Rodrigo Sic Ixpancoc me invita a compartir su mesa, un almuerzo abundante en compañía de su familia. Es maestro de profesión y un apasionado del periodismo, colaborador del proyecto en internet “Noticias de mi gente”. Nos sentamos en el patio de su casa cerca del centro de Rabinal. Él empieza a contar sobre sus días como soldado durante los peores años del enfrentamiento armado interno. Sus recuerdos también constan en su libro aún sin publicar, “La Pesadilla”.
Me llamo Rodrigo Sic Ixpancoc. Nací en Rabinal, Baja Verapaz. Tengo 45 años de edad. En casa hablamos nuestra lengua materna, el achí. Mi infancia fue humilde, sufrimos la pobreza.
Cuando era patojo la gente tenía mucho miedo de que sus hijos anduvieran por la calle. Solían decir, “hoy no salís porque hay agarrada”. Y eso era que el Ejército andaba cerca para agarrar a los muchachos y llevárselos.
No había cumplido los 18 años cuando patrullé con las PAC. En una ocasión, en enero de 1982, llegó el comisionado militar a la casa y entregó una citación. Todos los jóvenes teníamos que presentarnos en el edificio municipal. Mi papá me ordenó: “Andá a ver qué quieren”. Él se caracterizaba por ser muy cumplido.
El comisionado dijo que era para “ir a comer arroz”, como llamaban al hecho de prestar servicio militar. Mi papá se puso muy triste y me abrazó. Lloró. Yo nunca antes lo había visto llorar, jamás. Todavía le dije a mi hermano mayor: “Buscá la manera de sacarme”. El habló con un comandante de los comisionados militares. Pero este le respondió: “No. Que haga frente. Él es hombre”.
Llegaron las mamás a llorar, pero no les hicieron caso. Éramos patojos, muchos patojos, más de 700, de Rabinal y de otros poblados. Nos encerraron todo el día y la noche. Estuvimos bajo el sereno hasta las 2 de la mañana cuando nos subieron en 7 camiones. Los soldados nos pateaban, nos maltrataban.
Llegamos a Salamá donde nos tiraron al suelo y allí los soldados caminaron sobre nosotros. Nos desnudaron, nos examinaron en la clínica. Hasta allá llegaron las mamás a pedir por sus hijos, pero no dejaron salir a nadie. Así empezó la pesadilla.
A unos los llevaron a Zacapa, a otros a la capital, a la Guardia de Honor, a donde me llevaron. Nos mandaron a dormir como a las tres de la mañana y a las cuatro nos levantaron. Tuvimos que caminar hincados con las manos en los hombros, como patos. No habíamos comido.
Nos arrastraron, nos patearon, nos quitaron la ropa, nos bañaron. Muchos se desmayaron de cansancio y de hambre. Esa fue la bienvenida al Ejército. Nos entregaron botas y camisas viejas. Ya éramos soldados uniformados.
Nos llevaron a una finca llamada Del Pino. Conocimos a nuestros oficiales. Nos gritaban: “¡Gallinas! ¡Indios! ¡Guerrilleros!”.
Nos levantaron a las tres de la mañana y empezaron los castigos. Uno se llamaba “diablito prensado”. Consistía en sostenerse con los codos y las puntas de los pies sin bajar el cuerpo por bastante tiempo. Otro de los castigos era “buscando fichitas”. Había que agarrarse una oreja y dar vueltas hasta vomitar. Sin nada en el estómago sólo sacábamos flema. Nos hacían volverla a tragar. También nos tiraban a barrancos o a rodar en el lodo.
Nos enseñaron las “técnicas de tortura”: poner un palo con un lazo en el pescuezo de la gente, darle vuelta al palo y allí dependía de uno si vivía o moría. Se hacía eso para sacarles información.
La mayoría de compañeros era gente de campo, indígenas. En el entrenamiento les cambiaron la mentalidad. Nos decían: “Si tu madre es guerrillera, tienes que matarla”. La misión de los instructores era que todos los soldados se volvieran agresivos. Teníamos que pelear mucho entre los compañeros, boxear, nos ponían a luchar. Muchos no querían hacerlo, y no hacerlo significaba la muerte. El lema era: “Las órdenes no se discuten, las órdenes se cumplen”. No podíamos emitir una opinión.
Muchos desertaban. Una vez un compañero dijo que iba al inodoro, pero nunca regresó, y como no lo encontramos nos castigaron a todos. Los desertores que capturaron se iban presos o los mataban.
*Testimonio transcrito
El curso duró tres meses, suficientes para cambiar nuestra forma de ser. Ya éramos agresivos. A unos nos enviaron a Mazatenango. Nos dijeron que teníamos que hacer una patrullita de cinco días, pero resultó que fueron tres meses.
Tuvimos nuestro primer enfrentamiento en la finca La Concha. Murieron varios guerrilleros.
