La visión que los guatemaltecos tenemos de los actos de graduación de bachilleres, maestros, técnicos y secretarias de nuestros hijos, no es la misma para los capitalinos que para los padres que viven en los pueblos, aldeas y caseríos. Los capitalinos, con una visión más superficial de las cosas, hemos aceptado entrar, cual mansos corderos, en esa parafernalia del escamoteo económico en que han convertido lo que debiera ser el simple acto de la entrega de un diploma a nuestros retoños.
Nos prestamos al juego, posiblemente, estando conscientes que el presupuesto familiar ya no puede con tanto gasto, tan inútil como caro, caracterizados los actos, por irse quedando como una celebración obsoleta, fantasiosa y complicada por las dificultades del tráfico. Son actividades que, después de permitirnos un suspiro de alegría, inmediatamente nos obliga a pensar de dónde tendremos que sacar la plata para pagarle los estudios universitarios a todos, o que si les habremos inculcado el suficiente valor para que tengan las agallas de inscribirse en la pública.
Su mayor posibilidad de encontrar trabajo será la de dependiente comercial, policía o vendedor, donde se presentan cientos de muchachos que son descalificados, porque para el mismo trabajo mejor calificó un licenciado en administración, que se conforma con el salario que el puesto ofrece. Y si nuestro bachiller consigue un trabajo, sabemos que lo debemos seguir manteniendo, porque lo que ganará literalmente no le alcanza ni para sus gastos personales. Entonces ¿Por qué prestarnos a la farsa educativa que, año con año, los emociona repitiendo: “Os hemos preparado para vuestro futuro…”, cuando nosotros mismos sabemos que tan solo es otro paso de los cientos de pasos que deberán dar para forjar su vida? Y después es cuando viene el desencanto, al descubrir que nuestro hijo fue de los muchos, que los parámetros académicos van eliminando, por su deficiente preparación en la secundaria.
La visión de los campesinos es un tanto diferente. Para ellos, el sueño de su vida es que sus hijos no trabajen la tierra y para que alcancen el nivel secundario hacen verdaderos sacrificios económicos. Lo que antes era un acto sencillo en el patio de su instituto, al que con mucha dignidad asistían sus familiares, ya está siendo invadido por la parafernalia capitalina en la que, sus principales colaboradores, directores y maestros de institutos, en muchos casos están colaborando. Ahora ya se trata de pagar un anillo de graduación, la impresión de las tarjetas y los diplomas, la colaboración económica que se pide para la misa, que los uniformes o los vestidos que usan se compren en determinado taller, los arreglos florales etcétera, etcétera. Y no es que yo piense que en los ámbitos rurales eso no se pueda hacer, sino que creo que ni el sistema educativo, ni las familias de los estudiantes deberían empeñarse para cumplirle con el aporte económico a todos aquellos que han hecho de las graduaciones otra manera solapada de hacer centavitos. ¿Por qué no colocarlas en el sencillo tono que debieran estar? Más ahora, que la situación del país no está para superficialidades.
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