Después de pasar por la vieja casa de la octava calle en donde se quedó enterrado mi ombligo en una maceta con geranios, subí hasta la Plaza Mayor luego de dar un vistazo a la Virgen del Socorro y a la Señora Santa Ana en la santa Iglesia Catedral. Atravesé el ahora límpido y claro Portal del Comercio hasta plantarme en la esquina de la octava calle con la sexta avenida, esa esquina que ha sido testigo de muchos acontecimientos históricos a lo largo de casi doscientos años.
Ya sin las champas de los vendedores informales pude alargar la vista desde la octava a la dieciocho calle y rememorar lugares, la mayoría ya desaparecidos. Eché marcha atrás entonces visitando locales antañones: el Francfurt que servía apetitosas tortillas con salchicha arropadas en guacamol; el Cine Lux con su galería desde la cual nos deleitábamos con películas argentinas, gringas y mejicanas; la Joyería La Marquesa mostrando anillos, pulseras y relojes inalcanzables; el almacén Mi Amigo con su engañador anuncio: “La cigüeña los trae y Mi Amigo los viste”; finalizando el paseo en el Salón Palacio que mitigaba la sed de empleados y estudiantes con frescos de tamarindo, mora y horchata.
De la encrucijada de la octava y sexta, emergieron los recuerdos: el Minuto de Silencio protagonizado por Cobos Batres en 1950, en el que cayó –atravesado por un verduguillo anónimo– el poeta universitario Edgar Lemcke; el Te Deum, leído por los huelgueros denostando a la Liberación y a la Iglesia cómplice, la que ripostó con la excomunión para los estudiantes; la manifestación del 20 de octubre del 78 que, culminó con la muerte en el Pasaje Rubio a manos de los paramilitares, del secretario de la AEU: Oliverio Castañeda de León.
Esa Sexta Avenida, que luce ahora diferente: un limpio embaldosado, confortables bancas de madera, macetas con plantas ornamentales y hermosas esculturas metálicas de ‘Pepo’ Toledo que engalanan la vieja Calle Real, sigue siendo para mí la recordada y nostálgica vía a la que alegraron en otro tiempo, las carcajadas sonoras de los sancarlistas y a la que entristecieron a la vez, las protestas, las demandas y las lágrimas de los estudiantes mártires.
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