abogados. El canadiense corrió al aeropuerto y se marchó, el israelí regresó a San Pedro pensando en cerrar su negocio. Lo convencieron de quedarse las 20 mujeres que trabajan con él. Si se va habrá 20 familias con problemas económicos, le dijeron, y decidió darle otra oportunidad al pueblo.
“Por la situación de mi país yo solía vivir con mucha presión. Cuando vine a San Pedro me enamoré del lugar y pensé que aquí podría vivir tranquilo y ser feliz”, cuenta Zur, “me quedé muy triste después de esto, llegué con mucha energía. No sé qué pasó, sólo sé que esto no es bueno para el turismo y que las familias de las 20 mujeres que trabajan aquí viven del turismo”.
Ese día el Alcalde había trasladado una nota a los vigilantes: “salir y pedir documentos a todos para ver si están legales”.
Lo apoyó la Juez, el Jefe de la Policía y personal del Ministerio de Gobernación. Era algo sin precedentes, nunca antes en San Pedro se le había pedido a un turista que mostrara sus documentos. El Alcalde lo hizo porque sabía que muchos de los extranjeros están de forma ilegal en Guatemala. Suele pasar que llegan a San Pedro, se enamoran del lugar y deciden quedarse más de los tres meses que la ley les permite. Y para sostenerse ese tiempo deben trabajar. Quienes les contratan son también extranjeros, dueños de bares que prefieren que a sus clientes los atiendan en inglés. Muchos de ellos nunca se preocuparon de inscribir sus negocios en la SAT o en el Registro Mercantil. “Aquí era venir con US$1,000, alquilar una casa, pintarla y montar un bar, nada más”, dice Luis Lozano, un español que administra el hotel Mikaso.
Ese 23 de marzo los extranjeros tuvieron miedo. “Tiraban piedras y gritaban ¡gringos afuera!”, recuerda Daniel, “quisimos grabarlo todo y nos robaron tres cámaras”. Daniel tiene una teoría sobre el asunto: “En los Estados Unidos están deportando a muchos ilegales y aquí casi todos conocen a algún guatemalteco que vive allá y están nerviosos. Entonces tratan de hacernos lo mismo a nosotros, pero la situación no es igual, yo no mando dinero a Canadá, el dinero que yo gano se queda aquí. Yo vine de Canadá con dos millones que invertí en mi negocio”.
El resultado de esto va a ser, a criterio de Daniel, el cese del turismo: “muchas personas van a dormir mejor, pero muchas personas no van a tener dinero para darle de comer a sus familias”.
Un grupo de extranjeros, dueños de negocios, contrató a la abogada Marina Chavajay para demandar al Alcalde y a los vigilantes, y además para conseguir un amparo contra la ley de cerrar a las once. “De la situación migratoria se encarga Migración y de los negocios la SAT, no puede ser que particulares vayan a pedirle documentos a los turistas”, argumenta Chavajay, “está bien la idea de poner orden, pero la forma en la que lo hicieron no está bien”.
Lo mismo opina Benvenuto, él ha intentado unificar al pueblo con otras estrategias, sin violencia, sino con arte. Desde hace cuatro años realiza en el pueblo festivales artísticos, lecturas de poesía y encuentros con artistas. “Para mí el choque no es la forma de hacerlo, hay que buscar otra estrategia, algo de unión y no de confrontación”, explica.
Son los últimos días de julio, la época de vacaciones en Europa y Estados Unidos, la temporada alta para el turismo, pero el hotel Mikaso, el más lujoso del pueblo, no está lleno. Dos o tres turistas vagan por los jardines y varias puertas abiertas muestran las camas impecables, nadie las ha usado. “El turismo ha bajado mucho, pero mucho”, se lamenta Luis Lozano, un joven español de cabeza afeitada y piercing en la ceja, está regentando el hotel pero ya se va del país, unos días más y entrega las llaves a un compañero canadiense. El turismo ha bajado. No está claro si es por la bacteria que cayó en el lago, porque hace unos meses el Pacaya impidió los vuelos, o porque San Pedro ya salió de las páginas de internet como el sitio para la parranda y las drogas. El año pasado la página de Lonely Planet lo nombraba como el sitio para la fiesta y los excesos. Ahora ya no. De hecho, la alerta de que la fiesta se acabó en San Pedro ha circulado por internet, las páginas de mochileros ya no lo tienen entre uno de los destinos de consumo de drogas. Eso claro está, es algo bueno, un paso adelante en el propósito del Alcalde, pero es malo porque los extranjeros llevaban dinero al pueblo.
