“Es un sistema destinado a producir unos pocos
vencedores siempre compitiendo entre sí”
Doris Lessing
Claro que uno puede escuchar la radio: un poco de música, las noticias o alguno de esos programas de lenguaraces que se la pasan repitiendo dogmas y necedades. Bueno, cada quien se divierte como puede. Hay quienes se meten en el tiovivo de los pleonasmos con la idea de que están creando conceptos originales. Y que, además, son dueños de la verdad. Creen que son capaces de pensar por sí mismos aunque lo que repiten no es más que el resultado de su adoctrinamiento. Escribe Doris Lessing (en la introducción de ‘El cuaderno dorado’) que sería de gran ayuda llamar a las cosas por su nombre. Decirles a los niños a lo largo de su vida estudiantil que están siendo adoctrinados; que lo que les enseñamos es una amalgama de los prejuicios actuales y una selección de una cultura en particular. Además, que los educan personas que se han habituado a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Algunos, muy pocos, encontrarán la manera de educarse según su propio juicio; los demás, la mayoría, serán modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de una sociedad concreta.
Ahora recuerdo cuántas veces he escuchado, incluso de personas que considero letradas e inteligentes, que uno debe empujar a sus hijos para que sean exitosos y competitivos; que deben seguir el camino que les garantice la aceptación social y la conquista del prestigio que da el dinero. Todo lo demás es distracción, delirio y debilidad. Pérdida de tiempo y energía. Lessing dice que desde un principio se entrena al niño a pensar en términos de comparación, de éxito y de fracaso; que es un sistema de desbroce: “Un sistema destinado a producir unos pocos vencedores siempre compitiendo entre sí”. Pero que “el talento que tiene cada niño, prescindiendo de su cociente de inteligencia, puede permanecer con él toda su vida, para enriquecerlo a él o a cualquier otro, si esos talentos no fueran considerados mercancías con valor en un juego de apuestas al éxito”. En fin, a partir de estas palabras, escritas a principios de los sesenta del siglo XX, podemos iniciar una discusión, para empezar, con nosotros mismos. Y luego con el amigo que llama por teléfono desde otro atasco.
Quizá sea una buena forma de evadir eso que Lessing llama la prisión de las suposiciones y los dogmas de nuestro tiempo.
Guatemala, 27 de agosto de 2010
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