Puede que el desierto se nos haga un lugar inhóspito, árido, brusco. Y más el desierto de Atacama, el más árido del planeta. Pero no es así, podría defender un chileno que se crió en ese lugar, que trabajó en las minas de la Pampa durante lustros. La gente que reside ahí no fue solamente a trabajar, fue a vivir. Y en ese proceso se crearon historias, leyendas, pasiones. Una de las historia más significativas fue la de un predicador llamado el Cristo de Elqui, un profeta terriblemente humano, de placeres carnales y prédicas contradictorias.
El hombre que defiende el desierto se llama Hernán Rivera Letelier, un escritor chileno que ha ganado el Premio Alfaguara de Novela 2010 por su obra El arte de la resurrección, en la que recoge la historia de ese profeta que durante años predicó por todo el desierto de Atacama los evangelios a su parecer.
¿Cómo se involucró en una novela como “El arte de la resurrección”?
– Es un tema que me venía persiguiendo desde muy niño, desde que tengo uso de conciencia, de razón. Yo me críe en el desierto de Atacama, y este personaje, el Cristo de Elqui, pasó más de cuarenta veces por este desierto, y se contaban muchas historias acerca de él. Dejó de predicar en el año de 1953, cuando yo tenía tres, y yo me críe escuchando estas historias. Cuando comencé a escribir, él comenzó a aparecer en mis novelas. Se metió en la primera, La Reina Isabel cantaba rancheras (1994), luego volvió a aparecer en la cuarta, Los trenes se van al Purgatorio (2000), y cuando aparece por tercera vez… ya no me pude hacer el quite. Comencé a investigar y luego me senté a escribir su historia. Me tarde casi año y medio en hacer la novela, y bueno, ha pasado lo que ha pasado.
¿Por qué contar otra vez la historia de este personaje? Nicanor Parra la escribió ya en “Sermones y prédicas del Cristo de Elqui”.
– La verdad es que en Chile, el Cristo de Elqui estaba completamente olvidado, aparte de lo que hizo Parra en 1977. Esta es una historia común y corriente, como muchas otras. Creo que el mérito, o por lo menos lo que dijo el jurado de Alfaguara, es que conté la historia con un lenguaje, tono y formas particulares.
Y además, con bastante humor.
– Claro, hay muchos libros que se han escrito sobre cristos, profetas e iluminados, pero este Cristo tiene una diferencia fundamental, con todos sus antecesores: éste es un Cristo con sentido del humor, con la facultad de reírse de sí mismo, cosa que no tiene ningún otro. Y esto es algo que le falta a los líderes del mundo. Estoy convencido de que si los líderes tuvieran una pizca de humor y supieran reírse de sí mismos, el mundo sería muy distinto, para mejor. Entonces, cuando empecé a escribir la historia de este Cristo, del que no encontré mucho detalle, fue cuando decidí crear a un Cristo a semejanza del hombre: en primer lugar con sentido del humor, con contradicciones, incluso que fracasara en sus intentos de milagros.
¿Qué papel jugaría un personaje como él, un profeta errante, en nuestros días?
– La gente ya dejó de creer, o está dejando de creer, en las religiones, en los curas, por todos los escándalos que han salido a flote. Igual, el ser humano siempre está hambriento de espiritualidad, anda buscando un poco de misticismo, de religiosidad. Y lo busca donde sea, porque el ser humano se siente muy débil frente el misterio de la vida. Por eso ahora, que las religiones están en decadencia, la gente se está amparando en los libros de autoayuda, y eso es peligrosísimo, es como una religión nueva. Pero yo ya no creo en la religión. Cuando necesito espiritualidad acudo a la poesía. Esa es mi religión.
¿En qué momento dejó de creer? Usted cuenta que su padre profesaba el evangelismo.
