Uno de los males más arraigados en nuestra sociedad es la intolerancia que se traduce en la constante negación de la libertad de emisión del pensamiento y de prensa.
Uno de los males más arraigados en nuestra sociedad es la intolerancia que se traduce en la constante negación de la libertad de emisión del pensamiento y de prensa. Tradicionalmente, quienes ostentan el poder político y económico han reprimido, por medio de la violencia física o de la intimidación, a los que adversan el status quo y demandan el cambio o a los que se atreven a disentir de su línea de pensamiento y acción.
Es por ello que siempre se ha buscado consignar en la Constitución y la ley la libertad de expresión y de información (garantía de todos los demás derechos individuales). Sin embargo, la represión jamás ha cesado, lo que evidencia que las prevenciones constitucionales y legales no son obstáculo para quienes se molestan con la crítica y la diferencia de criterio u opinión.
La represión psicológica ha sido muy utilizada en los últimos tiempos. En ese sentido, se advierten campañas de desprestigio y de hostigamiento contra los comunicadores, presiones sobre los medios de comunicación para mediatizar o silenciar a tal o cual comunicador o periodista, así como amenazas para que se limite el espacio o tribuna para quienes disienten.
Evidentemente, tanto la coacción como la intimidación han sido eficaces en el corto plazo para los poderosos de siempre, porque ha redundado en autocensuras o en la adopción forzada de perfiles bajos por parte de los comunicadores y periodistas. Empero, en el largo y mediano plazo quien ha sembrado vientos ha cosechado tempestades.
Ingenuamente se creyó que la apertura democrática de hace 25 años iba a acabar para siempre con la represión del libre juego de opiniones, pero no fue así. Y no fue así porque ese intento democratizador no ha proscrito efectivamente los privilegios políticos y económicos, ni las insoportables discriminaciones en este país y, consecuentemente, tampoco la esencia de la intolerancia.
Por tanto, no nos hagamos ilusiones de que la cosa ya cambió o está cambiando. Por el contrario, la intimidación y la coacción contra la libertad de emisión del pensamiento y de prensa subsisten, y permanentemente se hacen presentes en nuestro país, de una u otra manera.
Hace 500 años, Erasmo de Rotterdam escribió: Criticar la vida de los hombres ¿es sarcasmo o más bien advertencia o consejo? ¿No ejerzo yo la autocrítica sobre mis muchas faltas? Por lo demás cuando no se excluye a ningún hombre es claro que se censuran todos los vicios, no los de un individuo. Quien se ofende por haber sido herido está poniendo de manifiesto su conciencia culpable o al menos sus temores.
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