Buscábamos informantes. Encontramos a un señor de unos 40 años. Fue el que se acercó a un soldado a preguntarle cuántos éramos, y sólo por eso lo llevaron ante el oficial. Lo torturaron. Se escuchaban sus gritos. Le quitaron las uñas. Lo metieron a un tonel y no aguantó. Murió como a medianoche. Todo esto únicamente por ir a preguntar cuántos éramos.
Hicieron un hoyo en la arena y lo dejaron allí.
En esos días cateábamos casas. En una ocasión fuimos a una aldea a buscar a unos señores. Encontramos a un hombre indígena: vestía pantalón blanco y cincho rojo. Estaba escondido debajo de la cama. Amarrado de manos lo trajimos caminando donde el oficial. El compañero que lo vigilaba era un hombre malo. Yo iba a la par de ellos y vi lo que hizo:
llegamos a un barranco y él le metió un empujón. El señor se cayó y el soldado le disparó, pero no le acertó. El señor salió corriendo. Logramos agarrarlo y lo sentamos. Un sargento ordenó: “¡Quítenle la cabeza!” Y así lo hicieron. “Traigan esa cabeza y tírenla allí en la quebrada”. Luego me llamó y me dijo: “Saque su cuchillo. Necesito el corazón”. Yo empecé a sacar el corazón. Todavía palpitaba. Se lo di en las manos y él me dijo: “¿Estás temblando?” Le contesté: “No, es que el corazón se está moviendo”. Yo sabía que el señor nunca quiso huir. El compañero le dio el empujón porque quería sangre.
En una ocasión estábamos en un pueblo, llegó una señora a quejarse porque su esposo le había pegado. Un soldado que estaba de turno le dijo: “bueno, vamos a ver a su marido”. Pero antes la jaló adentro del monte y llamó a todos los que estaban de turno. Eran como 24. Los 24 la violaron. A la señora la dejaron ir a su casa, salió bien mala. Al otro día el oficial se enteró y le preguntó al soldado: “¿Vos hiciste esto anoche? Sos cabrón. Ahora bajate el pantalón”. Tenía un cigarro encendido en la boca. Se lo ponía en su parte. El soldado pegaba brincos. “Tu castigo por haber hecho eso”.
En la montaña yo estaba todo sucio, enfermo, lleno de hongos. Nunca nos quitábamos las botas. Dormíamos con ellas. A veces llegaban a pagarnos, como Q50, pero de nada me servía, alguna vez se me pudrió el billete en la bolsa. Después de 7 meses nos dieron el primer descanso por 5 días. Me vine a la casa. Sentía vergüenza de mí al verme sucio y sin dinero.
Le conté a mis papás lo que había vivido. Mi mamá tuvo que prestar dinero para que yo pudiera pagar el pasaje de regreso.
Pasó el tiempo y mi papá murió. Yo no estaba. Me llegó un telegrama avisando que él agonizaba, pero no me dejaron ir.
Después entré con un coronel y le dije: “Mire, mi papá murió. Mi mamá se quedó sola. Mis hermanos no están. Soy el único. Necesito que me de la baja”. Su respuesta fue: “Entonces te vas a ir, pero no ahorita”. Eso me dijo y tuve que esperar otros dos meses. El 31 de julio 1983 salí sin dinero, sin nada.
No podía dormir, no tenia trabajo, no tenia dinero, menos para estudiar. Así pasé un año, sentado en el parque. Me emborrachaba para olvidar todo aquello, pero nunca lo conseguí. Uno de mis hermanos pequeños me ayudó mucho, me dio dinero para estudiar. Así fue que poco a poco todo cambió para mí, aunque me costó superar mis memorias. Nunca tuve posibilidades de ir con un psicólogo.
Los otros patojos de mi grupo terminaron su tiempo. Bastantes vivimos lo que cuento. Hoy en día ellos tratan a sus hijos de igual manera que nos trataron a nosotros. Es gente que ha sufrido. Ahora son manejados por un impulso. No tienen un aprecio por la vida, porque saben que tarde o temprano se termina todo. Sienten como que los van a matar en cualquier momento, por eso prefieren vivir el presente.
La violencia de hoy tiene mucho que ver con el conflicto armado. Existe todavía este resentimiento de la gente, todos los hijos de la guerra, todas las mujeres violadas, toda la gente que vivió eso. El conflicto armado fue la semilla que regaron para crear más violencia.
Me siento mal cuando hablo de todo esto. Son cuestiones que uno no quisiera contar, porque ofende a las familias. Pero hay que dar a conocer la verdad.
Yo sobreviví porque tenía algo en mente: estudiar. No quería ser como los demás. Antes nadie estudiaba, era un privilegio de pocos. Con el estudio logré superar todo esto, pero no lo pude borrar de mi conciencia. Mi catarsis es escribir. Escribo cosas muy concretas, y quizá por eso no he podido publicar mi libro. Lo he ofrecido a editoriales, pero hasta ahora no me han dado respuesta positiva.
Escribí de cosas que al Ejército no le gusta, pero no las escribí porque alguien me las contó. Simplemente son las cosas que yo viví.
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