El tipo actual de vida que brinda el uso de la red de internet es lo más cercano que existe a la idea universal de civilización. La red nos abre las puertas del mundo entero, nos permite el acceso al conocimiento, facilita la investigación, es poder y brinda opciones ilimitadas de sueño y realización a los navegadores contemporáneos, que pueden descubrir nuevos mundos sin moverse de casa, comunicándose al instante con gente ubicada en todas partes del planeta, como una ventana para presenciar con nuestros propios ojos lo que ocurre en las ciudades donde hay instaladas cámaras libres. En la red está contenido casi todo el conocimiento, lo mismo ciencia que vicio, y ha transportado a la humanidad a una nueva etapa de desarrollo, jamás prevista por el visionario Julio Verne, ni supuesta por Galileo, quien soportó la humillación e incomprensión por su atrevimiento al afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol.
Lejos pareció quedar la vieja oposición entre “civilización” y “barbarie”, como cuando Londres, por ejemplo, presumía de ser el centro del mundo civilizado, mientras Tarzán se colgaba de lianas en el África, alimentado por chimpancés sin conciencia pero animales nobles (preferidos para la metáfora angla antes que aceptar la humanidad de las tribus exóticas de piel oscura como fuente de cuidado del bebé náufrago). Entonces era necesario moverse, cambiar de clima, vestirse de otra manera, para tener derecho a la cultura y el progreso. Pero con las carreteras abiertas de información se planteó la posibilidad de la democratización del mundo, hasta que la meta de las utilidades provocó nuevamente el desarrollo de las diferencias. Un guatemalteco con acceso a internet, tiene la misma oportunidad de saber que un sueco, pero en Guatemala sólo el 16.8 por ciento de la población goza de tal privilegio, mientras en Suecia el 98 por ciento tiene instalado el sistema en sus hogares. El hombre promedio es lo que cuenta, los suecos se van a parecer cada vez más entre sí, mientras nosotros experimentamos el horror de la convivencia en el tiempo, unos pocos viviendo en el presente y una millonada apretada en el pasado, trasladándose en carreta jalada por mulas.
Un Estado comprometido con el conocimiento, debería exigir a las transnacionales que operan en el país, que contribuyan al servicio social poniendo puntos de acceso gratuito a internet para toda la población, en los pueblos y en las escuelas para brindar el acceso a la actualidad a la mayoría de habitantes. En la región centroamericana somos el país más poblado, con alrededor de 13.5 millones de habitantes, mientras Costa Rica apenas tiene 4.5 millones, pero el 35 por ciento de sus ciudadanos ya tiene acceso a internet. Ellos están más cerca del futuro y del mundo, nosotros nos estamos quedando cada vez más rezagados.
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