Es justo agradecer formalmente a países ajenos, por habernos prestado su comedia durante generaciones. Desde Cantinflas, Tin Tan, Chespirito y Pedro el Escamoso, pasando por El Santo, Titanes en el Ring y Simplicia la Secretaria. Gracias por haber llenado un vacío nacional que, guste o no, nos acompañó hasta hace poco. No está en duda que el cine y sus personajes son indispensables para levantar un alud colectivo de identidad. Esa manera de experimentar esencia, libertad y compromiso en la pantalla gigante. Identidad como aquella profundidad donde habitan sentimientos, sentidos y razones. Tan propios que si usted está del otro lado del mundo, yo le juro que reconoce a sus paisanos: hace algún tiempo, estando en uno de esos países felizmente ajenos, se sentaron una señora y su hija en una banca próxima a la mía. No detuve la lectura del mapa que me tenía tan entretenida, sólo levanté la mirada levemente ante la presencia vecina. Entonces lo escuche: “Ay, Jesús, cómo me duelen las canillas”. ¡Suficiente! Sin chistar les pregunté: “¿Cómo está Guate?”. Entonces se activaron las neuronas de la consonancia, esas que vienen envueltas de empatía y generan alegría y pertenencia.
La semana pasada, cuando un público aglomerado se sentó en el Teatro Nacional para ver el estreno de la película “La Vaca”, y escuchamos a Mendel Samayoa (director) y Cecilia Santamarina (productora) presentarla con el orgullo de hacer cine de calidad 100 por ciento chapín, sentí alivio, porque eso de seguir prestando personajes ajenos ya estuvo suave. La comedia familiar “La Vaca” representa eso, justamente ver de frente nuestra forma de hablar, chispa y sentido del humor que por alguna mágica razón, cada cultura siente a su manera. Y claro, el teatro entero entrelazó sus carcajadas. En esta película de entretenimiento familiar se siente bello apreciar paisajes, volcanes, pueblos, calles, casas, chuchos, parques, que tenemos como escenario cotidiano para poner en evidencia que todavía nos queda vida, risa, creatividad y belleza. Y ojo, que no aparecen masacres, ni lágrimas, ni sufrimientos. Sólo diversión: función social hoy más que nunca, indispensable para nuestro rol de sobrevivientes. Esperamos, de todo corazón, que todos los guatemaltecos tengan la oportunidad de verla en las salas de cine del país, porque disfrutar de lo nuestro es un derecho y una forma de regenerar nuestra débil coincidencia colectiva. Aplausos, se escuchan todavía los aplausos.
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