En una década se avanzó lo que no se había logrado en 44 años.
En las últimas semanas he leído en la prensa varios textos recordando con nostalgia el régimen de Jorge Ubico. Añoran la “seguridad” que se “disfrutaba”. No me extraña, en época tan violenta e insegura. Esa visión es simplista ya que no se toman en cuenta sus facetas negativas.
Parte de las clases medias y altas urbanas vivían con seguridad (y así lo trasmitieron a sus descendientes), pues si uno no se “metía” en política o se oponía al régimen “nada debía de temer”. Pero, ¿qué pasaba con la mayoría de la población? ¿Cuál era la seguridad de los campesinos que cumplían trabajos forzados? ¿O la de obreros y “mozos” que no tenían derechos, con salarios miserables? Se dice que hizo obra material porque amplió el sistema de carreteras, pero se olvida que fue con trabajo forzado. Se construyeron edificios públicos (algunos se usaban sólo en la servil Feria de Noviembre, para el natalicio del mandatario). Pero, violó la Constitución para mantenerse en el poder; no apoyó la educación (los maestros tenían sueldos de hambre, su salario equivalía al presupuesto de un caballo del Ejército). No se abrió ni una escuela normal y se cerró la recién fundada Escuela Normal Superior. “Don Jorge” creía que no hacían falta maestros. Los analfabetos no provocaban problemas ni exigían reivindicaciones.
El aislamiento, la falta de modernización, los pocos bancos, el arcaico sistema de salud, etcétera, mantuvieron el rezago, que era integral: sociopolítico (sólo se permitía el Partido Liberal Progresista, que ni era liberal ni progresista); económico (la crisis de 1929-30 se enfrentó bajando sueldos y recortando la inversión pública); educativo y artístico-cultural. Por supuesto, no todo ese rezago es achacable a Ubico, pero entonces se acentuó.
Ubico renunció el 1 de julio y lo sucedió el también general Federico Ponce, que fue derrocado el 20 de octubre. La Junta Revolucionaria encontró un país en el siglo XIX. Se disolvió la Asamblea Legislativa y se convocó a una Constituyente. Se inició la modernización de la banca, se protegió a los trabajadores y se devolvió la autonomía universitaria.
En el gobierno de Juan José Arévalo se fundó la Facultad de Humanidades (¡increíblemente no había enseñanza superior de pedagogía, historia, filosofía, literatura o psicología!); se reforzó la educación popular y rural y se combatió el analfabetismo; se dignificó al trabajador, se hicieron escuelas; se inició la seguridad social (antes los asalariados no tenían cobertura por accidentes ni programas de rehabilitación); se establecieron el Instituto Indigenista y el de Antropología e Historia; se fundó la Orquesta Sinfónica, se aprobó un moderado Código del Trabajo (tildado falsamente de comunista), se inició la puesta al día en arte y literatura, y se promovió la diversificación agrícola y la industrialización.
El gobierno de Jacobo Arbenz se centró en electrificación pública, la carretera del Atlántico con un puerto nacional y la reforma agraria.
Se cometieron graves errores y hubo fracasos. Además, paradójicamente, los sectores conservadores de oposición se encontraron desorganizados y sin experiencia política.
Resumiendo, en 11 años el país avanzó e ingresó en el siglo XX. En plena Guerra Fría hubo dificultades en las relaciones con las potencias occidentales (en especial Estados Unidos), que no entendieron ni respetaron las políticas autónomas de ambos gobiernos. Ello desembocó en la llamada “Operación PBSuccess” y en la poco gloriosa caída del gobierno de Arbenz, en 1954.
* Titular de la Cátedra J. Joaquín Pardo, Departamento de Historia, Universidad del Valle de Guatemala.
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