Los ingenieros, en sus diferentes ramas, son los profesionales que hacen posible lo imposible.
Imaginemos cómo cambiaría nuestra vida si no tuviésemos auto, que no pudiésemos viajar en avión, que no hubiese internet y telefonía celular o ni siquiera pudiéramos ducharnos por la mañana Estos son sólo algunos de los muchos avances que la ingeniería, en sus diferentes ramas, nos permite.
La ingeniería nos ha cambiado la vida y se demuestra con los rascacielos, los viajes espaciales y muchos otros proyectos exitosos. Sin embargo, el afán de resolver problemas y lograr imposibles puede, a veces, repercutir negativamente en la sociedad y en el ambiente. La lista de proyectos ingenieriles que han afectado a nuestro planeta es numerosa, entre los cuales podemos mencionar el accidente de Union Carbide, en la India (1984), el de Chernobyl en la antigua Unión Soviética (1986) y el actual derrame de crudo en el Golfo de México. La buena noticia de este último es que a través de la ingeniería se ha logrado controlar el pozo incluso antes de lo previsto, pero el impacto del petróleo se ha hecho sentir en una extensa área. Los anteriores son desastres que la ingeniería debió anticipar y contar con un plan de contingencia adecuado, pero con suma frecuencia aceptamos los riesgos que implican por el beneficio que suponemos aportan a la humanidad. Esto debe llevarnos a pensar, ¿deberíamos tener un límite?
La tierra está sujeta a todo tipo de influencias que pueden alterar su equilibrio. Basta con observar las ciudades alrededor del mundo, planchas de concreto y asfalto, y el efecto que han tenido en el clima del lugar y todo el ecosistema que existía previamente. El origen del desequilibrio ambiental varía desde la necesidad de lograr mejores oportunidades económicas, la explosión demográfica hasta los variados planes en ingeniería que buscan satisfacer necesidades del ser humano.
El problema se complica cuando en muchas acciones no tienen un efecto inmediato sino hasta varios lustros después. Nos toca evaluar si deseamos seguir modificando el clima alrededor de nuestras ciudades, si deseamos mantener el aire contaminado, si queremos seguir ensuciando las fuentes de agua y el océano, en resumen, si queremos desequilibrar nuestro entorno. Es entonces cuando todos debemos preguntarnos: ¿vale la pena el riesgo?, ¿vale la pena golpear tan duramente el ambiente? Ese mismo ambiente en el que vivirán nuestros nietos.
La respuesta no es sencilla y las posiciones se encuentran muy divididas: unos piensan que el beneficio económico de abastecer al mundo de energía y mantener los niveles de vida de nuestra civilización hacen que el riesgo valga la pena, otros opinan lo contrario. Sin embargo, todos coinciden en que lo sucedido en el Golfo y en otros casos de gran impacto son verdaderos desastres mundiales y no debe correrse el riesgo de que se repitan. Nuevamente, vuelve a nuestras mentes la necesidad de una línea divisoria que establezca el límite entre el beneficio económico y los riesgos excesivos.
En conclusión, nosotros mismos debemos fijar el límite cuando las consecuencias de un accidente o desastre sobrepasen los planes de contingencia previstos. Con el tiempo, el avance tecnológico hará que dicho límite se amplíe conforme la investigación y el desarrollo aporten nuevas herramientas materiales y técnicas que permitan reducir los riesgos. Para mientras, el límite de la ingeniería es fijado por la misma ingeniería atendiendo a valores como ética, moral y responsabilidad social y ambiental. Por ello es imprescindible que todos nuestros profesionales vivan esos valores.
*Decano de la Facultad de Ingeniería, Universidad del Valle de Guatemala.
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