– Bueno, mi familia eran todos evangelistas. Teníamos que ir todos los días al culto, a rezar, a cantar. Y talvez fue esto lo que me curó de la religión. Tenía dos caminos: el de ser un religioso consumado o el de volverme un descreído consumado. Resultó lo segundo, y entonces ahora, aunque yo respeto la religión y todo eso, yo soy un descreído. Yo no creo en Dios, pero sé que Dios cree en mí y que me quiere mucho (risas). Porque lo importante no es que tú creas en Dios, sino que él crea en ti. Cualquiera puede decir que cree en Dios, pero no va a misa, no cumple los Diez Mandamientos, no ama al prójimo.
En toda la novela se logra percibir la soledad del desierto, ¿cómo fue vivir ahí en su infancia y juventud?
– El desierto de Atacama tiene una soledad planetaria y un silencio lunar. Creo que esto fue fundamental para convertirme en escritor. Esa soledad abismante que yo sentía ahí, ese silencio que truena, que en verdad se oye. En ninguna otra parte del planeta hay un silencio tan puro como el de ése desierto, porque no hay ni flora ni fauna, ni siquiera moscas. Ahí impera el reino mineral. Yo desde muy niño era extraño, no me gustaba jugar a la pelota. En cambio, me iba solo a los cerros, a oír ese silencio, a sentir esa soledad de planeta abandonado. Y creo que aprender a escuchar ese silencio me ayudó a conocerme a mí mismo, a encontrar mi alma. En este mundo, sólo existen tres lugares idóneos para conocerte a ti mismo, para reconciliarte: el mar, la montaña y el desierto. Pero el más calmo es el desierto. No en vano cuentan los Evangelios que Cristo, antes de salir a predicar, se internó en el desierto cuarenta días y cuarenta noches. Vivir en el desierto fue fundamental para mí, tanto así que yo, aún ahora, necesito todos los días una dosis de silencio, por una o dos horas. Ese es el desierto que va conmigo. Por ejemplo, el hombre que nace junto a un río, va a llevar el murmullo de ese río hasta el día de su muerte. Así como el que se cría a la orilla del mar, va a llevar ese canto. Y el que se cría en un desierto, va a llevar ese silencio y soledad consigo. Yo los llevo conmigo. Es como una especie de crisálida. Puede haber una bulla infernal, puedo estar dentro de una discoteca con la música a todo volumen, pero llevo mi silencio personal como una armadura.
En algún momento compara al desierto con el purgatorio ¿por qué?
– Desde muy niño estaba convencido que el desierto era el purgatorio. Hasta que un día un Papa, Su Santidad no sé cuántos, decide en una encíclica que el purgatorio no existía. Y me jodió todo. Si el cielo es una alegría, y el infierno un llanto, entonces el desierto es el purgatorio, donde se sufre pero también se lo pasa bien. Imagínate un paisaje donde no hay nada arriba, ni siquiera una nubecita, y nada abajo, ni siquiera una mala hierba. Y estas dos nadas divididas por una raya imaginaria que llaman el horizonte, ese es el desierto, y si el Purgatorio existiera sería eso. Y te lo digo porque yo viví en ese desierto 45 años. Sé que es un lugar terrible, con un clima de mierda, sufriendo injusticias; pero también teníamos días amables, de alguna manera éramos felices, amábamos, reíamos. Y todo lo que se escribió de ese desierto, antes de que yo llegara, se había hecho en un tono de lamentación, de conmiseración. Porque se había escrito desde afuera, pero yo lo hice desde dentro. Y así decidí escribir esta historia con un tono de corrido mexicano. Esta música te cuenta la historia de una ingrata que te corrió a las tres de la mañana de la casa, pero ese drama te lo cuenta con una música de fondo de violines, trompetas y guitarras. Y me dije, ese es el tono, contar el drama de esta gente pero con una música de fondo con humor y poesía, con cariño e inocencia.
Al leer “El arte de la resurrección”, se puede percibir mucha influencia mexicana, su música, su cine, su arte...
