El pasado 12 de enero un terremoto en Haití mató un número indeterminado de personas que se calcula llega a 200 mil, mientras que produjo 250 mil heridos; un sismo de igual magnitud en Hokkaido, Japón, en 2003, dejó 400 heridos y ni un muerto. Lo que destruye no es tanto la naturaleza sino la forma en que nos relacionamos con ella. Es obvio, entonces, que a mayor cantidad de recursos, mayores posibilidades de salir airosos de estas catástrofes.
¿Pero qué decir de Cuba? Con infinitamente menos recursos que otros países desarrollados, el continuo paso de huracanes por su territorio no constituye una calamidad nacional; por el contrario, con una aceitado mecanismo de preparación para desastres, lo que en nuestros países son catástrofes de proporciones descomunales allí, donde un Estado realmente funciona, son eventos bien abordados que no terminan nunca en infiernos.
En nuestro país acaba de pasar la tormenta tropical Agatha, y los daños que nos dejó, calculados en al menos US$125 millones, tomarán no menos de 5 años de reconstrucción. En ese estado de vulnerabilidad, ¿qué pasará ante la nueva catástrofe que nos golpee? Y esto no es puro negativismo agorero: sabemos que Guatemala está hondamente expuesta a estos eventos: terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, sin hablar de otros “terremotos” sociales como la impunidad o la violencia con su goteo diario de muertes.
La pregunta pretende mostrar que estamos mal preparados para afrontar lo que, lamentablemente, podrá seguir viniendo. Nuestro Estado está muy debilitado. Pero no por los “políticos corruptos que se roban todo”, tal como el discurso de la prensa hace años nos pretende hacer creer; está debilitado por las políticas de privatización que desde hace varias décadas estamos soportando. Un Estado debilitado en todos los aspectos, sin recursos, con raquítica recaudación fiscal, sin proyecto político como nación más allá de la rapiña de cada administración puntual que lo maneja por cuatro años, no está nunca en condiciones de gestionar adecuadamente las crisis que significan cualquiera de estos eventos catastróficos.
En China el Estado tiene proyectos de largo aliento ya pensando en el fin del siglo XXI. ¿Por qué aquí no podemos tener un plan que supere el efímero paso de una administración? Evidentemente porque hay intereses para que el Estado siga siendo este botín de guerra, ineficiente y bobo, que no puede superar un precario asistencialismo postdesastres. Pero nos merecemos algo mejor, ¿no?
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