Por alguna razón naturalmente humana, esperar es una práctica atosigante que requiere de una de las mayores virtudes: la paciencia. Esperar la camioneta, un beso, que pase la procesión, que se derriben los dientes de leche uno por uno, que escampe, que llame, que caiga el ratón, y hasta nueve meses para nacer. Realmente nos pasamos gran parte de la vida esperando a que las cosas ocurran.
Ahora, ¿se imagina usted lo que significa esperar que aparezca un órgano que va a salvar su vida o la de un ser amado?
Cuando una persona tiene insuficiencia orgánica terminal requiere de un trasplante para sobrevivir. Este es el único tema médico en donde el insumo depende de la misma comunidad y donde uno de nosotros puede estar en cualquiera los extremos de la cadena. Imagínese que un cuerpo humano es capaz de donar hasta 14 órganos, o sea, dar vida a 14 personas (más huesos, tejidos, etcétera). Sin duda, es un tema del que a nadie le gusta hablar, y que requiere de un inmenso valor y humanidad. Sólo quien ya conoce del asunto es capaz de tener el suficiente aplomo, porque el peor momento para tomar una decisión es cuando estamos ante una tragedia.
El Decreto 91-96 (ley de disposición de órganos y tejidos humanos para trasplante) está en vigencia desde 1996, sin embargo, pocos saben de su existencia.
El mismo Juan Pablo II declaró la donación de órganos como el acto de amor más sublime, en donde en medio del dolor profundo, como lo es una pérdida, se opta por la solidaridad. Dicen que hay una calcomanía circulando por el mundo: “No se lleve los órganos al cielo, porque en el cielo saben que se necesitan aquí”. Y el lema de la valiente Fundación guatemalteca Donaré: “Yo soy donador de órganos y mi familia ya lo sabe”.
El tema sigue ausente en nuestro imaginario, incluso no forma parte del pensum de las carreras de medicina, ¿puede creerlo? Según datos, en lo que va del año, únicamente dos cuerpos se han donado.
Acá, poca práctica médica existe al respecto, cuando realmente sería fácil implementarla, porque vaya si no hay buenos médicos. Pero claro, no es ético crear una lista de espera para un producto que no existe. En pocas palabras, salvar vidas puede caer en nuestras manos, y que salven la nuestra, en manos de otros que lo pensaron y lo decidieron a tiempo. Rompamos el círculo, anímese, ¡para luego es tarde! Decida por la solidaridad y comuníquelo a su familia.
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