Decía, así, el artículo que en 2006 recién pasados los hechos, me permití poner en manos de elPeriódico: “El Gobierno a través del Director General de la Policía Nacional ¿Civil?, autoridad que depende del Ministro de Gobernación, reaccionó airado por la publicación que se hizo en torno a los dos asesores que participaron en los hechos de Pavón. El Gobierno no niega que hayan tomado parte en el operativo realizado pero censura a elPeriódico por haber publicado la información que podría incriminarles.
No siendo suficiente la respuesta airada, ya de por sí bastante intimidante, se ha construido la versión oficial de un supuesto atentado que partiría de aquella publicación irresponsable y, como final de Norma –tal la expresión teatral– los asesores –ad honorem, por cierto– trataron de instruir un proceso penal en contra de elPeriódico por tentativa de asesinato, responsabilizándole, así, del atentado que sufrieran”.
En 1967 tuve el honor de acompañar a Miguel Ángel Asturias a la ceremonia de entrega del Premio Nobel y, en enero de 1968 vine a Guatemala donde, a solicitud suya, dicté varias conferencias bajo el título “Un viaje por la literatura guatemalteca, desde el Popol Vuh hasta Miguel Ángel Asturias”. Él vivía en París y yo en Salamanca.
Miguel Ángel ya no volvió nunca más a Guatemala, habiéndolo hecho, por última vez, recién recibido el Premio Lenin de la Paz, premio literario también, y tenía sus razones: había sido amenazado de muerte, para el caso que volviera. Me pareció entonces, lo confieso, que podía haber alguna exageración de su parte puesto que no podía comprender, ¿cómo comprenderlo?, que se quisiera matar al Premio Nobel.
Estando ya en Guatemala pude enterarme de una plática de cantina que se desarrolló, más o menos, en los siguientes términos: uno de los borrachos rumiando su alcohol decía al otro: “¡Que gran honor, en verdad, que Guatemala tenga un Premio Nobel! Pero, el mayor honor sería, ¡el mayor de los honores!, que se permita, además, el lujo de matarlo. ¡Comunista, hijo de la gran puta!”.
Pude imaginarme el escenario y me pude imaginar a los dos borrachos, sus cerebros cual esponjas de alcohol: estómago –cerebros de rumiantes– y comprendí que a Miguel Ángel le sobraba la razón de no arriesgarse.
Una vez más tengo la misma sensación que tuve entonces, oídas las declaraciones del Director de Policía, y pude imaginarme a los “asesores” mascando chicle, rumiando alcohol en sus cerebros o, rumiando, simplemente. El peligro de estos exponentes de la musculatura cerebral es que pueden pasar del zarpazo “judicial” a la agresión física. La denuncia penal que presentaron, ¿la presentaron ellos o fueron ordenados?, será desestimada –el MP ya lo ha pedido– pero, entonces, ¿qué harán estos? Panza, bonete, librillo y cuajar… ¡Alerta!
Hasta aquí el artículo de 2006 al que me permito agregar simplemente que, meses después, se dieron los asesinatos de El Boquerón y ya, en 2009, el de los propios “asesores”, asesinatos tan impunes, como todos.Largo camino le espera a la CICIG, incapaces de recorrerlo nosotros, ¡qué vergüenza!, por nosotros mismos.
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