La intención del Alcalde nunca ha sido que San Pedro deje de ser un sitio turístico. Quiere a los turistas, pero no a los que se drogan. Quiere a personas mayores, que disfruten del paisaje, se duerman temprano, no hagan ruido y lleven más dinero. Lo que en la industria se conoce como turismo de calidad.
“Todavía no hay otra cosa que ofrecer en San Pedro que no sea la fiesta”, reflexiona Luis, “afuera San Pedro sólo se conoce como San Pedro la Locura y si no lo venden de otra manera se van a quedar sin nada. Quieren un turismo de calidad y en eso estamos de acuerdo, este es un hotel de categoría y nos gustaría recibirlo, pero no se está haciendo nada para vender este destino como un sitio de relajación. Además no hay servicios necesarios para atraerlo”, explica.
Los turistas mayores no se van a trepar a las pequeñas lanchas que cruzan el lago, ni se van a hospedar en hoteles con camas de resortes saltones (que abundan en el pueblo)además van a necesitar un hospital cerca para sentirse seguros.
Porque si saben que en caso de emergencia tendrían que esperar horas para ser atendidos, mejor elegirán otro destino.
En resumen, San Pedro no está preparado para recibir otro tipo de turismo y al paso que van, van a perder el que ya tienen. El Alcalde ya sopesó esa posibilidad y no es algo que le preocupe. San Pedro, asegura, no vive del turismo. Es un ingreso importante sí, pero nada que no resuelva el café.
“Va a haber una disminución del turismo, sí, porque ellos lo que quieren es la fiesta”, comenta Tally, “pero las consecuencias de costo en capital humano que eso le representa a la comunidad son más altas. Que sus hijos se vuelvan drogadictos, que ya no estén pensando en ir a la universidad, sino en qué se van a fumar y a qué gringa van a casaquear, ahí hay unos costos tremendos”.
La demanda de los extranjeros hizo que los vigilantes se calmaran, que la ley de cerrar a las once quedara en suspenso. La juez del pueblo escucha historias diferentes: “antes venían mujeres golpeadas por sus maridos. Ahora vienen a contarme que el esposo ya no toma tanto y que trabaja”. Esos testimonios hacen que la juez persista en la lucha, a pesar de lo difícil que se le ha vuelto la vida desde que inició la cruzada contra las drogas.
Primero recibió una llamada extraña, era alguien que le dijo que la quería advertir, “trabajo para un hombre muy muy poderoso que ya me dijo que si usted seguía haciendo bulla le cortara la cabeza”. El tipo no se identificó, pero le dio a entender que era familiar de una persona a la que ella ayudó y que estaba agradecido y no quería cumplir la orden de su jefe, pero que no le iba a quedar más remedio si ella seguía con sus allanamientos. El Organismo Judicial le envió 2 guardaespaldas y un poco más segura se sintió, hasta el día que uno de ellos le confesó que le habían ofrecido Q30 mil por entregarla. Ya no tiene seguridad, pero no piensa claudicar, “Dios sabrá cuándo me lleva”, dice.
Hace casi un año que los sampedranos se organizaron en las juntas de seguridad. Las cosas han cambiado en la pequeña Ámsterdam, al punto que quizás ya no sea correcto llamarle así. Los robos han bajado significativamente, las señoras pueden tender su ropa con más confianza, y el ruido, aunque sigue, es menor. Los vendedores de droga continúan vendiendo y los turistas comprando, pero lo hacen con más discreción. “Quizá llevamos un 30 por ciento del trabajo logrado”, dice el Alcalde. De momento todo parece funcionar, pero existe el riesgo todavía de orillar más a los turistas, tanto que caigan al lago y se vayan y no vuelvan. Quizá si llega a faltar el trabajo, los sampedranos recuerden a la pequeña Ámsterdam con nostalgia. Eso nunca se sabe.
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