No me interesa en lo más mínimo defender al presidente Colom, pues su gestión, en varios aspectos, ha sido un fracaso, aun cuando hay que reconocer que, con todos sus defectos, los programas de cohesión social, a los que hay oposición interesada y fuertes críticas, son un paso adelante en una Guatemala empobrecida y golpeada por la crisis, la indiferencia y la falta de solidaridad. Podemos afirmar que el fracaso de un Gobierno como este, no es sólo responsabilidad del equipo que lo ha acompañado y del cual hay mucho qué decir. En la crisis de gobernabilidad, salud, educación e infraestructura que vivimos, se evidencian los poderes ocultos o paralelos que en más de una ocasión han demostrado su fuerza, su cohesión interna y su mediocridad histórica, enfermedad esta última que parece incurable y que se ha transmitido de generación en generación.
Es fácil echarle todo encima al gobernante, y hacer caso omiso de la actitud del poder económico que mantiene un Estado a su servicio, que incide para que no se fortalezca y no cumpla con las funciones que la Constitución le asigna. A ellos no les importa la educación de la población, ni la construcción de escuelas y hospitales, ni mucho menos aumentar personal educativo o médico para que el abc y la salud lleguen a toda la población. Hay serios problemas para hacerle frente a la tragedia, como los hay en cantidad y calidad de la educación y salud, pero ello jamás va a mejorar con cascaritas de huevo, sino con una fuerte inversión y transformación del sistema educativo y de salud, pues una cosa es la ineficiencia de las autoridades y otra, el estado calamitoso de los hospitales. Del poder económico que hoy exige reglas claras y transparencia, hay evidencias históricas de su actitud y pocas posibilidades de cambio para contribuir a construir otro tipo de país.
No se puede hablar del mal Gobierno, sin fijar los ojos en quienes quieren y les interesa políticamente su fracaso, porque les da escalofrío que el partido en el poder se repita. Tampoco se puede dejar de tomar en cuenta la actitud y composición mediocre de los partidos y del Congreso, donde no se ven a futuro, posibilidades reales de cambio para que sirvan al país y dejen los intereses partidarios y personales. Tal como lo decía “elEditorial” reciente de elPeriódico, son momentos de unidad nacional, de deponer banderas políticas, de armonía, solidaridad y fraternidad. Por ello es que todos debemos aportar, y hay quienes pueden hacerlo en grande y será como quitarle un pelo al gato, porque más temprano que tarde recuperarán los recursos de ese mismo pueblo que hoy podrían ayudar, pero mientras tanto, queda su comportamiento de hoy, como una evidencia más para la historia trágica de este país.
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