La salud en tiempos de la solidaridad se ha desnutrido de poco a poco. Al gobierno de Álvaro Colom y su cortejo de Ministros de Salud se les antojó hacer de la salud una regalía. Dar salud de gratis es un ideal utópico, pero como todo en este pueblo endulzado con populismos, nunca se previeron sus efectos mediatos. Gratis era según el Código de Salud original, para los que no tenían los ingresos para pagar, no para todo el mundo. Fue el FRG y su acecho electorero el que abrió la puerta para la reinante ruina. Y es que nada es gratis. Todo lo que un Gobierno gasta y da se paga con impuestos. No hay sistema de salud en ningún país democrático en el que la salud se ofrezca completamente gratis. Aun en los socialistas europeos, lo garantizado son los servicios básicos, y allá los tributos rebasan un tercio de los salarios.
La imposición de servicios gratuitos de salud, sin planificación ni coherencia ha mostrado ya sus frutos. Un sistema de salud hacinado, con pobreza de recursos, deterioro del equipo, y con mala atención para los más necesitados. Para colmo de males, de los intestinos de esta salud ya enclenque, surgió un pólipo que al inicio proclamaba salvarla de la eterna inanición. Cual tumor maligno, Cohesión Social ha desangrado a cada órgano del Gobierno que ha podido alcanzar. Millones de educación, otros más de gobernación. Desviaciones de finanzas, y otro millardo de salud. Poco le ha bastado a este programa, que en pos de la beneficencia estatal maternizada, ha descalcificado el esqueleto del Gobierno que nos proveía de una exigua armazón y soporte de nación.
Hoy los guatemaltecos pagamos más salud de nuestro bolsillo que lo que abonábamos hace una década (Q8 de cada Q10 que se gastan). “Pocos recursos y muchas necesidades” clama ahora que se ahoga el vocero presidencial. A buena hora hicieron cálculos y contaron sus fuerzas. La gratuidad en salud nació como quimera, y ha dejado la salud solidaria en bancarrota. La salud es una inversión que deben compartir Gobierno y gobernados. Los médicos y enfermeras ya estamos reventados: de atender a miles sin darnos con que, de decidir quien muere y quien no por falta del haber, y de salvaguardar los que claman el bien y se embolsan el que. Ahora es el tiempo de restaurar, y nuestras manos están prestas para servir, ¡pero no sin antes lograr lo que debe haber en la cuenta del Estado para sanar!
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