En las últimas semanas, como suceso inusual, se publicaron en distintos medios opiniones a partir de la situación de las escuelas de arte en Guatemala...
En las últimas semanas, como suceso inusual, se publicaron en distintos medios opiniones a partir de la situación de las escuelas de arte en Guatemala, los proyectos artísticos y, principalmente, sobre la dudosa gamonalidad del Ministerio de Cultura y Deportes a partir de su inversión en productos publicitarios (gorras y playeras) destinados a programas de Cohesión Social y otros. En la vasta noción de ser considerado como entretenimiento, ocio o un asunto de elitismo, como el renglón más desatendido en la historia de nuestro país, el que se proporcione un poco de atención al arte no tiene desperdicio. Sin embargo, para quienes hemos sido observadores de la cultura en nuestro país por muchos años y críticos de la gestión del Ministerio de Cultura y Deportes desde su formación, no parece que los enfoques de estas opiniones sean los más beneficiosos para llenar semejante vacío. Reaccionar a partir de algo que ha sido “normal” en la cartera de Cultura resulta, más bien, como un exabrupto de ocasión. Con esto no quiero decir que esté de acuerdo con las absurdas inversiones citadas. Lo traigo a colación como una forma de recordar que, desde sus inicios, este Ministerio ha sido un proyecto fallido en cuanto su incapacidad de transmitir la importancia del arte a la sociedad. En su trayecto construido con debilidad institucional, pareciera que sus funciones se limitaron a proveer marimbas, cohetes, entretenimiento y piñatas a todos y cada uno de los gobiernos que lo han amparado. Y por eso, las contadas y honrosas excepciones de su labor han tendido a quedar en el olvido.
En ese sentido, poner atención a la compra de gorras y playeras es un asunto de risa comparado con la inoperancia de una estructura carente de expectativas, carente de proyectos e ideas viables. ¿Cree que el Gobierno debe destinar más recursos a las escuelas de arte en Guatemala? Ojalá sólo se tratara de eso. El abandono de los edificios es el lado obvio del asunto. Las paupérrimas condiciones administrativas, el abusivo jineteo de los sueldos y la carencia de materiales es el mejor reflejo del lugar que ocupan las artes en la ideología del guatemalteco, además de la percepción general que se tiene sobre la función de la cultura en la sociedad. Pero, ¿de qué servirán flamantes edificios si el problema es de fondo, de contenidos y formas? ¿A quién contratar si la oferta es limitada y de un estándar estancado en una visión modernista? Se necesitaría de una verdadera revolución cultural para superar los años luz de atraso en el cual se conserva la formación artística en Guatemala.
Cuando los muchachos de la Escuela de Arte Dramático salieron a las calles a manifestarse fue un acto de valentía y un ejercicio de ciudadanía perfectamente lícito. Pero, cuando los medios y la sociedad sólo son capaces de oírlos y traducir sus demandas a partir de sus propias banderas –porque el río suena a oportunidad para hablar contra el Gobierno de turno– francamente se les agradece la atención pero así para qué se quieren amigos.
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