Por aquel entonces Bolaño, como casi todos los de su banda, no pasaba de los veintidós o veintitrés años, y se había propuesto amargarle la vida al stablishment literario mexicano, simbolizado en la persona de Octavio Paz. Los infrarrealistas se reclamaban poetas a carta cabal, es decir poetas tanto en la literatura como en la vida, siguiendo los postulados de los estridentistas, pero también imitando el modo de vida de los poetas de la generación Beat.
México D.F., junio o julio de 1976. Atravesaba el camellón de la calzada Miguel Angel de Quevedo, acompañado de mi amigo Quique Noriega, cuando, por la izquierda nos cruzamos con Roberto Bolaño; él, como de costumbre, iba acompañado de su pandilla de infrarrealistas, todos medio poetas malditos, medio desharrapados, medio hippies, medio diletantes, pero todos jóvenes, como lo éramos Quique y yo en aquel momento, a mediados de l976. Nosotros nos dirigíamos a la librería Gandhi, ellos salían de ahí, probablemente con algún libro escondido entre la chamarra de mezclilla o debajo de la camisa, expropiado (como decíamos entonces) de los estantes repletos, siempre llenos de sorpresas editoriales.
Recuerdo muy bien este pasaje, pues, aún pareciéndonos algo poseros, exhibicionistas y copiones, Quique y yo simpatizábamos con el inconformismo y la intolerancia de estos chicos y chicas, con quienes ya nos habíamos cruzado en varias ocasiones, ellos yendo siempre en jauría, en la misma Gandhi o en otras librerías, si no en algún cine-club de la Ciudad Universitaria.
Ya por esos días el nombre de Bolaño y el de su grupo sonaban en el ambiente literario del D.F., como una nota discordante en el pentagrama cultural, pues los precedía una fama de revoltosos y hacedores de escándalos durante los eventos literarios. Bolaño, como casi todos los de su banda, no pasaba de los veintidós o veintitrés años, y se había propuesto amargarle la vida al stablishment literario chilango, simbolizado en la persona de Octavio Paz. Años más tarde, tanto Bolaño como su lugarteniente Mario Santiago, reconocerían la influencia benéfica que Paz había tenido en su respectiva formación literaria.
Era lógico que los poetas famosos del momento, jóvenes o no, experimentaran por los infrarrealistas un sentimiento que oscilaba entre el temor físico y el desprecio intelectual. ¿Qué se creían estos escuincles revoltosos sin pedigrí literario ni social, que se colaban en sus reuniones con el solo propósito de aguarles la fiesta? En realidad, los infrarrealistas no hacían sino repetir, con un intervalo de algo más de medio siglo, una página de la historia de le literatura mexicana; intentaban emular la conducta iconoclasta de los estridentistas, el grupo de escritores encabezado por el poeta mexicano Manuel Maples Arce y el novelista guatemalteco Arqueles Vela, que, a principios de los años veinte del siglo pasado, irrumpiera en el muy exclusivo y afrancesado ambiente literario de la época (personificado en los miembros del brillante grupo de poetas los Contemporáneos), con una posición beligerante -adaptación mexicana de los postulados dadaístas y futuristas europeos, y del ultraísmo argentino- frente a la cultura dominante, sobre todo en el medio cultural de la capital, elitista, europeizante y particularmente snob aún hasta el día de hoy.
Por aquel entonces Bolaño y su grupo se reclamaban poetas a carta cabal, es decir poetas tanto en la literatura como en la vida, siguiendo los postulados de los estridentistas, pero también imitando el modo de vida de los poetas de la generación Beat (sobre todo las figuras de Kerouack, Ginsberg y Corso), a los que veneraban e imitaban abiertamente en la conducta diaria, aunque también con bastante retraso.
Algunos de los legados estridentistas que recuperaron Bolaño y su grupo fueron, pues, el escándalo y la provocación, así como el rechazo visceral al stablishment literario. El lema estridentista “viva el mole de guajolote”, lo cambiaron por la intención de “romperle la madre a Octavio Paz”, quien, por cierto, era el heredero directo de los contemporáneos.
La manera de operar de los Infrarrealistas era generalmente la misma: se aparecían en manada a mitad de una lectura poética y se ponían ellos mismos a leer a gritos poemas de su propia cosecha, lanzando frases incendiarias, acusando al poeta invitado y a su público de mancillar los sagrados preceptos del arte y la literatura. Por lo general, el servicio de orden terminaba neutralizando a los gritones y echándolos del lugar.
