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Guatemala, domingo 29 de agosto de 2010

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DISCUSIÓN


“Es un sistema destinado a producir unos pocos

vencedores siempre compitiendo entre sí”

Doris Lessing

Arturo Monterroso

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Ahora que llueve y que el tráfico de automóviles se ha incrementado tenemos la oportunidad de pensar. Los atascos pueden acercarnos temerariamente a la filosofía. Encerrado en esa caja de metal y vidrio uno viaja aislado del mundo. Y mira todo a través de la ventana como si estuviera viendo la televisión: un universo ajeno que tiene la virtud de no tocarnos porque todo parece que sucede en otra parte. Este concepto del automóvil como mecanismo de aislamiento no es nuevo pero siempre me pareció interesante. Creo que la primera vez lo leí en un cuento de Dante Liano y, aunque desde hace un buen tiempo se convirtió en un tópico, me sigue pareciendo una buena metáfora de la incomunicación. El carro es todavía uno de los mecanismos favoritos para evadirse, un artilugio como los teléfonos celulares y las computadoras pequeñísimas que mantienen metida a la gente en las redes sociales, como si tuvieran mucho que contarse. Hablan y escriben de cualquier cosa: reflexiones profundas o puras banalidades. Contar la propia vida tiene más de chisme que de biografía. Pero la cosa es matar el tiempo entre atasco y semáforo; entre cigarrillo, mordisco de hamburguesa y atisbo al carro vecino que se nos viene encima. Así logramos soportar mejor la vida quienes tenemos carro. Porque hay personas –la mayoría, ignoro si usted se ha percatado de ello–, que van apuñuscadas en las camionetas, colgando peligrosamente afuera de la puerta y a punto de estrellarse en los postes del alumbrado público. Pero esa es otra historia. Ese no es su caso. Así que volvamos al interior del automóvil donde casi siempre viajamos solos, metidos en nuestros pensamientos.

 

Claro que uno puede escuchar la radio: un poco de música, las noticias o alguno de esos programas de lenguaraces que se la pasan repitiendo dogmas y necedades. Bueno, cada quien se divierte como puede. Hay quienes se meten en el tiovivo de los pleonasmos con la idea de que están creando conceptos originales. Y que, además, son dueños de la verdad. Creen que son capaces de pensar por sí mismos aunque lo que repiten no es más que el resultado de su adoctrinamiento. Escribe Doris Lessing (en la introducción de ‘El cuaderno dorado’) que sería de gran ayuda llamar a las cosas por su nombre. Decirles a los niños a lo largo de su vida estudiantil que están siendo adoctrinados; que lo que les enseñamos es una amalgama de los prejuicios actuales y una selección de una cultura en particular. Además, que los educan personas que se han habituado a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Algunos, muy pocos, encontrarán la manera de educarse según su propio juicio; los demás, la mayoría, serán modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de una sociedad concreta.

 

Ahora recuerdo cuántas veces he escuchado, incluso de personas que considero letradas e inteligentes, que uno debe empujar a sus hijos para que sean exitosos y competitivos; que deben seguir el camino que les garantice la aceptación social y la conquista del prestigio que da el dinero. Todo lo demás es distracción, delirio y debilidad. Pérdida de tiempo y energía. Lessing dice que desde un principio se entrena al niño a pensar en términos de comparación, de éxito y de fracaso; que es un sistema de desbroce: “Un sistema destinado a producir unos pocos vencedores siempre compitiendo entre sí”. Pero que “el talento que tiene cada niño, prescindiendo de su cociente de inteligencia, puede permanecer con él toda su vida, para enriquecerlo a él o a cualquier otro, si esos talentos no fueran considerados mercancías con valor en un juego de apuestas al éxito”. En fin, a partir de estas palabras, escritas a principios de los sesenta del siglo XX, podemos iniciar una discusión, para empezar, con nosotros mismos. Y luego con el amigo que llama por teléfono desde otro atasco. 

Quizá sea una buena forma de evadir eso que Lessing llama la prisión de las suposiciones y los dogmas de nuestro tiempo.

 

Guatemala, 27 de agosto de 2010

arturo.monterroso@gmail.com

 

 

 

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2 comentarios:

  1. Maria Green: (2010-08-30 22:46:24 horas)
    Excelente columna!! De acuerdo con usted. El carro es parte de nuestra vida poseída y no puede faltar el celular, que aunque no lo usemos (como es mi caso), sirve como una especie de amuleto. Bueno, ahora es el aperitivo de los motoristas con pistola. Creo que además de meditar mientras conducimos se revela en nosotros un espejo  de indiferencia.  Tanto que pasa a nuestros ojos, algunas veces un muerto tirado, seguimos la marcha; otra veces carros chocados y seguimos manejando. Algunas veces presenciamos un robo de celular al carro de adelante y lo que sentimos es un alivio que no sea nuestro susto sino el ajeno.    Personas tratando de pasar la calle quien sabe cuanto tiempo llevan tratando de no ser salpicados y seguimos nuestra marcha. Un bus de colegio pidiendo vía y apresuramos la marcha.  Personas sin sombrillas en una parada esperando varios buses porque todos  van llenos y seguirán mojandose, quizá ya enfermos de la hostilidad del clima. Seguiremos la marcha meditando en cualquier la estupidez mientras la indiferencia nos seguirá persiguiendo sin cansancio.   
  2. Pedro Samayoa: (2010-08-29 14:47:33 horas)
    Buenísimo artículo maestro Arturo...Fijate que me temo que el destino ya nos alcanzó. Mientras los adultos seguimos insistiendo "estudien para su futuro" los patojos y los niños se estan rebelando (= incitar, perturbar, agitar, azuzar, hostigar = sublevarse, insubordinarse, levantarse, alzarse, amotinarse, insurreccionarse, pronunciarse = enfrentarse, oponerse, resistirse, discrepar, protestar de la única forma que pueden: "haraganeando"... A ver si vamos entendiendo de una vez que la cosa no es "educar" sino solo acompañar... Saludos y un abrazo maestro...:)
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