Como el capital ahora no tiene carta de ciudadanía, no sabemos quién extrae, exporta y se beneficia de nuestros tesoros
Guatemala puso entre 250,000 y 300,000 víctimas en ese combate enfriado entre las –entonces— potencias mundiales: la URSS y los Estados Unidos. Firmados los convenios y tratados del fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo fue divido por los imperios aludidos en dos grandes áreas sobre las cuales cada uno alegó derechos exclusivos.
Inglaterra y Francia fueron sacadas a codazos de la repartición mundial y ya solo queda en la memoria de los viejos el tiempo en que Berlín —símbolo del triunfo— era patrullado por representantes de cuatro países: la URSS, EE UU, Francia e Inglaterra.
A los asuntos de ideología, tan bien representados por los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil Española: la izquierda y la derecha, se sumó la voracidad de los imperios. La propia guerra demostró cuán rentable era la industria del armamento, y a mediados del siglo XX el capitalismo, surgido en el siglo XVI en Inglaterra, se diversificó insignemente.
Países pequeños como el nuestro han sufrido y continúan sufriendo, justamente desde el siglo XVI, las versatilidades y los adelantos del capitalismo, incluyendo las persecuciones de ‘comunistas’, la depredación de las materias primas bajo la vigilante mirada de los militarejos que gobernaron estos lugares hasta que la democracia, otra entelequia que significa lo que le suele dar la gana al imperio dominante, decidió que era tiempo de un cambio.
Siempre he vivido en Guatemala, no puedo hablar de normas y prohibiciones en la Unión Soviética, ni de cómo expolió ‘sus’ territorios, ni de las tribulaciones padecidas por los habitantes de aquellos pagos. Pero dice bien el hecho de que, solo en Berlín, hubo una enorme cantidad de muertos cazados por tratar de cruzar el muro.
Puedo, sin embargo, hablar de la reacción de EEUU ante la insolente pretensión guatemalteca de recuperar unas tierras expoliadas a fines del XIX o principios del XX. Recuerdo la creación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947, que fingió demencia y vio hacia otro lado cuando la guerra de las Malvinas.
La Organización de los Estados Americanos (OEA) se creó en 1948, con objetivos claros: la solución pacífica de los conflictos interregionales y la defensa de la seguridad colectiva. Por medio de estos organismos internacionales, EE. UU. dominó diplomáticamente la región, justificando sus intervenciones, directas o indirectas, sobre América Latina.
La más reciente y prodigiosa: el haber sacado de su cama al presidente hondureño y depositarlo en piyama en tierras ticas, hace apenas unos meses.
Pero sea como haya sido la expresión política del capitalismo, nuestras materias primas, las empresas estatales que podían haber rendido frutos, la precedencia en materia de relaciones económicas, han hallado caminos milagrosos que nos han dejado en la parte estrecha del embudo. Como el capital ahora no tiene carta de ciudadanía, no sabemos a ciencia cierta quién extrae, exporta y se beneficia de nuestros tesoros no renovables. Ya sabemos que nosotros, no.
Le ha llegado el turno a la arena del Pacífico. El segundo yacimiento de hierro del planeta, dicen. He escuchado el murmullo irreverente de quienes están dispuestos a defender con uñas y con dientes los puertos, los tortugarios, la pesca, la playa, sin duda el más democrático de los lugares de distracción de los guatemaltecos.
Les he aconsejado cerrar la boca. Ya hubo en Europa un lugar donde los materiales de reparación de muelas y dientes atrajeron la codicia y los muertos eran despojados antes de su incineración. No sabemos cuándo nuestros rellenos dentales pueden ser también objeto de la avaricia que campea tan democráticamente por el mundo.
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