La pérdida de vidas valiosas. Las obras que destruye el agua.
Escribo estas líneas viendo llover torrencialmente sobre el valle de la Ermita o de la Virgen, en donde se asienta la ciudad de Guatemala; otro día de “diluvio persistente” que afecta a todo el territorio nacional. Después de la tormenta Agatha y de la erupción del volcán Pacaya de finales del recién pasado mes de mayo que provocaron innumerables daños en el país, las condiciones meteorológicas continúan siendo adversas. Este invierno –época de lluvias– que ha sido excesivamente copioso, sin precedentes en más de medio siglo, ha golpeado inmisericordemente la infraestructura de las comunicaciones viales. Las principales redes de carreteras que enlazan los cuatro puntos cardinales de Guatemala están colapsando. Los destrozos causados por los fenómenos naturales, exacerbados por el cambio climático global son más que evidentes aquí y en otras muchas partes del planeta Tierra. ¿Qué nos está sucediendo? Seguramente la imprevisión que nos ha acompañado por años ahora se hace sentir con fuerza y la mala calidad de las obras de importantes tramos carreteros y de puentes se pone de manifiesto. Gobiernos van y vienen pero no ha habido visión de futuro y la improvisación sigue siendo nuestro sino. Hoy lamentamos desde lo más íntimo de nuestro ser la pérdida de valiosas vidas de muchas decenas de compatriotas y nos embarga un sentimiento de frustración porque es poco lo que se puede hacer para mitigar la angustia de nuestra gente y aliviar el efecto tan devastador de los múltiples estragos materiales. Estamos ciertos que lo que se hace en una emergencia de estas proporciones es limitado e insuficiente porque faltan recursos y porque nuestras instituciones no se dan abasto para hacerle frente. Considero que en estas circunstancias tan difíciles, cuando aún falta mes y medio de lluvias, es necesario cerrar filas y prodigarnos de acuerdo con las posibilidades de cada uno en la ayuda humanitaria. Es imprescindible hacer conciencia en todos los sectores sociales de Guatemala para que unidos podamos con más efectividad enfrentar los retos de la reconstrucción que son apremiantes. Es en estos momentos que Guatemala requiere de un liderazgo a nivel nacional serio y responsable que esté por encima de los sectarismos políticos o de los intereses sectoriales o individuales. La Constitución Política vigente le adjudica al Presidente de la República, como símbolo de la unidad nacional, la tarea de gobernar por el bien de todos y no sólo en beneficio de un partido político o de sus allegados. Por ello, ante la tragedia nacional, el ingeniero Álvaro Colom tiene la obligación de actuar con prontitud y con dignidad, convocar a todos los sectores para trabajar juntos y aunar esfuerzos. Lo deseable sería bajar los niveles de confrontación y dar un compás de espera a la campaña política que ya se inició con intensidad aunque se niegue. Lo peor que puede suceder es que el sector oficial pretenda aprovechar políticamente la entrega de la ayuda que se debe brindar a los sectores populares más necesitados. Las declaraciones del Cacif y del Partido Patriota en el sentido de que se debe autorizar, por el Congreso de la República, una ampliación del presupuesto de la Nación para la reconstrucción son apropiadas por la gravedad de la situación. De hecho, el Legislativo la acaba de aprobar en el entendido que esos fondos no se podrán desviar para otro propósito y mucho menos utilizarse para programas sociales susceptibles de politización.
Por eso la fiscalización de la inversión de esos recursos tiene que ser muy estricta para que no se burle el propósito de la misma y para que los candados funcionen. Por otra parte sería conveniente aprovechar la oportunidad para explorar la posibilidad de un diálogo constructivo que facilite acercamientos y permita eventualmente encontrar acuerdos nacionales básicos. Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. Pero para lograrlo se requiere además de la voluntad política de todos los actores, que el Gobierno demuestre con hechos que se está actuando con transparencia. Muchos dirán que es pedirle peras al olmo porque la experiencia nos enseña que los intentos anteriores no han obtenido resultado alguno, pero vale la pena intentarlo. Nuestros vecinos, México y los países centroamericanos, también están convulsionados y pasan por momentos difíciles y delicados. La democracia está en peligro en la región y no hay que escatimar esfuerzos para defenderla y fortalecerla. Los fenómenos naturales que nos han golpeado cruelmente deberían hacernos despertar a la realidad.
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