La presencia de las plagas que nos acosan ha hecho resurgir la ingenuidad mágica en nuestro país, al estilo de la literatura de García Márquez. Los más crédulos andan muy preocupados pensando que el fin del mundo se aproxima. Las sectas religiosas se expanden y un autonombrado anticristo, a quien en alguna oportunidad se le prohibió el ingreso a Guatemala, anunció que en 666 días se transformará en un “glorioso cuerpo inmortal”, y amenaza vengativo y con furor a quienes lo han menospreciado considerándolo una persona común y corriente.
En México fueron asesinados cruelmente 72 inmigrantes que eran extorsionados por los coyotes durante su travesía al reino en este mundo. En Honduras asesinaron a 15 trabajadores en una zapatería. En Santander, Colombia, una bola de fuego surcó el cielo el pasado domingo. Nuestra región ha sido vapuleada por huracanes, erupciones del volcán Pacaya, lluvia de arena, agujeros circulares perfectos que se tragan una fábrica y a varias personas sin rostro, amén de la violencia natural y humana que nos tienen de rodillas. La lluvia no quiere parar, los puentes mal construidos por los corruptos se quiebran, y a cada momento los derrumbes en las carreteras nos aíslan y someten. La revisión ordenada de las fotografías recientes de la catástrofe nacional expuesta en las páginas de Nuestro Diario, nos eriza la piel. Una de mis hijas, siendo asaltada por dos motoristas, uno por lado, a la hora más fuerte del tráfico en el bulevar Liberación, reaccionó retrocediendo el carro cuando el maleante desenfundó el arma para castigar su actitud rebelde, y se estrelló contra un asombrado conductor que generosamente la protegió y ayudó porque había presenciado el drama.
La Iglesia católica también fue forzada a reaccionar, porque la situación del país ya es insostenible, emitiendo un valiente comunicado que desnuda el descontrol patrio, la falta de credibilidad de las autoridades políticas, el egoísmo de los empresarios, la “irresponsable” opinión pública en los medios de comunicación, pero lamentablemente testimonian citando al Apóstol Pablo que “vivimos siempre apretados pero no aplastados, apurados pero no desesperados; perseguidos pero no abandonados; derribados pero no rematados (2 Cor. 4,8.12). Tal vez los dignos jerarcas no se han dado cuenta que estamos siendo aplastados por la impunidad, que desesperamos abandonados por la justicia y rematados por la naturaleza. La Iglesia se solidarizó con quienes están sufriendo la pérdida de familiares en la ola de violencia, encomendándolos a la ayuda divina, y nos pide a los aguantadores que ofrezcamos apoyo a quienes nos agreden, porque los mareros no tienen la culpa de lo que hacen sino la pobreza y desintegración familiar. La buena intención y altruismo son obvios, pero si la Iglesia quisiera recuperar su vigencia tendría que encomendar a los cielos a los criminales, y tomar partido en este mundo por las víctimas que sufren sin culpa los efectos de la incontrolable y diabólica plaga delincuencial.
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