Hay maestros que atraviesan la ciudad de un lado a otro.
Los padres de familia de millares de niños empezaron el calvario de hacer cola para salvar a sus hijos buscándoles cupo en las escuelas e institutos nacionales, porque no los quieren de vagos, porque aspiran a verlos salir adelante, y lograr un destino mejor que el suyo. Tan terrible pensamiento de la vergüenza mueve a aguantar la inclemencia toda la noche, bien cubiertos, protegidos del frío y lluvia, con el acarreo de sillas o colchones para quienes están dispuestos a dormir allí con tal de no perder el turno, porque los hijos se merecen una oportunidad, y en Guatemala siempre nos han enseñado que el necesitado tiene que humillarse, arrastrarse, pasar miserias para lograr beneficios. No hay manera de que se organice el sistema respetando la integridad de los padres de familia. Los que llegan primero, los madrugadores, alcanzan la “ficha” de ingreso, o la opción a la entrevista, o los exámenes, según sea el caso, y para los demás es la mala suerte, probar en otro lado, extenuarse. Las vacantes en los institutos son finitas, y la distribución de las instituciones educativas públicas tampoco se han adaptado al crecimiento real de la población, contribuyendo a dispersar a los alumnos, complicando el tráfico, los riesgos en medio de una época violenta, agudizando los traslados. Una madre me cuenta que está probando en dos lugares, primero en un instituto técnico, aunque no le interesa para la niña, pero que lo prefiere porque está cerca de su vivienda, amén de la buena fama de la institución. En caso de ser aceptada, tendrá que volver al mismo calvario tres años más tarde, porque a la hija no le gusta estudiar motores, pero por ahora que avance con los básicos. Y si no se la aceptan allí, irá a probar suerte a los institutos del Centro, pero la sola idea del bus cotidiano la aterroriza, teme por la seguridad e integridad de la niña, pero si no le queda otra se tendrá que acomodar.
En los países desarrollados se aseguran que la educación pública llegue a los vecinos, para facilitar el acceso a grupos homogéneos. Según la densidad poblacional, así edifican las instalaciones, y se amplían o estrechan acordes a la necesidad. Y lo curioso es que hasta a los maestros les piden vivir en la zona o proximidades, para facilitar el movimiento y que los educandos y educadores dispongan de tiempo para el estudio, las tareas, y el descanso edificante. En nuestro caso impera el caos, hay maestros que atraviesan la ciudad de un lado al otro para enseñar en una zona donde viven quienes deben hacer el recorrido opuesto, y lo mismo ocurre con los alumnos. Es falta de voluntad, de visión o de pura y simple carencia de planificación a largo plazo, y con razón motiva la risa las declaraciones de los políticos que no entienden por qué los padres hacen tales colas, cuando el Gobierno les asegura la educación gratuita.
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