Otro detalle importante en la poética de los infrarrealistas: su afinidad con el grupo Hora Zero, del Perú. Esta filiación les llegó directamente del poeta José Rosas Ribeyro, quien por asuntos político-culturales se hallaba por esa época expatriado en México. Tanto uno como otro grupo compartían la misma admiración por la poesía Beat, pero los peruanos habían añadido a sus influencias la frescura de la antipoesía de Nicanor Parra, y una particular sonoridad en la melopea del verso, generalmente de largo aliento y de corte clásico, con reminiscencias latinas.
2.El legado infrarrealista
¿Qué aportaron de nuevo los infrarrealistas a la poesía y a la literatura mexicana? En mi opinión, muy poco. Sus propuestas estéticas, así como su rechazo a la cultura dominante no son más que tibias imitaciones de credos y conductas literarias que ya las primeras vanguardias y la contracultura angloamericana habían enarbolado como bandera a lo largo del siglo.
Si el gesto de rebelión y de rechazo a través del escándalo y la provocación no trae en sí nuevas propuestas tanto en la forma como en el fondo, éste se cae por su propio peso, es decir, por carecer de él. En México, es triste comprobarlo, esto fue lo que ocurrió con los estridentistas en su enfrentamiento con los contemporáneos. De todos los poetas estridentistas, el único sobreviviente ha sido su propio fundador, Manuel Maples Arce; de los prosistas, la breve obra narrativa de Arqueles Vela está aún en espera de ser revalorizada, pero el estigma de no ser mexicano sino guatemalteco, incluso si vivió la mayor parte de su vida en ese país, pesa sobre él y ha retardado el reconocimiento de parte de la crítica mexicana, siempre tan chauvinista. Me pregunto cuántos de éstos críticos habrán leído El café de nadie (En Guatemala, la editorial de la Tipografía Nacional ha rescatado este libro en su colección Clásicos de la Literatura Nacional). Al resto, a los demás miembros del movimiento estridentista, junto con sus obras, se los tragó el olvido, probablemente merecido en no pocos casos.
Algo parecido ocurrió con los poetas infrarrealistas, Luego de la emigración de Bolaño hacia Barcelona, el grupo perdió impulso y se desintegró rápidamente. Alguno que otro evolucionó con los años, dentro de una línea personal; otros no lograron elaborar una poética propia. De sus dos cabecillas, lo que queda es, sobre todo, el gesto, la intolerancia y el anticonformismo que manifestaron frente a la cultura imperante y sus dogmas, como una de las últimas expresiones del fenómeno contracultural mexicano que surgió durante los años 60-70 (y que tenía como comunes denominadores, el rock, la mota, Rimbaud, Lautreaumont, Artaud, el modo de vida underground, entro otros).
Como poetas, no creo que ni a Roberto Bolaño ni a Mario Santiago pueda atribuírseles el calificativo de ‘grandes’. Todo lo contrario, pienso que, tanto uno como otro, son poetas bastante menores. Sus respectivas Poesías Reunidas (La universidad desconocida, de Bolaño, Anagrama, España, 2010; y Jeta de Santo, de Mario Santiago, FCE, México, 2010) publicadas recientemente a título póstumo, muestran ambas una calidad literaria muy desigual. Junto a textos logrados cohabitan poemas fallidos o meras explosiones emotivas que se quedaron el apunte. La influencia de la poesía Beat es muy notoria en los dos, sobre todo en la poesía de Mario Santiago. Esto les resta originalidad a sus búsquedas formales.
Al final, ninguno alcanza a crearse una voz con timbre personal, reconocible; sus poemas son, tanto en la forma como en los contenidos, ecos y retazos -bien o mal ensamblados- de sus evidentes influencias. Resulta curioso cómo, hasta el final de sus días, Bolaño se sintiera esencialmente poeta, antes que narrador. Su admiración por la obra de Nicanor Parra, -admiración que muchos compartimos- podría tomarse como el modelo ideal de lo que él quiso hacer en la poesía, aunque nunca lo logró.
El fin de los dos líderes infrarrealistas fue trágico. Bolaño murió en Barcelona, en julio de 2003, a los 50 años, mientras esperaba un trasplante de riñón que nunca llegó. Empezaba a gozar de un reconocimiento como narrador, que, con los años, se ha vuelto universal. Mario Santiago murió en un suburbio da la capital mexicana, a principios de 1998, casi desconocido, a los 43 años, atropellado por un anónimo camión.
Si no fuera por el éxito alcanzado por la novela Los detectives salvajes, y la prematura muerte de sus dos líderes, el movimiento infrarrealista (que en la narración aparece rebautizado como ‘realismo visceral’) dormiría hoy el sueño de los justos; pero éste fue resucitado por su propio fundador y elevado al nivel de mito literario gracias a la potente imaginación y al talento narrativo que, años más tarde, ya en su exilio voluntario en Barcelona, se descubriera Roberto Bolaño.
Pero ésta ya es otra historia.
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