Fue la mejor opción: asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica Municipal, el pasado miércoles...
Fue la mejor opción: asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica Municipal, el pasado miércoles, en el auditorio Juan Bautista Gutiérrez, de la Universidad Francisco Marroquín, donde interpretó ciertamente un repertorio ya conocido, pero tuvo la excepcional idea de incluir una obra con 25 años de ausencia en el repertorio clásico del país, el Concierto para Violín y Orquesta, de Tchaikovsky. Al día siguiente de este, se programó el concierto de música popular de la Orquesta Sinfónica Nacional pero que repelía por ese repertorio frívolo, soso y sobre todo desorientado que escogió (insisten en tocar para un público cuarentón), y que nunca rendiría viaje.
Veamos. Los jovencitos y algunos niños que integran esta orquesta (75 músicos), sin bien todavía no han desarrollado técnica ni carácter para encarar los diferentes temperamentos por su corta edad y tempranos estudios, a cambio se percibe esa energía, espontaneidad y sobre todo arrojo. En parte se debe a su director, Bruno Campo, que no explora tampoco repertorios novedosos pero se desmarca por obras expresivas, por no decir de aire victorioso. Disfruta de obras donde hayan explosiones, bombos, triunfo, fuego, no sé si para convencernos de ese ímpetu que posee la orquesta o para él hacer el papel de Gandalf, de El Señor de los Anillos, como dueño y señor que vence sobre el escenario. Lo cierto, es que así consigue sustraerle novedades al conjunto, como ocurrió en el concierto de Tchaikovsky, donde además fue estimulante escuchar a un violinista, Sergio Reyes, el solista de la noche, con una técnica depurada y una interpretación sobria y colorista. Bruno, en ese sentido, ofreció una lectura vivaz, matizada y por ratos vehemente, donde su sección de cuerdas recurría a los glissandos y pizzicatos con agilidad. Reconfortante.
Después de Peer Gynt, la Suite No. 1, de Grieg, que mostró el manto sonoro de una sección de violines que no siempre es pareja, se escuchó la Obertura 1812, de nuevo de Tchaikovsky, que en su última parte contó con la banda de San Raimundo, y que Campo aprovechó para rematar con el efecto de énfasis y gloria en toda la sala (tocaron en el segundo nivel).
El cierre le correspondió al Coro Municipal, que dirige Fernando Archila, que da gusto escuchar sobre todo porque busca correr riesgos rítmicos con un tejido vocal más elaborado y significativo.
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