Tenemos a un Ricardo Arjona raspado, maduro, que combina su poesía con su música perfectamente. Arjona se encuentra: un chavo cincuentón que ya no escribe tanto sobre amores, sino sobre su historia, su filosofía, su forma de ver el mundo. La ausencia de elementos musicales, desnuda, hace que el disco sea auténtico, profundo, fresco. Tenemos a Miguel Ángel Asturias, a Enrique Gómez Carrillo, y ahora tenemos a Arjona.
Que gusto ser guatemalteco de Arjona, no de Torres de Colom, de la CICIG, de los XX que cada día mueren. Qué paz da ser guatemalteco de Arjona, que me conozcan por ser connacional de él y no del país de Los Zetas, de los desvíos, de los decapitados.
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