– Esto se da en todas mis novelas… y es muy simple. La música ranchera y el cine de México entraron muy fuerte en los países sudamericanos, como Chile, Perú, Argentina, Uruguay. Me influyó mucho. Y pensando en esto llegué a la conclusión de que esta entrada tan fuerte del cine mexicano, sobre todo en los pueblos, en la gente humilde, se dio porque antes para ir al cine se tenía que saber leer para comprender los subtítulos, pero cuando llegó este cine de México ya no se necesitaba leer. Entonces los campesinos y la gente humilde acudieron al cine en masa. Y con el cine entraron las canciones, las rancheras y los corridos. Y la gente que trabajó en el desierto de Atacama era la gente del pueblo, campesinos que se llegaron al desierto, a veces engañados, a trabajar. Y así se llevaron su cultura y su música. Y cuando entrabas a los campamentos mineros de la Pampa, a una cantina, un rancho, una fonda, la música que imperaba era la de rancheras y el corrido. Por eso es que están presentes en mis novelas. Yo crecí escuchando rancheras y viendo películas de Pedro Infante, Luis Aguilar, Antonio Aguilar, Lola Beltrán, Sara García, Chicote y Matenquilla.
Además del humor y las rancheras, también hay denuncia social en su novela
– No se puede escribir nada sobre el desierto, sobre la Pampa sin tocar lo social, lo político, incluso lo panfletario. Porque la historia de la Pampa es una historia llena de injusticias sociales, morales y laborales contra el obrero. Es una historia llena de matanzas, de masacres, de hambre. Desde muy niño recuerdo las huelgas; teníamos que ir a las ollas comunes por un poco de frijoles. No se puede escribir una novela rosa sobre la Pampa; siempre aflora lo social. Y aunque esta es la historia de un Cristo, también apareció este tema, y hubo que tratarlo. Yo no planeo nada cuando escribo, no digo “aquí voy a sacar lo social”, no. Yo me siento a contar una historia y me dejo llevar y lo demás nace solo. Nunca planeo nada, no hago mapas, ni hojas de ruta como algunos escritores. Para mí sería una tremenda lata. Yo me siento a escribir y me voy sorprendiendo a mí mismo con los detalles, las personas, que aparecen. A medida yo voy armando la historia, y eso es lo rico de escribir. Porque si lo tuviera acá (señala su cabeza) todo hecho, todo listo, no sería escribir sino transcribir.
Pero, y lo que cuenta ¿de dónde surge entonces?
– Si yo supiera de dónde viene… Yo tengo la inmensa suerte de tener todo este desierto y su historia para mí solo. Nadie más está escribiendo sobre ese desierto, una cantera inagotable de historias. Imagínate que son 1,800 kilómetros de desierto y hay mil kilómetros que le llaman Pampa, donde se trabajaba el salitre. Y en esos mil kilómetros hubo una cantidad de 300 campamentos donde vivía y trabajaba la gente. Aún hay una gran cantidad de historias desperdigadas en ese desierto y todo eso para mí. Yo siempre estoy escribiendo un libro, y antes de terminar una historia ya apareció otra. Siempre digo que antes de dar a luz un libro, ya estoy embarazado del siguiente. Y me veo escribiendo dos novelas a la vez. Lo que me está pasando ahora es una gran orgía: ¡estoy escribiendo tres novelas a la vez! Y es muy entretenido, es como tener a tres mujeres a disposición. Se te enoja una, vas con la otra (ríe). Si me aburro con esta, salto a la otra, y así. Es un placer.
Y la portada ¿por qué esa imagen?
– Tiene sus pros y sus contras. A mí me gusta y no me gusta. Es una escena de Simon del desierto (1965), una película de Buñuel. Como foto me encanta. Como portada cumple el objetivo de llamar la atención, es como un anzuelo. Lo que no me gusta es que se vean los rostros. Porque cuando leo una novela, me gusta imaginarme los rostros de los personajes, y aquí ya te los dan digeridos. Por lo demás, me encanta. Es irreverente, y el libro está lleno de irreverencias con un Cristo humano. Uno que ni siquiera hace voto de castidad. Y bueno… también está inspirado en mi viejo, quien era un evangelista, un predicador de la calle. Y era casi un santo, el viejo: no fumaba, no tomaba, no bailaba, nada. El viejo era la pura Biblia. Pero se casó tres veces y tuvo como quince hijos. Todas mis obras tienen algo de autobiográfico, y esta también. El Cristo tiene mucho de mi viejo y de mí. Los personajes que aparecen también.
