Somos imitadores de los malos ejemplos, desdeñamos los que pueden edificarnos.
Estamos en una sociedad en la que los valores han sido cambiados, en donde la violencia en todas sus manifestaciones trasciende a la vida cotidiana, en donde nos hemos convertido en agentes pasivos de todo lo que ocurre, mientras que la corrupción se enseñorea, los derechos humanos del trasgresor son susceptibles a respeto, mientras las víctimas lloran, donde a un hombre correcto, muy cabal le llaman tonto y al gay se le respeta, el que no roba es uno que deja de perder la oportunidad y al que roba del erario nacional o en la iniciativa privada se le reconoce como un hábil personaje. Los principios se pierden en el mismo hogar y crecen hijos desobedientes que no respetan ni a sus padres mucho menos al vecino.
En estos países estamos con serios problemas sociales, porque no se obedece no sólo la ley de Dios, si no también hay desobediencia a la ley del país. Hay mucha discrecionalidad, hay mucha corrupción. Se le aplica a quien no goza de la confianza, pero al que está lejos recibe “todo el peso de la ley” o de los favores de la influencia. Por esa discrecionalidad hay problemas. Cuando se trata de inculcar esos principios de armoniosa relación social siempre hay ataques pervertidos que buscan desestimular la acción para que la impunidad se agigante en la actuación personal y se extienda con tentáculos hacia todos los órdenes de la vida. Hoy, por ejemplo, se enseña a no respetar a los padres, porque viven en “otra galaxia”, no se enseña a conocer y respetar la ley de los hombres, y cuando se trata de establecer esos principios a través del conocimiento de la Palabra de Dios, se manda a una rebelión espiritual, cuando la legislación bíblica nos enseña a como actuar y como ser buenas personas y como podemos llegar a ser una mejor nación de principios con temor a Dios y valores inculcados a través de una formación espiritual que viene directamente de “La Biblia”.
Hoy somos imitadores de los malos ejemplos, pero desdeñamos los que pueden edificar nuestra vida, sobre todos los jóvenes. “La Biblia” dice que el Señor le dijo a Josué: “Tú vas a gobernar a Israel, pero tienes que tener mucho valor y firmeza para obedecer toda la ley que mi siervo Moisés te mandó”. Eso se requiere en nuestros países y eso se requiere en nuestras familias y eso se requiere en nuestras empresas, eso se requiere en nuestras escuelas: valor y firmeza para obedecer la ley de Dios nuestro Señor. Todos queremos tener éxito a donde vayamos y para tenerlo hay que tener valor y firmeza para obedecer, no sólo para aprenderla, no sólo para escucharla, no sólo para hablarla, para practicarla, para obedecerla, ahí está el éxito.
Quienes no son temerosos de Dios se refieren a los mandamientos como un castigo, como una manera de entorpecer nuestra vida material, pero fueron legislados para protegernos, para salvarnos. Un proverbio nos dice “Hijo mío atiende mis consejos, escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quien las halla; son la salud del cuerpo”. Pero si lo que escuchamos de bien para nuestra salud del cuerpo y del alma, lo transmitiéramos a otros haríamos un entorno saludable y protegido de toda maldad.
Pero toda transformación surgirá dentro de nosotros mismos, al revisar nuestra conducta y nuestra manera de actuar, nos daremos cuenta que debemos cambiar y así transmitir esos mensajes del buen actuar y del buen decir, que somos diferentes y cuando cambiemos internamente todos, podemos cambiar esta nación, porque seremos hacedores de lo bueno que escuchamos. Santiago nos recuerda esto cuando dice que transmitamos la Palabra, por supuesto que la Palabra de Dios, no seremos pasivos, seremos hacedores de todo lo bueno.
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