Inesperadamente desfilaron ante mí las imágenes de una infinidad de frondosos árboles.
En una reciente reunión donde compartí con amigos y una pareja de académicos, en un momento dado la conversación se encaminó a un punto de reflexión. De lo que recuerdo, ella empezó diciendo: “la actual avidez del ser humano por la energía es infinita pero justificable ya que ha incidido de manera significativa en lograr la calidad de vida que se ha alcanzado. El carbón mineral es el combustible preferido para generar electricidad, el transporte de toda índole se mueve por combustión de los derivados del petróleo, y el metano, o gas natural, calienta hogares en aquellas latitudes de inviernos crueles y prolongados. Todas esas materias primas, depositadas en el subsuelo, son residuos de la transformación de árboles que existieron millones de años atrás. Al extraerlos y usarlos en cantidades cada vez mayores, el ser humano ha devuelto a la atmósfera un exceso de carbono en forma del gas CO2, principal causante de lo que ahora se denomina cambio climático. Te digo que esta adicción, porque es ya una adicción, perdurará hasta que esos depósitos se agoten, no importa en dónde se encuentren, ni de los efectos colaterales sobre el ambiente que provoque su extracción. Y es justificable, porque el ser humano es la especie que domina la evolución en este planeta y que tiene el poder de amoldar el ambiente a su juicio y voluntad con el fin de disfrutar en la vida los bienes y servicios que posee.
Nuestros genes son egoístas por naturaleza y el bien común en la sociedad moderna es una utopía académica”.
A esta altura, estimado lector, yo estaba ansioso por escuchar la respuesta de su compañero. La misma no sólo me sorprendió, sino que fue totalmente inesperada. Más o menos así: “Al presidente de Brasil lo culpo en parte por lo sucedido a su selección en el último evento internacional de balompié, ya que a falta de participación de nuestra chapina selección en esas lides, soy brasileño de camiseta y corazón...”.
Nos miramos extrañados y pensamos que contestaba a los de la mesa contigua quienes, entre bromas y disgustos, hablaban de este tema. Cuan equivocados estábamos, ya que prosiguió de la siguiente manera: “Sin embargo, admiro a Lula da Silva y al trabajador pueblo brasileño ya que han sabido encarar la problemática de la que tú hablas. Me explico, dijo. Brasil tiene un programa exitoso desde hace 30 años, basado en el empleo continuo de los biocombustibles. Además recién descubrieron un importante depósito de petróleo mar adentro que pronto explotarán. Esa dualidad de recursos no es problema. Cuando se acabe el petróleo, la experiencia alcanzada en el uso de materias primas renovables y carbono neutro como la caña de azúcar, mantendrá incólume el crecimiento económico y la prosperidad. Es un programa de nación que respeta las iniciativas individuales. Así que, recalco, es digno de imitar”.
Me dieron ganas de ponerme de pie y aplaudir el aplomo y contundencia de la respuesta, lamentablemente fueron ellos quienes, levantándose, se despidieron cortésmente. Esa tarde, en el viaje rutinario de compra de alimentos, estacioné en la gasolinera de costumbre. Sostenía la manguera distraído y fijé la vista en la pequeña colina circundante en donde hace poco se erguían frondosos cipreses. Qué decepción, quedaban únicamente troncos tuncos. Inesperadamente desfilaron ante mí las imágenes de una infinidad de frondosos árboles de coníferas y latifoliadas prehistóricos que oliendo la gasolina que echaba al automóvil me miraban con reproche. Deben ser los árboles fantasma, me dije. No puedo dejarlo, estimado lector, sin decir honestamente que odiaría ir de compras en bicicleta.
* Director del Centro de Ingeniería Bioquímica, Instituto de Investigaciones, Universidad del Valle de Guatemala.
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