¿Hay algo que quisiera cambiar de lo que ha escrito ?
-Yo quisiera hacer todas mis obras de nuevo, porque cuando uno escribe pone todo lo que tiene, lo que sabe, y está conforme, pero apenas uno la termina, y ya no se está conforme. Y cuando pasa el tiempo vas adquiriendo más oficio, más técnica. Esa es la universidad de muchos escritores. No existe la novela, la obra de arte, perfecta, porque nosotros somos imperfectos. Y lo que hace el autor, el pintor, el músico, el artista, es acercarse, con cada obra, a rasguñar un poquito más las entretelas de la belleza, de la obra maestra, pero nunca se alcanza.
¿Cómo se inició en este oficio de escribir, luego haber trabajado quince años en las salitreras?
– Yo creo que nací con una sensibilidad especial, pero tienes que descubrírtela o que alguien te la descubra. Y una vez que lo hagas, viene lo que se llama la vocación, y eso no es otra cosa que el espíritu de sacrificio: practicar ese don, ese talento. Supongamos que naciste con el don del fútbol, y desde muy niño eres un futbolista nato. Pero tienes que aprender, ensayar, cultivar ese don. El don sin trabajo, sin esfuerzo, sin técnica, se te va. Igual que la pura técnica sin el don. Por ejemplo, los críticos tienen la pura técnica, pero no tienen el don, no pueden pintar o escribir, y aún así lo saben todo. Y toman un libro y lo desglosan, y lo pueden subir a los cielos o bajarlo al infierno.
Algunos críticos han catalogado su novela de realismo mágico ¿está de acuerdo?
– En toda mi obra no ocurre nada mágico. Lo que yo hago es contar una historia con una poesía que parezca mágica, pero en principio se trata de un Cristo que aunque sus intentos de milagro puedan ser mágicos, no lo son. Por ejemplo, cuando el Cristo de Elqui trata de volar, se lanza y por un momento pareciera que vuela, pero en realidad cae al suelo. No hay nada mágico, lo que yo hago es ponerle magia con la palabra, con el lenguaje. Que el lector aparte de entretenerse o no con la historia, sienta un placer estético en la lectura, que goce una metáfora. Que no le interese mucho el final, sino que vaya gozando el viaje.
Entonces, ¿cómo definiría sus obras?
– Cuando uno se sienta a escribir una novela, ni siquiera sabe si le va a salir o no. Aunque lleve cuarenta novelas escritas y el mundo piense que este tipo ya se las sabe todas, es mentira. Entre más obras tienes, más difícil se te va haciendo. Cada historia, cada tema, entrega un tono, un ritmo, un lenguaje, una estructura. Lo que no cambia es el estilo, porque no lo puedes cambiar. El estilo es tuyo, es tu voz. Uno no escribe como quiere, escribe como puede. Hay novelas en que el lenguaje es más delgado, otras más florido, depende del tema y la historia.
¿Qué ha sido para usted recibir el Premio de Novela Alfaguara?
– Este es uno de los premios más importantes que he recibido. Un premio no te hace ni mejor ni peor escritor. Un premio, aparte del dinero si es que lo trae, te ayuda en darte un poco más de seguridad. Es como darte una palmada en el hombro que te dice que lo estás haciendo bien, continúa así, sigue trabajando así. Aparte de eso, seguís siendo el mismo, con premio o sin premio. Y sigo escribiendo todos los días, y si mañana los de Alfaguara se me acercan a decirme que mis lectores me abandonaron, que ya no me leen, que mis libros ya no se venden… yo sigo escribiendo, porque es lo mío, porque no es una carrera, esto es un destino.
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